Eduardo Saborido
Presidente de la Fundación de Estudios Sindicales de CC.OO de Andalucía
No es el momento de hacer un análisis profundo y extenso, sobre un tema tan genérico, como el papel de los sindicatos en tiempos del liberalismo, mucho menos contemplándolo en el marco de una economía global, inmensa y variada, como la que vivimos. También es difícil hacerlo cuando una parte de Europa, principalmente los países del Sur, están afectados por una larga y grave crisis económica, de la cual no salimos. Asimismo parece un lujo dedicarse a ello, no solo porque todos los esfuerzos deben dirigirse a construir un frente contra esa crisis para superarla, es lo justo material y moralmente, sino porque ésta, mientras dure, distorsiona los datos, el ánimo y la razón.
Ante la noticia de la dimisión de Rodolfo Benito de sus responsabilidades en Comisiones Obreras, por el turbio asunto de las tarjetas de crédito en Caja Madrid, tengo que manifestar lo siguiente:
Levantar un edificio nuevo sobre el ya existente deteriorado supone, en primer lugar, y considerando que los cimientos son adecuados y resistentes como para soportar las cargas, apuntalar las estructuras básicas que soportarán el peso de la nueva construcción, sanear los muros de carga, reforzar paredes y techos, plantear la nueva distribución, adecuándose a las nuevas necesidades, y desmontar la cubierta, haciéndola de nuevo.
De la misma manera acepto naturalmente las críticas que haces, lo cual no me impide mostrar mi desacuerdo en cuanto al tema de la viabilidad se refiere. De entrada recordar la definición que das sobre la viabilidad:
El diputado Coscubiela plantea en su texto muchos problemas distintos, todos ellos de un enorme interés. Por razones de espacio, me limitaré a comentar media docena de ellos.
Internacionalista, aquí solo se denota el desconocimiento del trabajo que tanto desde la Confederación, como desde muchas federaciones como Industria han llevado en la coordinación de estrategia sindical en empresas multinacionales, para compatibilizar el derecho a los puestos de trabajo en una zona y la no deslocalización en otra. O el trabajo por la sindicalización en los países de economías más pobres y con una clase trabajadora totalmente explotada. Lo de Libia tampoco lo entendí y lo criticamos muchos.
La mayoría de los argumentos de Quim Boix para afirmar el abandono de la clase obrera por parte del principal sindicato de clase en el Estado Español simplifican demasiado el recorrido de los últimos 3º o 40 años de CCOO.
En mi opinión, los conceptos básicos entorno a los que se desarrolla la actividad sindical hasta hoy en día: CENTRO de trabajo, LUGAR de trabajo y TIEMPO de trabajo, son elementos obsoletos ya, de facto, desde hace tiempo. En esta consideración reside el terrible conflicto que presentan los sindicatos para adaptarse a los tiempos actuales. Creo que no es necesario justificar esta obsolescencia porque resulta evidente que los centros están atomizados, los lugares dispersos, y los tiempos tampoco sirven ya para valorar una producción que puede diferir enormemente en base al valor añadido.
Eddy Sánchez
Profesor de Ciencias Políticas de la UCM y Director de la Fundación de Investigaciones Marxistas
Dada por terminada la política de “compromiso histórico” e iniciadas las primeras consecuencias de la globalización en forma de deslocalizaciones, Berlinguer acude a las puertas de la factoría de la FIAT en Mirafiori y lanza un discurso crucial bajo la consigna de “volver a la fábrica”, con la que llamaba a la izquierda italiana a responder a la nueva reestructuración capitalista, con la necesaria reorganización del PCI dentro de las empresas. Berlinguer desde la política, Bruno Trentin desde el sindicalismo de la CGIL o Raniero Panzieri desde el marco del pensamiento marxista, marcaron una tradición que puede servir a la izquierda actual a recuperar el terreno perdido después de años de divorcio entre la izquierda y el mundo del trabajo.
