Un discurso urbano para la ciudad
Daniel Morcillo Álvarez
Arquitecto y urbanista
El tema propuesto en el Foro Público es una buena oportunidad para aproximarnos a una serie de aspectos que sobrevuelan por nuestras ciudades pero que en rara ocasión terminan por asentarse en lo concreto. Las sugerencias que encontramos en el texto inicial de Jordi Borja, son suficientes como para encontrar caminos y bifurcaciones que enriquezcan el debate, aproximaciones desde múltiples enfoques y puntos de vista para abarcar, posiblemente, lo inabarcable.
El nivel de debate político se ha incrementado en nuestra sociedad y eso ha conducido a un enriquecimiento colectivo como no veíamos desde hace tiempo. Hay un amplio sector social que ha redescubierto la política, especialmente la juventud, que se ha incorporado sin complejos a agitar las banderas de la democracia, la participación y la movilización frente a la injusticia producida por la Crisis (en mayúsculas, como nos justifica Varoufakis).
Y en este clima llegan unas elecciones municipales y autonómicas en donde parece reivindicarse un derecho a la ciudad. Es el momento de hablar de modelos de ciudad, de instituciones abiertas, de la transparencia al servicio de la ciudadanía, del fin de la especulación, de equipamiento públicos para la cohesión social, etc. Viejas nociones que sacuden el polvo de algunos sillones e incomodan a oportunistas, y quizá por eso, las próximas elecciones sean de gran importancia.Pero para que eso ocurra, debemos situarnos en el contexto en el que se dan.
La reciente aprobación de la “Ley Mordaza” genera un retroceso en libertades y derechos cívicos que nos retrotrae seguramente más de cuarenta años en nuestra historia, pero también es un considerable ejemplo del desconcierto en el que se encuentra la sociedad española. No descubro gran cosa si afirmo que una de las principales formas de dominación impuestas durante la globalización ha sido la asimilación de los discursos hegemónicos por parte de la clase trabajadora, especialmente la de los sectores medios de la clase. Estos discursos ejercen sobre el conjunto de la sociedad un complejo sistema de sometimiento y coerción que dejan ocultos algunos elementos al mezclarse con la vida cotidiana. Este discurso se construye a partir de la idea del prestigio, y en el que la posición social es determinada por aspectos que el individuo no puede controlar en absoluto. La ciudad es uno de esos instrumentos, y por ello el discurso urbano actual es un poderoso instrumento de control y sumisión que adopta diferentes formas: precios inmobiliarios excluyentes, segregación espacial por nivel de renta, homogeneidad de usos en la periferia, fin de la complejidad urbana, imagen normalizada, centros urbanos “disneaylandizados”, etc.
Las condiciones urbanas que han resultado de la globalización y en las que en Madrid se ven claramente sus efectos, requieren de la producción de un discurso urbano que supere el carácter ideológico de la urbanística y permita la recomposición de una clase social preparada y dispuesta para la emancipación social. El discurso es el primer escalón de una larga batalla que solo puede ser finalizada con la conversión de la ciudad en el espacio de la vida común, en donde las relaciones con el entorno natural sean la base del cambio de relaciones de producción y de relación entre clases e individuos. Parejo al discurso, la intervención inmediata sobre las ciudades es una prioridad para facilitar las condiciones que den lugar a un cambio urbano y social de mayor profundidad. Por eso, debemos plantear la pregunta de si es posible esta ciudad bajo el capitalismo. O de otra manera, si es posible producir otro modelo de ciudad bajo el capitalismo.
Indudablemente, estos planteamientos no pueden ser solventados de un plumazo, pero solo el hecho de plantearlos ya nos indica que debemos reflexionar sobre ellos y buscar los argumentos que justifiquen unas decisiones u otras. Superar definitivamente al capitalismo no puede ser una retórica ortodoxa, ni tampoco la excusa para no plantear respuestas concretas.
El capitalismo, y su necesidad de acumulación sin fin, es la causa de la sobreproducción de espacio que hemos vivido en las dos últimas décadas, realizada a través de un endeudamiento colectivo que ha supuesto el expolio de lo público, incrementado con las recientes pérdidas patrimoniales realizadas con la venta de suelo para financiar ayuntamientos y la enajenación de viviendas del parque público de viviendas (en el caso de Madrid, el IVIMA y la EMVS).
El capitalismo y su búsqueda del beneficio económico están detrás de la desregulación patrimonial contemplada en la última reforma de la Ley de Patrimonio, que ha llevado a la pérdida de edificios históricos y entornos urbanos como los de Canalejas y Plaza de España. Esta ley permite indirectamente la normalización de la memoria democrática, desterrando cualquier referencia a la clase trabajadora y aupando los valores del prestigio y el ascenso social a categoría natural, y por tanto, forzosamente asimilable por la sociedad.
