¿Por qué los pobres carecen de mérito?
Francisco Muñoz Gutiérrez
Pensionista: Epistemólogo, periodista y empresario
-Actualizado a
Este debate no puede sustraerse al hecho de que el mérito es un reconocimiento, razón por la que la meritocracia no puede ser ningún principio. Y con respecto a la cuestión de si un reconocimiento es conservador o progresista, la duda es admisible dentro de la cosmología neoliberal, pero sólo tras la incorporación de los socialdemócratas pragmáticos de la tercera vía; nunca antes. En todo caso, la idea de la meritocracia no es más que un recurso legitimador de la estructura jerárquica del orden neoliberal; nunca un principio.
Por ejemplo; ¿Tiene sentido el concepto de mérito sin esfuerzo? O dicho de otra forma ¿Tiene mérito el que te toque la lotería, o el azar en cualquiera de sus formas?... Un racionalista empírico diría que no tiene sentido. Sin embargo, si «matizamos» el término «azar» vemos que «la cuna» deja de ser una «lotería» si la observamos bajo la perspectiva de la «estirpe».
Pero desde esa perspectiva nos podríamos preguntar a continuación; ¿Tiene mérito la monarquía?... Para los monárquicos es el mérito por excelencia y muy por encima de gente como Bill Gates, Steve Jobs, Elon Musk, o Jeff Bezos, catalogados por Forbes como las personas más ricas del planeta.
La cuestión no es nueva y ante la doctrina eclesiástica del orden divino en el que la nobleza desempeña una importante función estamental, los nuevos ricos del comercio colonial reclamaron la legitimidad de sus riquezas en un conflicto de intereses al que los fundamentalistas cristianos se opusieron hasta que los jesuitas impusieron el principio integrador de que «el fin justifica los medios». O lo que es lo mismo: que la riqueza legítima al rico sin importar si su patrimonio proceda del saqueo, la guerra, la dominación, el comercio, la suerte o la bendición divina.
Así pues, el saqueo colonial trastocó el orden estamental situando el comercio como principio de orden. En este cambio, los jesuitas fueron los primeros pragmáticos de la historia europea, salvando a la curia de Roma de la anomalía que amenazaba el orden estamental que descendía de Dios a la tierra. La iglesia no sólo legitimó a los nuevos ricos, sino que también legitimó el «negotio» de la burguesía comercial. Hecho que facilitó tanto la Revolución Francesa, como la posterior contrarrevolución napoleónica y la instauración del sacrosanto derecho a la propiedad privada. Desde entonces el núcleo de la cuestión meritocrática es la legitimación del nuevo rico frente a la realidad de la pobreza.
En el orden estamental la desigualdad era vertical entre los distintos estamentos, pero en el orden neoliberal la desigualdad es entre los distintos individuos. El «mérito» califica ahora tanto a los ricos que conservan su riqueza, como a los pobres del «ascensor social» que la consiguen acumular para gloria de lo que se llama «igualdad de oportunidades», que no es otra cosa que la excepción que confirma la regla de la desigualdad liberal.
La regla nos dice, entre otras cosas, que los pobres chinos de ayer son ahora los nuevos ricos del planeta y que hoy el 1% de los humanos son los meritócratas frente al 99%, cuya meritocracia oscila entre la oscura duda cartesiana y el esfuerzo titánico de la subsistencia; porque esfuerzo es levantarse a las 5 de la mañana con 60 años en el cuerpo y limpiar escaleras, letrinas y hospitales para poder alimentar a una familia.
Esfuerzo no es la vida del hijo de papá–juez consagrada al confinamiento preparatorio de unas oposiciones para sacar su plaza. Correlacionar mérito con esfuerzo es una trampa ideológica incluso cuando su significado se desvía al campo intelectual, porque entonces los trileros, los embaucadores, los banqueros, los juristas, los economistas y todos los «listos» –que tenemos muchísimos–, deberían ser los más meritorios del trapicheo.
Por el contrario, aquellos que carecemos de esas «dotes» naturales de potentes cocientes intelectuales, todo esfuerzo que realicemos, por descomunal que fuere, carece de mérito porque el mérito es una legitimación de resultado, no un certificado de la cantidad de sudor de tu frente, pecho o espalda. Razón por la que la aporofobia es el polo opuesto de la meritocracia y ambas dos ideas definen la tensión entre las burbujas ideológicas del fracaso y del éxito.
Y digo burbujas porque en el neoliberalismo la lógica de mercado es la lógica del win–win, que concatena fracaso con pobreza y éxito con desposesión del fracasado. Es por ello que la desigualdad es el motor nuclear del sistema neoliberal de ganadores y perdedores, cuya legitimación paradigmática es la idea de mérito como velo moral, que blanquea el Coliseum de una sociedad convertida en un auténtico circo despiadado llamado «Mercado».
En ese «Coliseum Mercatorius» ya no hay leones ni fieras salvajes. Los gladiadores modernos son los accionistas, los CEO´s, los gobernantes, los jueces y los altos funcionarios. El lugar de las fieras salvajes lo ocupamos las clases medias «cualificadas» y los mártires modernos son los pobres excluidos del bienestar social. En este «circo» la igualdad sí que está profundamente reñida con el crecimiento económico, cuyo mayor –y único–, principio es el principio de la propiedad privada con el motor de la transacción comercial entre desiguales.
La derecha; todas las derechas, y la española en especial, tienen como objetivo principal la defensa de la propiedad privada y las relaciones privadas de dominación. Y ya a finales del siglo XVIII Edmond Burke definía la propiedad privada como un bastión contra la igualdad y la base de todo sistema clasista. Pero apenas dos siglos después, con la caída del muro de Berlín y el colapso del comunismo, es la derecha actual la que enarbola el mito de la meritocracia como salmo espiritual de las virtudes laborales de su ideología de mercado. Salmo que todavía acompaña la negociación colectiva como canto legitimador de las desigualdades retributivas. La pregunta es; ¿Por qué los pobres carecen de mérito?