Adjunto una breves palabras donde respondo a la intervención de Quim Boix
Quim Boix
Secretario General de la UIS (Unión Internacional de Sindicatos)
Para algunos de los lectores esta afirmación les parecerá demasiado contundente, pero lamentablemente es tan cierta que ya es difícil que pueda recuperar esta condición. No se trata de discutir desde cuando dejó de serlo, pero si recordar que CCOO, fundada ahora hace 50 años, ya no cumple con los “requisitos definitorios de un sindicato de clase”, si nos basamos en los propios documentos fundacionales de CCOO.
3.1.-- Comoquiera que hemos estado sosteniendo que el sindicalismo confederal está desubicado del nuevo paradigma, que por pura comodidad llamaremos postfordista, es de cajón exigirle que diseñe una primera aproximación a un proyecto capaz de incluirlo en esta gran transformación. Ya hemos referido que, aunque deshilvanado e incompleto, en ciertos materiales congresuales hay determinadas pistas, ciertos indicios por donde se debe empezar es construcción. Advirtamos, de entrada, que un proyecto no es un zurcido de retales dispersos: es, digámoslo así un «texto», que debe verificarse diariamente y dónde todas sus variables deben ser compatibles entre sí.Un texto, además y sobre todo, donde quede clara la función principal. Sin más dilación planteo que esa función principal debe ser la cuestión tecnológica. Y, más concretamente, algo que ya abordé hace años: en http://alametiendo.blogspot.com.es/2011/07/pacto-social-por-la-innovacion.html y en http://elpais.com/diario/2003/04/25/catalunya/1051232840_850215.html. Entiendo que, para lo que deseo proponer, los considero plenamente vigentes. Se trata de entrar en una fase de largo recorrido que llamo el «Pacto social por la innovación tecnológica». Me interesa decir que este planteamiento no sólo es válido también para el sindicalismo europeo sino que debe ser su elemento central. Desde luego, entiendo que para el sindicalismo español es el camino para: reconstruir las consecuencias de la crisis económica, trascender la reforma laboral y sus efectos y, finalmente, resituar al sindicalismo en esta fase de innovación-reestructuración.
Por supuesto, estamos en «tiempos neoliberales» como dice el enunciado de este debate que ha organizado Orencio Osuna en www.espacio-publico.com, y tiene como referencia el trabajo inicial de Joan Coscubiela. Ahora bien, soy del parecer que la cuestión principal es la emergencia de la cuarta revolución industrial –propiciada por una vasta, veloz y versátil novísima tecnología— que está generando un espectacular proceso de innovación y reestructuración de los aparatos productivos y de servicios, cuyos tiempos ya no coinciden con los ritmos del ciclo económico; una economía global pensada según los cánones neoliberales, ciertamente. Quedamos, pues, en lo siguiente: la madre del cordero no es la globalización, sino la revolución industrial de esta fase con sus consecuencias de innovación y reestructuración, y de ahí debe partir el sindicalismo confederal desde el centro de trabajo, que llamaremos ecocentro de trabajo, en continua mutación.
De todos es sabido que a partir de la transición española, para obtener representatividad en unas elecciones políticas, cualquier partido político que se presente a éstas ha de obtener al menos un 5% de representatividad entre el electorado y, por tanto, capacidad para estar presente en las instituciones para las que sea elegido.
Gracias por tu magistral intervención: alejada de la autocomplaciencia de unos y de la crítica desabrida y genérica de otros. Y estoy completamente de acuerdo con tus conclusiones.
Frente a los recortes sociales y la política de austeridad promovida por el Consejo Europeo y la Troika (FMI-BCE-CE) y aplicada hoy en España por el Gobierno del PP, en el marco de una gestión liberal-conservadora de la crisis, se han generado distintas respuestas sindicales y ciudadanas. Aquí se analizan tres aspectos: 1) la política ambivalente de pacto y conflicto social; 2) las perspectivas abiertas con la erosión de la política de austeridad, y 3) el papel reivindicativo y sociopolítico del movimiento sindical.
