El sindicalismo, entre la necesidad, la legitimidad y la utilidad
Joan Carlos Gallego
Secretario General CC.OO Catalunya
Hoy se cuestiona la legitimidad, representatividad y credibilidad del sindicalismo. No es un ejercicio neutro, porque tampoco es la fiel descripción de la realidad, pero aún así apunta algunos elementos que no pueden dejar indiferente al propio sindicalismo, que está obligado a reflexionar y debatir en su seno para rehacer prácticas y formas organizativas para mantenerse fuerte y útil en un contexto de precariedad económica, social y democrática, donde su función es, posiblemente, más necesaria.
Los cambios legales operados en los últimos tiempos mediante las contrarreformas laborales, debilitan sus capacidades de actuar, de organizar y de tutelar trabajadores. Los cambios que se van produciendo en los procesos productivos,financiarizados y transnacionales, y la creciente descentralización productiva hacen obsoleta alguna forma organizativa. Y la fragmentación de las agrupaciones laborales y de las condiciones de trabajo superan algunas de las propuestas de acción que han sido válidas en otras épocas. Sin duda, también, el sistemático acoso mediático a las estructuras sindicales evidencian estas contradicciones y, aunque pueden ser exageradas en alguna formulación o interesadas en su explicitación, explican en buena parte -y construyen- la percepción social que se tiene del sindicato. El entorno económico, social y político, cambiante y complejo, en el que vivimos, empuja al sindicato a renovar formas organizativas, prácticas y propuestas para la acción y la negociación. Hay que hacerlo para seguir siendo útil a la propia función social y ser referencial para impulsar los cambios que mejoren las condiciones de trabajo y de vida de la gente trabajadora.
Con todo, sin embargo, no podemos obviar que hoy, a pesar del cuestionamiento, el sindicalismo mantiene viva su capacidad de influencia y de gestión del conflicto social. Esto lo atestigua la serie de conflictos laborales de ámbito de empresa o sector, en defensa del empleo y de las condiciones de trabajo, las movilizaciones sociales en contra de los recortes de los servicios públicos, en defensa de la negociación colectiva o la capacidad de denuncia de las injusticias y de propuesta alternativa para impulsar la reactivación económica, generar empleo de calidad y garantizar la protección de las personas en situación de desempleo o exclusión social. Hoy, CCOO sigue siendo la primera organización social del país, en número de personas afiliadas cotizantes -cerca del millón en el conjunto del Estado y 150.000 en Cataluña- pero también la primera organización social en términos de representatividad democrática, validándose cada cuatro años en elecciones sindicales que tienen niveles de participación superiores al 80% de las plantillas y que incorporan mecanismos de revocación, de rendimiento de cuentas y de toma de decisión participativa en cuanto a convocatorias de movilizaciones o firma de acuerdos. Si hablamos de la suma de todas las organizaciones sindicales, podemos estar hablando de un 15% de la población ocupada afiliada a unas organizaciones que, con su acción y capacidad de negociación representativa, dan cobertura de derechos a través de la negociación colectiva a más del 85% de los trabajadores y trabajadoras asalariados del país. Desafortunadamente hay amplios sectores de trabajadores excluidos del mecanismo de representación sindical directo, ya que en las empresas de menos de 6 trabajadores no se contempla la posibilidad legal de que puedan elegir un o una delegada de personal. Este es posiblemente el principal escollo de las organizaciones sindicales que tienen dificultades, a pesar de dar cobertura de derechos con su acción general, para actuar y tener presencia organizada directa en las empresas que ocupan a una parte muy importante de la clase trabajadora y que es principalmente donde se dan las condiciones laborales más precarias y donde se necesita de mayor organización.
