La meritocracia educativa, el rearme ideológico neoliberal
Pedro Mellado
Doctor en Educación, profesor en la Universidad Rey Juan Carlos y miembro del colectivo DIME
-Actualizado a
Al comienzo de la película Puñales por la espalda (2019), un policía interroga a la hija de un multimillonario acerca de la reciente muerte de su padre. En un momento del interrogatorio, la hija espeta al policía «fundé mi empresa desde la nada», a lo que este le responde «igual que su padre». El diálogo condensa en pocos segundos el discurso ideológico neoliberal de la meritocracia, atribuyendo en exclusiva al mérito, la capacidad, el talento y el esfuerzo de los individuos la desigual distribución de la riqueza; olvidando convenientemente las condiciones de partida que han respaldado su éxito.
La meritocracia se ha convertido en uno de los elementos centrales del tablero de lo que se ha bautizado como «batalla cultural» que, desde el punto de vista conservador y neoliberal, implica aceptar que la ideología dominante se encuentra en peligro y debe ser discutida ante el avance del progresismo. Esta meritocracia, no solamente justifica el reparto de riqueza, sino también el fracaso académico, que al igual que la riqueza, se atribuye su resultado al esfuerzo personal.
Pero este debate, lejos de ser una novedad, tiene un amplio recorrido histórico y no siempre ha sido patrimonio exclusivo de los más privilegiados. La meritocracia es una idea que también ha seducido en ocasiones a los sectores progresistas de la sociedad. Formaba parte de los anhelos de los movimientos obreros e incluso de los pactos de la Transición en nuestro país. Se partía de la idea, que luego se revelaría como ingenua, de que el éxito en una sociedad libre ya no estaría determinado por el origen familiar, que el éxito no sería un espacio reservado a quienes vienen de noble cuna, sino que todo el mundo tendría las mismas oportunidades y que, al fin, los hijos e hijas de las familias trabajadoras conquistarían los más altos estamentos de la sociedad a través de su esfuerzo.
Al fin y al cabo, la idea resulta muy seductora porque de lo único que han estado sobradas las familias trabajadoras es de esfuerzo. Si jamás se ha escatimado en esfuerzos para trabajar desde temprana edad en el campo, en la obra, en la mina, en la fábrica, faenando o con las tareas domésticas, tampoco se escatimaría en esfuerzos en el terreno académico en el momento en que hubiera igualdad de oportunidades.
Y no cabe duda de que amplias capas de la población española han salido de la pobreza en los últimos cincuenta años, de manera paralela a la expansión del sistema educativo, de su universalización y de la ampliación de la obligatoriedad. De igual manera, también hay consenso en que el nivel educativo se ha convertido en un factor decisivo en las posibilidades de obtención de un estándar de vida deseable.
Podemos pensar, por tanto, que el discurso de la meritocracia es correcto y que la sociedad recompensa el esfuerzo académico con un futuro bienestar, ordenando de manera armónica y proporcional la pirámide social en función del nivel de cualificación alcanzado. Si bien se puede afirmar que hay correlación entre el nivel de cualificación y el nivel de renta alcanzado, cabe preguntarse si existe correlación entre el esfuerzo desempeñado y nivel de cualificación alcanzado, que es lo que realmente daría autoridad al discurso de la meritocracia.
Sin embargo, nos encontramos con un problema importante: no es posible medir el esfuerzo. No existe una magnitud que lo gradúe. Es necesario realizar un constructo, una construcción teórica que nos diga qué variables realmente medibles conforman eso que llamamos esfuerzo.
Si para ello se decidiera escoger el tiempo de trabajo, podríamos deducir que todo el alumnado debe obtener la misma nota al dedicarle el mismo tiempo de trabajo en su jornada escolar. Algo que sería inútil y no aportaría ninguna información de valor. Si se decide escoger lo diferencial, el tiempo dedicado al estudio fuera de la jornada escolar, no se disponen de instrumentos para poder medir el tiempo que cada estudiante dedica realmente a tareas académicas en su hogar.