Empezamos nuevamente un período álgido de elecciones sindicales. Otra vez durante más de un año nos ponemos a hacer un larguísimo ejercicio de demostración de la pureza democrática de nuestra representación. Meses y meses de confrontación, a veces hasta cruenta, entre nosotros por un escaso porcentaje de subida o bajada de los delegados y delegadas elegidos, y de centrar la acción sindical en aquellas empresas que tienen más de 6 trabajadores relegando, una vez más, a quienes sufren las peores condiciones laborales.
Decía en mi anterior intervención en este muy interesante debate que la única razón que tenemos de existir es ser útiles para enfrentar colectivamente los problemas que nos afectan como clase.
El sindicalismo no es más que la respuesta de los trabajadores ante el modelo productivo y ha tenido diferentes reflejos a lo largo de la historia, no es lo mismo el sindicato profesional de finales del siglo XIX que el sindicato de masa de las fábricas europeas de la post guerra.
Una primera constatación, es la evidencia del importante nivel de coincidencia con las opiniones que expresa el texto del compañero Joan Coscubiela. Por un lado, la necesidad de comprender el sujeto sindical hoy, su necesidad objetiva, su legitimación, y la utilidad de su función social, a partir de tres grandes factores que se interrelacionan: su propia crisis de transformación, el contexto de la crisis, y el nuevo escenario del conflicto capital-trabajo
Creo que el sindicalismo europeo tiene un gran reto por delante y es nada más y nada menos que el construir la Europa Social.
Os adjunto un breve texto, donde doy respuesta a un comentario del compañero Isidor Boix.
Isidor Boix
Ex Secretario de Negociación Colectiva y Acción Sindical Internacional de FITEQA-CCOO.
¿Crisis del sindicalismo? Sí, sin duda, como crisis de nuestra sociedad, de las relaciones de producción capitalistas, del modelo social europeo, del modo de hacer política, … ¿Es útil, o necesario, el sindicato? Pues creo que es inevitable, en el mejor sentido de esta palabra. Inevitable y necesario, porque lo considero parte consustancial de nuestra sociedad, del modo de producción capitalista, de las relaciones sociales a él inherentes. Con una u otra denominación, es inevitable que los asalariados (los trabajadores, pero me parece mejor la habitual fórmula de los franceses) se asocien para lo que considero en definitiva la esencia del sindicalismo: contribuir a fijar el precio (en dinero, en condiciones de trabajo, en derechos, …) de una mercancía tan consustancial con esta forma de relaciones sociales como es la fuerza del trabajo. Pero habría que reinventarlo en las condiciones de hoy, y a ello pueden, aún, contribuir las actuales organizaciones sindicales.
Organizaciones necesarias y con necesidades
Hoy se cuestiona la legitimidad, representatividad y credibilidad del sindicalismo. No es un ejercicio neutro, porque tampoco es la fiel descripción de la realidad, pero aún así apunta algunos elementos que no pueden dejar indiferente al propio sindicalismo, que está obligado a reflexionar y debatir en su seno para rehacer prácticas y formas organizativas para mantenerse fuerte y útil en un contexto de precariedad económica, social y democrática, donde su función es, posiblemente, más necesaria.
Desde los inicios del siglo XIX (donde nació una nueva conciencia de clase y las primeras asociaciones obreras) hasta nuestros días, hemos asistido a sucesivos cambios en la organización del movimiento obrero y sindical. El siglo XXI no podía ser una excepción.
Daniel Albarracín Sánchez
Profesor del Departamento de Economía Aplicada II de la Universidad de Sevilla. Economista y Sociólogo
¿Qué relación con la afiliación?. ¿Qué democracia interna?.
Daniel Albarracín Sánchez
Profesor del Departamento de Economía Aplicada II de la Universidad de Sevilla. Economista y Sociólogo
El trabajo asalariado sufre permanentes cambios, fruto de ser el vástago de las correspondientes variantes de capitalismo. La fragmentación de la condición obrera se origina en las condiciones de trabajo, vulnerabilidad y competencia. El principal problema que atraviesa el movimiento obrero es que ha de enfrentarse a un escenario de corporativización del conflicto. Los intereses aparentes se muestran muchas veces rivales.