Si queremos repensar la necesidad, legitimidad y utilidad del sindicalismo hoy, lo primero que debemos preguntarnos es qué es el sindicato. Muchas veces se confunde el sindicato con las estructuras de la organización sindical, a las que se tacha de alejadas de los trabajadores y trabajadoras. La primera característica del sindicalismo es la autoorganización de los trabajadores de una empresa o centro de trabajo. Es la agrupación voluntaria de las personas que consideran que tienen unos determinados vínculos entre sí y unas problemáticas comunes para la posición que ocupan en el trabajo, y que quieren actuar y negociar con el empresario, o los directivos, que ocupan una posición diferente a la de ellos o ellas en la empresa. Hablamos de sindicato "de" los trabajadores, no de sindicalismo "para" los trabajadores. Por eso hablamos de vínculo societario o asociativo para reivindicarse, para la acción y la negociación, en un sistema económico y social que niega a los trabajadores su personalidad y sus derechos en la empresa. Cuando hablamos de sindicalismo hablamos de la fortaleza que da esta dimensión colectiva y la función social que le es propia, que es organizar y defender personas e intereses colectivos, hablamos de la estabilidad del vínculo que se establece entre los trabajadores y el proyecto sindical-propuestas-, hablamos de democracia sindical y de renovación generacional. Las estructuras sindicales son la forma organizativa última que se da a esta autoorganización colectiva de personas e intereses en el centro de trabajo y se construye desde la realidad concreta de cada momento histórico en base al proyecto sindical que permite la mayor utilidad a la acción y a la negociación en todo aquello relativo a las condiciones de trabajo y de vida.
El movimiento obrero organizado, el sindicalismo, ha sido desde sus orígenes fuente de derechos para los trabajadores y trabajadoras. No se explica el contrato de trabajo, la conquista de la jornada de 8 horas, la limitación del trabajo infantil en la Inglaterra de finales del siglo XIX, o el propio proceso de cambio de régimen en nuestro país, entre otros, sin la acción organizada de los trabajadores y trabajadoras, donde la fuerza acumulada organizándose en las empresas permite la acción colectiva del sindicato para actuar y negociar mejoras de condiciones de trabajo y de vida. En nuestro país, no se explicaría la construcción de un entramado de derechos sociales, educación, sanidad, seguridad social, protección social, sin la acción organizada del sindicalismo. La generalización de derechos, laborales y sociales, dentro y fuera del centro de trabajo, no se explica sin la fuerza movilizadora y la capacidad organizativa de las organizaciones sindicales. Precisamente esta capacidad es la que ha permitido la constitucionalización del propio sindicalismo, su reconocimiento como interlocutor social y representativo de intereses colectivos y de los derechos colectivos y personales del trabajo. Pero es precisamente este hecho, la constitucionalización del sindicalismo, lo que provoca la desmemoria colectiva en relación al sindicato y su función en la defensa y consecución de derechos. Buena parte de la población considera un dato preexistente el mundo que le rodea y es ajena a los procesos históricos que lo han ido configurando, se considera, por tanto, heredera natural de los derechos y reglas sociales. Parece haberse borrado de la memoria colectiva, fruto de años de franquismo y de la posterior desmemoria histórica, que los derechos se conquistan en la lucha y se defienden cada día.
No hay una cultura colectiva que reconozca la dimensión política del sujeto social que es el sindicato y de cómo su acción explica la conquista y extensión de los derechos de ciudadanía. El estado democrático y el estado de bienestar se explican casi exclusivamente en clave de la acción de los actores políticos institucionales, gobiernos y partidos, negando la acción de los sujetos sociales colectivos, entre los que el sindicalismo, como sujeto social político, ha sido clave y determinante para explicar buena parte de la historia de este país. Tal vez esto se explica por la propia independencia del sindicalismo mayoritario que se acaba imponiendo en nuestro país. Porque una de las características del sindicalismo es la autonomía e independencia en relación a los poderes económicos y políticos, la capacidad de elaborar propuestas y definir proyecto en base a la realidad organizada de los trabajadores y las trabajadoras, a sus análisis y sus intereses. Posiblemente esto hace que las organizaciones políticas entren en contradicción con la función de los sindicatos cuando éstos ejercen su autonomía e independencia sindical. Querrían relegar la función exclusiva de estos en el centro de trabajo e impedir la intervención en la esfera social y política. Pero precisamente la propia independencia sindical reclama la intervención sociopolítica, ya que la clase trabajadora no puede obviar la importancia de las políticas públicas a la hora de dar cobertura a los derechos y a la protección social. Quizás éste es uno de los elementos que explica la alta beligerancia de los gobiernos con el hecho sindical y como están aprovechando la actual situación de hegemonía política e ideológica neoliberal para ralentizar al máximo el diálogo social, debilitar el derecho a la negociación colectiva, limitar derechos sindicales, atacar la financiación de la función sindical, perseguir el ejercicio del derecho de huelga, etc.