De nuevo, nos vemos abocados a buscar otra variable que nos ayude a medir la cantidad de esfuerzo de cada estudiante, y para ello generalmente se asume que el esfuerzo realizado se manifiesta en las producciones escolares: proyectos, resolución de problemas, exámenes, etc. Si bien podemos asumir que para realizar producciones escolares adecuadas es necesario que el estudiante aplique una determinada cantidad de trabajo o de esfuerzo, de nuevo, es imposible conocer el grado de trabajo que ha conllevado cada producción. Es por ello que no se puede inferir que unos resultados académicos determinados (por ejemplo, un expediente con nota media de 8,5) implique un determinado volumen de esfuerzo (por ejemplo, una media de 2,5 horas diarias de trabajo fuera de la jornada escolar).
De esta manera, dentro del constructo «mérito educativo» no se encuentra solamente la variable esfuerzo o trabajo, hay más elementos que deben ser considerados y que pueden explicar ciertos fenómenos educativos con alta relevancia social. Así que, si nuestros resultados educativos no dependen solamente de nuestro esfuerzo, ¿de qué otros factores depende?
La igualdad de oportunidades, si es que existe tal cosa, está viciada desde el momento en que no existe igualdad en las condiciones de partida. Esa desigualdad social de partida es responsable de que unos individuos tengan mayor tendencia que otros a aprovechar las oportunidades que le son ofrecidas. Podemos ver cómo las tasas de mayor abandono escolar en la Comunidades Autónomas (datos EPA) tienen una correlación significativa con las tasas de pobreza (datos INE).
Los datos indican que si tu origen socioeconómico influye de manera significativa en las posibilidades de abandono escolar, entonces no hay igualdad de oportunidades. Y si no hay igualdad de oportunidades, no se puede hablar de meritocracia.
Pero la meritocracia tiene un problema mayor, un problema de concepto: es una idea que continúa entendiendo la sociedad de manera piramidal, algo que desde una posición de inclusión social debería ser rechazada. El problema no es solamente que se perpetúen en el éxito las personas de una misma procedencia social, entendiendo éxito como el alcance de unas condiciones de vida excelentes, sino también que se asuma que es justo que una minoría más o menos capaz se sitúe en la cúspide.
Por eso también es rechazable la idea de la escuela como «ascensor social». Un término que, de nuevo, implica que hay un arriba y un abajo. Una escuela democrática e inclusiva debe apostar por un modelo más horizontal y solidario, donde se garantice el acceso a un saber y una cultura suficientemente amplia al conjunto de la sociedad. Como indica Michael Sandel en «La tiranía del mérito», para quienes están atrapados en el fondo, la retórica del ascensor social es más un escarnio que una promesa.
La meritocracia apela al esfuerzo y, con él, a la valía personal: como si ese fuera el único factor que determinara nuestro destino, como si la gente que ocupa los lugares menos ventajosos de la sociedad no trabajara sin descanso, como si el alumnado con menos éxito fuera, inevitablemente, un conjunto de gandules. La gran trampa del esfuerzo y de la meritocracia es que no deja de ser una manera de hacer eso tan censurable que es gritar viva quien vence. El esfuerzo y el mérito son conceptos de los que cuesta recelar, pero, más que un requisito, son un marchamo otorgado por quienes están en las mejores posiciones de la sociedad.
Antes de apelar al valor casi taumatúrgico del esfuerzo, antes de pensar que existe tal cosa como la excelencia, deberíamos preocuparnos por que en las aulas se trabaje con entusiasmo, tesón, cariño, gracia y rigor normativo. Pretender que todo esto se resuma en una destemplada reivindicación del esfuerzo y una apelación a la meritocracia parece, paradójicamente, un flagrante caso de pereza intelectual.
Por todo esto, el «rearme ideológico» o la «batalla cultural» emprendida por los sectores neoliberales se esfuerza en identificar las políticas igualitarias y contrarias a la segregación escolar como un sistema que pierde excelencia y devalúa la calidad educativa. Pero lo que hay detrás es una ofensiva que pretende hacer del sistema educativo un espacio exclusivo para las clases más favorecidas, y que, como hacía el personaje de Puñales por la espalda, puedan continuar justificando sus privilegios en un esfuerzo que, sin el respaldo de su origen social, podría no haber llegado nunca.
Resulta vital que defendamos el sistema educativo público que nos ha traído hasta aquí, así como las políticas educativas que nos permitan seguir reduciendo el abandono escolar y que sea capaz de procurar educación y cultura a todos y todas.