Moises Torres
Secretario Servicios Comunidad -Responsable limpieza y recogida UGT
Como militante sindical de UGT me niego a creer que el sindicalismo es para los trabajadores. Tengo la firme creencia de que los sindicatos son trabajadores unidos, organizados, solidarios, que realizan su actividad intentando mejorar su entorno laboral y tienen como meta una sociedad más justa e igualitaria.
Joan Coscubiela en su excelente ponencia “necesidad, legitimidad y utilidad del sindicalismo” nos invita a reflexionar desde una batería de interrogantes, que confirman la fuerza y el poder que tienen las preguntas como herramientas para la investigación y la innovación.
La disyuntiva entre sindicato para los trabajadores o sindicato de trabajadores y trabajadoras, coloca al sindicato en el primer supuesto como un agente económico de mercado más, dependiendo su éxito de los parámetros del mercado: posición frente a la competencia, afiliados como clientes.
Dice Aristóteles que una sociedad es una reunión de familias o de tribus que buscan el "provecho común", principalmente a través de la complementariedad de oficios. Para que las sociedades europeas formaran una unidad política ordenada tuvieron que superar la división en tribus, porque ello implicaba el peligro de crear estados dentro del estado. Pero con la llegada del marxismo, que ve a la sociedad como la lucha de dos clases antagónicas, surgió el "sindicalismo de clase" que ha ido extendiéndose desde la fábrica hasta abarcar a todo el estado, constityéndose así en una fuerza social que puede ejercer de "contrapoder" frente al poder político, y ello no deja de ser un problema para cualquier sociedad, sobre todo funcionando con la legislación establecida al respecto.
Con profunda inquietud y preocupación leo en ‘El Boletín.com’ (04/08/2014) que en la nueva formación de Podemos se está discutiendo la posibilidad de promover la creación de un nuevo sindicato.
Ante los retos de la fragmentación del trabajador colectivo, frente a su dispersión, las posibilidades de agregar intereses, para los sindicatos, son cada vez más difíciles de abordar.
El texto de Joan Coscubiela plantea numerosos interrogantes que, en sus palabras, no tienen respuesta fácil ni única; también por las dificultades de reflexionar serenamente en torno a los tres planos que destaca. El primero, la crisis de transformación del sindicalismo, es una cuestión básica en la que están plenamente inmersos los sindicatos, en general. Cuestión nada fácil, pues los cambios deben ajustarse a un horizonte lleno de incertidumbres. El segundo, las dificultades añadidas por la crisis, puede tener un carácter más “coyuntural”, pese a que llevemos ya varios años en la misma.
Estoy de acuerdo en todo lo que dices, y es un toque de atención serio a los sindicatos -que todos debemos asumir- en cuanto a incorporar una perspectiva de 'género' a la lucha sindical.
En efecto Carlos Javier, has elegido la afirmación más polémica de mi intervención, la cual precisamente había resaltado entre otros motivos, por eso mismo. Simplemente había planteado la afirmación, sin desarrollar los argumentos sobre los cuales sustentarla, cosa que voy a intentar hacer ahora.
Agradezco, de entrada, a Público la apertura de este espacio de debate sobre el sindicalismo en tiempos difíciles, planteado en torno a la ponencia presentada por Joan Coscubiela, que constituye toda una invitación abierta a la reflexión crítica y propositiva, a la que pretendo contribuir, modestamente, con las siguientes consideraciones sobre el retorno de la cuestión social, la legitimidad de la intervención del sindicalismo confederal (CC.OO. y UGT, fundamentalmente), su relación con los nuevos movimientos sociales y la necesidad de articular un nuevo ciclo de protestas y propuestas en el combate contra la desigualdad.
Adjunto os remito un breve texto donde comento y desarrollo las palabras del compañero Juan Moreno acerca del sindicalismo y los partidos políticos.
