La promesa meritocrática
Daniel Gabaldón Estevan
Profesor Titular Dep. de Sociología y Antropología Social (Universitat de València)
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La promesa meritocrática hace referencia al discurso según el cual la distribución de las posiciones y responsabilidades sociales, y muy especialmente del empleo, se hace en función del mérito y de la capacidad de los individuos. Siendo el mérito una combinación de inteligencia y esfuerzo tal y como ya indicara Young “Intelligence and effort together make up merit (I+E=M). The lazy genius is not one”. Este discurso racionalista, que surge en occidente conforme avanza la Edad Contemporánea, se asienta en el imaginario colectivo a medida que va consolidándose la organización de tipo burocrático basada en la especialización en responsabilidades, funciones y tareas; la jerarquía de un claro sistema de mando; el establecimiento de normas y reglas escritas de carácter impersonal; y el reclutamiento de efectivos en base al mérito y la capacidad.
En este modelo, la institución educativa y la educación formal juegan un papel fundamental al ser la vía mediante la cual los individuos obtienen mérito y cualificación. Así, la distribución de las posiciones sociales se realizaría a través de competencias sancionadas por un complejo sistema de certificaciones, titulaciones y credenciales. Mecanismo que se institucionaliza a través de la educación generalizada, gratuita y obligatoria que “garantiza” la igualdad de oportunidades a toda la población y que pivota entorno al mérito (entendido como capacidad, inteligencia, esfuerzo, disciplina, sacrificio) y la cualificación (certificaciones, titulaciones y credenciales), siendo la educación formal el medio para obtenerlas, distribuyéndose las capacidades al azar y estando las posibilidades en función de las preferencias y capacidades de los individuos. El desarrollo de los sistemas educativos de masas y su progresiva expansión durante los siglos XIX y XX, y el énfasis en las reformas comprensivas en la segunda mitad del siglo XX reforzarán el modelo y su promesa meritocrática inherente.
En definitiva el modelo meritocrático imperante en los discursos que justifican la estratificación social en las sociedades desarrolladas, entiende que la relación entre la esfera educativa y el mundo del trabajo y la distribución de posiciones que esta relación genera, responden al mérito y capacidad de las personas (factores adquiridos), sustentándose, por tanto, en la racionalidad y no por causa de herencia o filiación (factores adscritos). Desde el punto de vista meritocrático por tanto, la educación y la transición del sistema educativo al laboral es la vía mediante la que las sociedades industriales mantienen una jerarquía de clases o posiciones ocupacionales.
La evidencia científica muestra, no obstante, que las fracturas en torno a las que se articulan las desigualdades sociales, en especial la de clase, tienen un efecto distorsionador del modelo meritocrático en tanto que el acceso a efectivo a las diferentes vías educativas y en especial a los estudios universitarios, tiende a reproducir el modelo de estratificación existente. Y se ha argumentado también que la percepción sobre el valor que los individuos otorgan a la educación difiere en función de la clase social de procedencia, de este modo el menor rendimiento educativo de las hijas e hijos de las clases trabajadoras podría tener parte de su explicación en una peor percepción de la educación en tanto que valor (menor) e inversión (de mayor riesgo).
En nuestro análisis de la muestra española de los datos procedentes del International Social Survey Program [ISSP 2009, Social Inequality IV] concluíamos que si bien el conjunto de las clases sociales coincide en que el contenido o los principios que rigen la promesa meritocrática son justos, la clases bajas considera en mayor medida que las otras que ésta no se da, y que, por tanto, la realidad no es meritocrática; en el otro extremo la clase media alta tergiversa el modelo meritocrático al hacer pasar como justa la valoración de aquello que favorece el estatus adscrito frente al adquirido. Estas conclusiones casan bien con un modelo como el español caracterizado por un desarrollo limitado del estado del bienestar, que incluye una cobertura limitada de los costes educativos, incluyendo los costes de oportunidad, y que sostiene un sistema escolar que el recurso a la doble (y triple) red de centros escolares responde a una estrategia de enclasamiento y diferenciación de aquellos segmentos de la población con más recursos, y que sitúa el modelo educativo lejos de los referentes europeos en modelos meritocráticos como el finlandés.
Notas:
Extracto de: Gabaldón Estevan, D. La promesa meritocrática: Percepciones sobre el papel de la educación (terciaria) y su acceso, en Moisés Domingos Sobrinho, Ridha Ennafaa, Elisa Chaleta (coords.) (2016) La educación Superior, el estudiantado y la cultura universitaria. Neopàtria, 137-159.