Tres retos ante las municipales
Enrique del Olmo
Sociólogo
Al leer el texto de Jordi Borja la primera sensación que uno tiene es ¿Cómo tanto y de tanto calado, en tan poco? Superado el primer impulso de ser un “palmero” de la contribución de Jordi, paso a anotar algunas pinceladas que me parecen especialmente relevantes. Quizás teñidas con una visión demasiado madrileña, pero no por ello menos universal.
Empiezo por el “socializar políticamente las elecciones”. No hay que cansarse de repetir una y otra vez lo que señala Borja “El adversario principal es el PP”. El rechazo a todos los aspectos de crisis del sistema se va a canalizar en las elecciones de mayo, pero la primera pieza que hay que desmontar electoralmente es el poder municipal y autonómico del PP, de sus “jefes” empresariales y de sus cómplices.
No vale ocultarse en la crítica general al sistema, éste tiene una pieza determinante a día de hoy que es el Partido Popular, punto de conexión institucional en donde se agrupan todos los intereses que han destruido nuestras ciudades como lugar de encuentro y convivencia democrática.
La ciudad de Madrid es el mejor ejemplo de lo que estoy diciendo. Un Madrid entregado a los especuladores, que destina ingentes cantidades de dinero público a grandes empresas. Empresas que igual se dedican a construir una torre de oficinas que a gestionar escuelas infantiles o centros sociales. Un Madrid que sólo ha entendido el progreso como un permanente ejercicio de construcción de edificios, eso sí, cada vez más grandes.
Un Madrid que sólo entiende por proyectos colectivos grandes efemérides montadas para que unos pocos se forren y la mayoría asista a un espectáculo de fuegos artificiales que dura unos breves momentos. Madrid ha perdido su alma. El Madrid oficial va por un lado y el Madrid real va por otro. Pero como dicen Saskia Sassen, “la ciudad sobrevive físicamente a toda clase de regímenes políticos y crisis económicas” Madrid resiste.
Por todo lo sucedido desde el año 2010, lo que tenemos por delante no es un mero cambio de gobierno, es mucho más, es un cambio sistémico, un cambio de la Administración, un cambio de modelo de gestión y un cambio de ciudad. Es, entre otras cosas, pasar del gobierno proveedor al gobierno relacional, aquél que es capaz de poner en valor todas las potencialidades que anidan en la ciudad y a las que aplastan el pillaje económico y la burocratización institucional.
Hay que recuperar el Espíritu del 79, que no es la añoranza oportunista de Tierno Galván y la “movida”, sino el de aquella gente que entró en los ayuntamientos sin tener nada, y que se volcó con pasión en construir nuestras ciudades con entrega y honestidad.
Un segundo tema al que me referiré brevemente es el de la reorganización del mapa territorial. No podemos obviar algo fundamental la Ley de racionalización y sostenibilidad de la Administración Local, hecha para quebrar la autonomía municipal y vender ante Bruselas la desaparición de 4.000 municipios y aprovechar para avanzar en la privatización del servicio público y la apertura de nuevos nichos de negocio con los que beneficiar a sus amigos a través de las obsoletas diputaciones.
Lo primero que tienen que hacer las nuevas corporaciones es declarar la “insumisión” ante esa ley que ya de por sí se aplica poco (cientos de recursos de inconstitucionalidad), incluso por el PP... En contra del discurso dominante, el problema no son los municipios sino la falta de un pleno desarrollo de la autonomía municipal, de una financiación adecuada sin recurrir el uso del suelo como implantó “la madre de la burbuja”, la Ley Rato de 1997 -Todo es urbanizable”- y la voracidad de unas Comunidades Autónomas.
Unas autonomías que pudieron ser vanguardia de un nuevo tipo de administración pública, pero que se convirtieron en la reproducción a mayor escala de los viejos vicios y en la base fundamental de clientelismo y de las transferencias de rentas de lo público a los especuladores privados. Hay que reafirmar el municipio como base de la construcción de ciudadanía y convivencia democrática, como impulsor de una nueva forma de gobierno y también como vanguardia del cambio de vida de las personas, como ocurrió en la década de los ochenta.
De especial interés es la reflexión sobre la “nueva política” La marca existe y el producto no, señala Jordi y tiene razón. La preparación de las municipales y autonómicas y los procesos posteriores van a ser determinantes en la profundidad del cambio general que va a experimentar el país en estos momentos. Los procesos de agrupamientos locales para configurar listas y alternativas han sido muy complicados y, en muchos casos, frustrantes.
La aparición de tics de la “vieja política”, entre ellos el sectarismo muchas veces endémico, ha llevado a situaciones sin salida. La decisión de Podemos (que no entro a cuestionar) de no concurrir a los comicios locales, a pesar de ser el referente político más evidente de la nueva política, ha aportado aún más complejidad, fragmentación y dificultad al proceso.
Y esto es sólo el principio, porque ya estamos viendo en Andalucía, tras los resultados de las elecciones autonómicas, las polémicas y disensiones abiertas. En función de los resultados electorales del 24 de mayo habrá que pactar nuevas mayorías, acordar programas y planes de actuación y, sobre todo, responder a las exigencias de los ciudadanos. Y, como bien señala Jordi, a estas exigencias no se puede responder a base de participación y consulta.
Es falso eso de ser “carteros de los ciudadanos”. La actividad de los representantes necesita una clara autonomía (aunque sea con todos los límites legítimos: limitación de mandatos, revocaciones, evaluación del desempeño...) porque como dice de nuevo nuestro ponente: “Los ciudadanos tienen derecho a participar, criticar, proponer y apoyar, pero no el deber”.
Desde luego el tiempo político ha cambiado, la brecha abierta a partir del 15-M existe, el surgimiento de Podemos ha cambiado el tablero político, corroborado después por la aparición de Ciudadanos, pero el sistema ha logrado recomponerse: la abdicación de Juan Carlos, el atemperamiento de la reivindicación catalana, la bajada de la movilización social, la tregua preelectoral en los recortes y la entrada en cauces electorales hace que lo que era viento de cola sea ahora calma chicha, con un nuevo escenario sin duda, pero obligando como nunca a lo nuevo a gestionar el escenario.
No sirven sólo las denuncias generales o el deseo e ilusión por un nuevo sistema bajo control de la ciudadanía, que sigue siendo algo imprescindible. Hay que dar respuestas y, como acertadamente concluye su ponencia Borja, actuar y aprovechar el “shock” del cambio de administración, porque “lo que no se plantea al inicio del mandato, difícilmente se va a hacer más tarde”.