El capitalismo es la causa del reforzamiento simbólico de la ciudad de la mercancía, con la omnipresencia del turismo en los espacios urbanos centrales, consiguiendo con ello un espacio donde la fantasmagoría de la mercancía regula la vida cotidiana.
Como decimos, este modelo de ciudad es el que se ha impuesto en Madrid, y aunque no es el único, sí demuestra la urgencia por cambiar los parámetros del discurso, ya que tras 25 años de gobiernos liberales en el Ayuntamiento de Madrid, al menos dos generaciones no han conocido otras políticas. Este tiempo transcurrido supone un evidente agotamiento del Partido Popular como principal defensor de estas políticas y al frente del gobierno municipal desde 1998, pero también de otras formaciones políticas que no han sabido o no han podido responder al autoritarismo del “partido único” de Madrid. Tampoco se aprecia que las nuevas formaciones, al margen de una recurrente apariencia participativa y una cierta operación de maquillaje político, estén aportando los elementos para ese cambio. En esencia, sigue habiendo un vacío en cuanto a la producción de un discurso urbano diferente, lo que lleva a la ausencia de un proyecto para Madrid, de una idea clara de cómo debe ser la ciudad y de cuál es el papel que debe jugar en los momentos actuales, y esto repercute necesaria y negativamente en la ciudadanía y en la clase trabajadora madrileña.
Lo que parece más grave es que la ausencia de proyecto de ciudad es un proyecto en sí mismo, pues mientras no haya otro rumbo desde las instituciones y desde el movimiento ciudadano, el capital seguirá produciendo la ciudad que más le conviene para sus intereses, y la muestra la tenemos en los sucesivos anuncios de “nuevas operaciones” que salpican los diarios locales y nacionales desde hace algunos meses.
Esta situación debe ser reorientada por la clase trabajadora madrileña. Debemos poner nuestros esfuerzos colectivos en la producción de un discurso para Madrid. Recuperar la ciudad para la ciudadanía no puede ser una retórica, tampoco un esfuerzo para cambios de apariencia. Recuperar Madrid es construir el futuro de la mayoría, es trazar el camino para la clase trabajadora y la ciudadanía que sufre las consecuencias de la Crisis. Hemos de huir de los formalismos, de la tecnocracia, debemos construir un modelo urbano donde alojar las ilusiones hechas propuestas, donde establecer los límites de un futuro por construir colectivamente. Por eso el modelo urbano de Madrid debe ser aquel que produzca una ciudad que se distancie de la segregación social, que reduzca la desigualdad social y territorial en la ciudad. Un modelo urbano que busque insaciablemente nuevas formas de vida, necesariamente incompatibles con el capitalismo.
Si atendemos a esta perspectiva, las propuestas concretas serán visualmente menos importantes, pero colectivamente más trascendentes. Por ello, una ciudad donde se reubique la industria y colonice el no-espacio para darle la vitalidad del empleo, para vincular el trabajo a la vida, a la residencia, al comercio próximo, a la calle en la que es posible la Fiesta (sí en mayúsculas) opuesta a la coerción del mercantilismo, la ocupación y apropiación de lo público por la clase trabajadora. La calle recuperada a través de la Rehabilitación de los barrios, bajo la noción de la habitabilidad y las formas de vida, de la reducción del consumo energético, de los espacios de uso colectivo, de poner en valor la memoria colectiva. La rehabilitación integral de barrios y edificios como elemento imprescindible para la integración del entorno natural y la ciudad.
También reapropiarnos de lo destruido de nuestra memoria, para reinventarlos, para dotarlos de nuevos usos que den empleo, que reduzcan los desequilibrios sociales, que atiendan las necesidades de los barrios más vulnerables. Apropiarnos de los espacios militares abandonados para nuevos equipamientos, apropiarnos de los edificios industriales para nueva industria y para la ciencia, apropiarnos del Patrimonio olvidado para dotarlo de nueva vida, apropiarnos de espacios naturales mercantilizados para un ocio al margen del mercado, para disfrutar colectivamente de lo que nunca debimos abandonar.
También apropiarnos de lo que duele, de lo que nos duele en la Memoria, de lo que produce un discurso normalizador. Por ello, no es posible un nuevo modelo urbano sin apropiarnos del pasado democrático, sin desterrar definitivamente lo que contribuye al olvido y apropiarnos de ello para ensalzar la Paz, la Democracia, la Libertad colectiva.
Producir un discurso urbano es una ambición compleja, difícil, pero no imposible. Sin un discurso urbano emancipador, difícilmente se construirá una ciudad para las mayorías, para la clase trabajadora.