Resistir es perder (contextos y respuestas)
Martinho Noriega
Portavoz de Anova, candidato por Compostela Aberta a la alcaldía de Santiago
Nadie duda de la importancia de las elecciones municipales en el ciclo histórico-político que estamos por vivir. La analogía (o el deseo) de reeditar en otro espacio-tiempo las municipales del 31 nace de la necesidad de ser capaces de lograr un punto de inflexión que reescriba el guión de lo establecido. El contexto general y en mayor o menor medida el contexto local, así lo demandan.
En el estado han coincidido durante los últimos años, de manera simultánea o superpuesta, una crisis sistémica con un agotamiento evidente del régimen del 78. La primera, donde no hay inocentes en las decisiones tomadas o consentidas, nos ha traído a la estación término en la que nos encontramos. Un nuevo capitalismo feudal donde la precarización es el nuevo título nobiliario y en el que tener la suerte de poder trabajar no te garantiza poder vivir con dignidad.
El segundo presenta una sintomatología diversa, caracterizada por una crisis de representación (bipartidismo con un apoyo electoral del 50por ciento), una crisis de credibilidad de las principales instituciones, pérdida de soberanía (que no está decantada hacia una construcción política superior) y la evidencia de corrupción estructural.
En este año, donde el ciclo electoral no es inocente nos jugamos, por lo tanto, la posibilidad de poder abrir, o no, un proceso de procesos constituyentes en las diferentes naciones del estado donde poder decidirlo todo. Las municipales pueden ser el caballo de Troya si éste, además de con madera, se construye con unidad popular.
En este contexto general, los ayuntamientos han estado literalmente intervenidos. Según datos oficiales, la deuda pública a finales del 2014 alcanzó el 97,7por ciento del PIB. La parte imputable a las corporaciones locales fue del 3,7por ciento. El gobierno central y las autonomías son los socios mayoritarios de esta herencia.
A pesar del rol de socios minoritarios de los ayuntamientos en el desastre que deja la austeridad, éstos han sufrido decisiones del gobierno central que han finiquitado la autonomía local, han abierto campo de negocio a la iniciativa privada y han potenciado entes opacos y clientelares como las Diputaciones.
En el menú de medidas impuestas destaca el plan de pago a proveedores made in Montoro (para refinanciar a la banca con unas condiciones indignas), la imposibilidad de contratar trabajadores públicos (en muchos casos incluso de reponer bajas y jubilaciones) y la reforma de la ley de administración local que llegó para introducir criterios de rentabilidad en la prestación de servicios sensibles (sociales, educativos, culturales) y que convirtió a las Diputaciones en el primo de zumosol que no pasa por las urnas.
En este contexto general podemos afirmar sin miedo a equivocarnos, que el PP ha realizado una privatización partidaria de los ayuntamientos bajo la coartada del necesario cambio conservador, y mientras Roma arde.
Luego están los contextos locales. En Galiza los conocemos bien, en su capital a modo de ejemplo (Santiago de Compostela) mucho mejor. Por esta ciudad han pasado los últimos cuatro años tres alcaldes de PP y actualmente hay un gobierno en el que la mayoría de concejales y concejalas no han pasado por las urnas. Malas prácticas, corruptelas, condenas por corrupción, el servicio público utilizado como tapadera de ambiciones personales y todo el desprecio del mundo por la rendición de cuentas forman parte de la realidad que hemos vivido.
Por lo tanto, entre el contexto general y los contextos locales, como diría el cantante, nos sobran los motivos para la unidad popular que dé respuesta a esta situación y provoque un punto de inflexión en el relato de los que siempre perdemos. Resistir es volver a perder. Hoy tan solo podemos ganar. Para conseguirlo hay que definir lugares de encuentro donde los tiempos vengan marcados por mecanismos de participación y un programa de mínimos.
En esa necesaria respuesta es importante asentar la nueva casa de lo local en tres pilares. Un nuevo municipalismo que vaya mas allá de las fronteras administrativas y que sea el que reparta costes y comparta servicios públicos con el entorno (servicios sociales, movilidad, emergencias, modelo de ciudad), la necesidad de redefinir el rol institucional del ayuntamiento en su relación con otros estamentos (no le toca a un ayuntamiento pedirle al apóstol que baje el paro o disminuya la corrupción) y un innegociable compromiso ético en el gobierno con una coparticipación de la ciudadanía en la construcción del relato de lo público, recuperando servicios externalizados que se tienen mostrado como nichos de corrupción.
Estas medidas tan solo tienen una finalidad. Restaurar el bien común y llevar a cabo una devolución democrática de los ayuntamientos a su verdadero dueño, la ciudadanía. En esa pelea, muchos y muchas estamos.