Hoy, sin embargo, el sindicalismo tiene ante importantes retos. La profundidad de la embestida al modelo social -de derechos y libertades- que impulsa la política dominante, los cambios que se producen en la esfera económica y de la producción, enmarcada por una globalización bajo la dirección de la concentración del capital financiero, sin reglas ni contrapoderes, y la transnacionalización de la actividad productiva y de la cadena de valor, y la creciente oligopolización de los procesos de creación y difusión del conocimiento, están generando cambios importantes en la composición de la clase trabajadora fruto de la descentralización productiva y la fragmentación y precarización laboral. Sabemos que la organización del sindicato se deriva de la forma como se organiza el trabajo y el proceso productivo. Si a principios del siglo XX el sindicalismo catalán supo superar el sindicalismo de oficios para dar paso al sindicalismo de sector para dotar de mayor utilidad a la acción sindical, hoy es necesario repensar qué elementos tenemos delante para mejorar nuestra capacidad de intervención en términos de utilidad. Repensar la organización pero asentándola en los principios propios, consustanciales, el hecho sindical que son la autoorganización de los trabajadores en el centro de trabajo con prácticas democráticas y de renovación permanente, la autonomía e independencia de cualquier poder, la capacidad de ejercer el conflicto social y protagonizar la negociación, la voluntad de ser sujeto político social con voluntad de transformar la realidad para conquistar nuevos derechos dentro y fuera del centro de trabajo.
Hoy necesitamos organizar el sindicato de forma más flexible y cooperativa y dotarlo de capacidad de actuar en toda la cadena de producción. De organizar, para la acción y la negociación, en espacios de trabajo multisectoriales. De incorporar nuevos contenidos a la negociación colectiva -en relación a la fractura generacional, el papel del conocimiento y la formación permanente, a la aportación a la innovación, en relación a la sostenibilidad, etc. ... - y articularse en diferentes niveles -sector, subsector, espacios multisectoriales, grupos de empresa, empresa ... -. De introducir elementos de transversalidad en la acción sindical en relación a la igualdad y diversidad, a la democracia en la empresa, a los derechos personales en el trabajo, etc. De agrupar y organizar a los trabajadores y trabajadoras de pymes, los autónomos dependientes, los trabajadores de los sectores de la economía social.
La globalización evidencia la limitación de la acción sindical a nivel local o nacional. Hacen falta espacios de contractualidad en Europa y en el mundo. De ahí la articulación del movimiento sindical europeo y mundial en la Confederación Europea de Sindicatos (CES) y en la Confederación Sindical Internacional (CSI). Hay que acelerar la construcción de un sindicalismo global útil, con capacidad de movilización y negociación en el ámbito supranacional. El impulso de comités de empresa europeos y mundiales es pieza clave en este proceso. Consolidar espacios de negociación colectiva y de diálogo social que den perspectiva a las reivindicaciones en relación al trabajo digno en todas partes, a la responsabilidad corporativa, a la transición justa.
Los cambios en las tecnologías de la información y la comunicación se añaden a los cambios operados en el proceso de concentración de los grupos que controlan la difusión de la información a nivel global y generan, sin duda, nuevos retos al movimiento sindical, que debe entender lo que está pasando y situarse reactivamente, para garantizar que los valores propios y la creación cultural e informativa de la realidad de la clase trabajadora no sea intermediada o suplantada. No se trata de repensar sólo en qué y cómo comunicar e informar, que también, sino de abrir todo el espectro potencial que se abre a nuevas formas participativas y de movilización con voluntad de masividad y efectividad.
Hay que repensar el cuadro de derechos sindicales y la propia financiación sindical. Nuevos derechos sindicales que incorporen las nuevas realidades: cómo pasamos del tablón de anuncios sindicales los ciberderechos sindicales que garanticen la información telemática; como pasamos del delegado sindical de empresa al delegado sindical sectoterritorial que dé tutela y organice a los trabajadores de las pymes; como logramos nuevos derechos de participación en las empresas y nos planteamos la relación, presencia, intervención en los consejos de administración; como superamos la interlocución con los gestores de las empresas para interrelacionarnos con los propietarios; como superamos la contradicción de sindicatos que afilian pero que representan a todos y que esta función la realizan con los recursos de los que se afilian; etc.
Retos sin duda inacabados en su exposición, pero alcanzables en su consecución, ya que parten de un análisis concreto de una situación determinada y de la voluntad de seguir operando para transformarla, desde la voluntad de permanencia en la función social que se considera propia del sindicalismo, que es la autoorganización de los trabajadores en el centro de trabajo para la defensa de sus intereses dentro y fuera de la empresa.