Cuando el ya desaparecido Tony Judt defendía el papel de los sindicatos, los vinculaba a la cultura política que asociaba el orgullo en el trabajo con la solidaridad y el futuro intergeneracional. Algo que conviene tener en cuenta, sobre todo cuando la última crisis económica y financiera ha provocado una pérdida del valor trabajo como elemento definidor de la economía productiva. En este sentido, cuesta imaginar sociedades abiertas y democráticas sin sindicatos que representen y defiendan a los trabajadores, en tanto que herramientas básicas de una cultura política fuertemente enraizada en la democracia participativa.
Las propuestas del “sindicalismo del régimen”, a partir de 1978/1980 (Constitución y Estatuto de los Trabajadores), siempre han ido en una doble dirección: por una parte la protección de los colectivos con empleo estable, donde las políticas de concertación social, concretadas en una política de rentas, ofrecían la posibilidad de creación de empleo y, por supuesto, el blindaje relativo de su “no despido” de quienes tenían empleo estable y fijo, a cambio de una moderación salarial Por otra, para quien tenía empleos precarios y/o simplemente estaban en situación de desempleo, éstos sindicatos negociaban, bien prestaciones de desempleo, bien cursos de formación, bien medidas incentivadoras del empleo de ciertos colectivos con dificultades (jóvenes, mayores de 45 años, mujeres, etc...).
En su interesante aportación al Debate, ha expresado Pedro Muñoz Moreno lo siguiente: «desde la perspectiva socialista NO SE DEBERÍA TENER EN LA MENOR CONSIDERACIÓN LA VIABILIDAD DE UNA EMPRESA PRIVADA.»
Juan Moreno
Consejero del Comité Económico y Social Europeo. Colaborador Fundación 1º de Mayo
Las políticas neoliberales y más recientemente la crisis económica y sus efectos devastadores en el empleo y en la legislación, han debilitado a los sindicatos y expuesto sus carencias, que con todo, aún son las organizaciones sociales mas fuertes. En base a esto se discute, con ánimo constructivo, dentro y fuera de sus filas, sobre sus posibles reformas, pero también se escuchan voces que descalifican su labor, cuestionan su representatividad e incluso su derecho a la vida.Muchas de las preguntas que se hacen ahora sobre el sindicalismo son muy viejas, le han acompañado desde su nacimiento y probablemente nunca tendrán respuestas definitivas. Pero son legítimas esas preguntas, que también podrían hacerse sobre otras organizaciones.
Realmente el tema propuesto es muy complejo y tiene muchos factores que se pueden interpretar desde puntos de vista extremadamente opuestos, algunos de los cuales (la mayoría) ya han sido planteados por el ponente u otrxs comentaristas. En mi análisis voy a ser, como dice Joan Coscubiela, hipercrítico, pero partiendo de una premisa a mi juicio fundamental: Mientras exista el trabajo asalariado en cualquier forma y sistema que podamos imaginar, serán imprescindibles los sindicatos. Hacer el apunte de que, en principio, hablo siempre de los mayoritarios, UGT y CCOO, aunque algunos puntos sean extensivos en mayor o menor grado al resto de sindicatos.
En su aportación al Debate el compañero Rodolfo Benito ha mencionado no menos de cuatro veces las palabras ‘justicia’ o ‘justicia social’; y termina su escrito con el siguiente comentario: «Creo que hay que construir un nuevo relato sobre y desde el sindicalismo, reivindicando en positivo la justicia de sus demandas, el componente ético de su acción y la utilidad social de su intervención colectiva.»
El sindicalismo se enfrenta a un doble desafío. De una parte, desarrollar todo tipo de iniciativas y de propuestas tanto en el marco de la Unión Europea como de España, con el objetivo de poner fin a las políticas de austeridad, como elemento determinante para salir de la crisis, en base a una recuperación real, que llegue a las personas, sobre la base de empleo de calidad y con derechos; De otra, desarrollar una línea de actuación consistente en fortalecer el espacio sindical, el papel del sindicato en la empresa y en la sociedad, su poder contractual, acompañado de la necesaria puesta en valor de la función sindical como componente estratégico de la acción sindical.
José Javier Cubillo, en su aportación al Debate, ha afirmado lo siguiente: «Su misión [del sindicalismo] es defender a los trabajadores, ese es su objetivo y ningún otro. La complejidad o la controversia surge, cada día, en cómo se articula ese objetivo.»
Comparto buena parte de los planteamientos que hace el ponente, en cuya exposición queda claro un gran conocimiento del movimiento sindical y de los problemas que afronta en este momento.
Desde mi experiencia entiendo que el sindicalismo es autodefensa de los derechos de la clase trabajadora, defensa en primera persona junto a los demás, de derechos sociales y búsqueda de transformación social con el objeto de lograr un mundo más justo. Digo autodefensa porque la mejor forma de avanzar es implicarse directamente en todos los procesos: de lucha, de decisión, de negociación…
Pocos días después de aparecer en Público.es mi documento sobre el conflicto Capital-Trabajo y su solución desde el punto de vista marxista, aparecen dos artículos en el periódico El País, uno de Victor Lapuente Giné y otro de José Ignacio Torreblanca (06/07/2014), buscando descreditar, por enésima vez, la propuesta marxista. Ya el hecho de que se tenga que insistir, una y otra vez desde hace más de 150 años, en esta tarea de desacreditación es algo que ya resulta hasta divertido.
Está de moda criticar a los sindicatos lo que, por cierto, no es una novedad. Los ataques al movimiento sindical son tan antiguos como el capitalismo, que les obligó a aparecer para contrarrestar su rapiña. Las agresiones tienen ciclos. En la España democrática se les alabó por la contribución a acabar con la dictadura franquista y favorecer el asentamiento de la democracia; se les llamó más tarde dinosaurios condenados a desaparecer por su resistencia al desmantelamiento de empresas durante la reconversión industrial de los años ochenta del pasado siglo; se les volvió a poner de ejemplo de responsabilidad y buen hacer en los años de crecimiento económico, donde prosperó el diálogo y la concertación social; y, de nuevo, cuando apareció la crisis económica y financiera actual, han pasado a ser el blanco de una campaña de descrédito que, por su intensidad y duración, no tiene precedentes.Hay que estar ciego para no ver que, más allá de hechos o conductas reprobables de algunos de sus miembros; más allá de errores o carencias, tal campaña guarda relación directa con el hecho de que los sindicatos constituyen el principal obstáculo frente al desarrollo de las políticas en curso, cuyo fondo, aquí y en Europa, es desarbolar el modelo social construido tras el final de la Segunda Guerra Mundial.
En el momento de aparecer la aportación al Debate del compañero de Izquierda Unida Héctor Maravall, acababa yo de terminar de escribir un documento –que paso a adjuntaros- donde expongo una solución al conflicto Capital-Trabajo desde la posición marxista a la que pertenezco. En él podréis comprobar que el abanico de posibilidades que se le ofrece al movimiento obrero es más amplio que el que Héctor nos presenta.
Tras mas de seis años de crisis, ya tenemos suficientes datos sobre el cambio que se esta propiciando en el ámbito de las relaciones de trabajo. Se busca aniquilar el modelo que se desarrolló tras la Segunda Guerra Mundial en los estados democráticos de Europa, que costó enormes luchas sindicales conseguirlo y un pacto político entre la izquierda y la derecha.
De la interesante intervención de Ignacio Muro quisiera destacar este párrafo:
Todos los grupos sociales, desde los transportistas a los médicos, desde las grandes empresas a los campesinos, tienen tendencia espontánea a identificar y defender sus intereses colectivos.
Sin duda, la cuestión del papel de los sindicatos en el momento actual es uno de los más importantes a los que se enfrenta la Izquierda española. Por ello, saludo como una gran iniciativa por parte de Público.es el abrir un Debate sobre el particular.