La desilusión igualitarista de la meritocracia
Angel Puyol
Catedrático de Ética en la Universitat Autònoma de Barcelona
“La meritocracia no es un ideal igualitario. Mientras que la igualdad enfatiza que todos somos iguales, la meritocracia consiste en encontrar al mejor. Su finalidad no es reducir las desigualdades sociales, el espacio que separa a los de arriba de los de abajo, sino encontrar un modo diferente de legitimarlas, un modo nuevo y moderno de acceder a la jerarquía social que sustituya el nacimiento por la capacidad.
Se atribuye a Napoleón la sentencia de que “todo soldado francés lleva en su mochila los galones de un mariscal de Francia” para referirse a la posibilidad de que cualquier soldado raso, independientemente de su origen social, podía alcanzar en su época los más altos cargos del ejército, sin duda una de las posiciones sociales de mayor poder y prestigio. La promesa que Napoleón lanzó a sus conciudadanos se suele interpretar como el origen del ideal de igualdad de oportunidades, pero el que llegó a ser emperador de Francia no concibió su proclama como una forma de nivelación social, sino como una aspiración a la promoción individual que abandonaba el procedimiento hereditario por el del talento.
Algunos igualitaristas sienten, sin embargo, que la igualdad también puede ser, a pesar de todo, un atributo de la meritocracia. Entienden que, si la meritocracia presupone alguna forma de competición social, la igualdad tiene el encargo de equiparar las condiciones de salida de dicha competición, o incluso de igualar las posibilidades iniciales de alcanzar el éxito social. El problema para los igualitaristas del mérito es que la meritocracia no necesita a la igualdad para lograr su propósito. Le basta con la eficiencia. Si queremos ser eficientes, nos preocuparemos de crear las mejores condiciones para que los más aptos consigan los puestos sociales relevantes. No hace falta invocar a la igualdad para ser meritocrático.
Además, la meritocracia no encarna por sí misma un ideal de justicia si no aceptamos al mismo tiempo que los talentos naturales otorgan a sus propietarios un derecho a conseguir un determinado resultado social, algo que es filosóficamente discutible y que no casa bien con los propósitos de una sociedad comprometida con el valor de la igualdad. A todo esto hay que añadir, por una parte, que la meritocracia no se ha hecho realidad en ningún lugar del mundo, ni siquiera en los países más aparentemente meritocráticos, como los Estados Unidos o Gran Bretaña; y, por otra, que el mérito no está libre de valores tanto en su definición como en su identificación, valores que a menudo acaban coincidiendo con las ideologías dominantes de la sociedad, lo que separa a la meritocracia todavía más, si cabe, del objetivo de reducir la desigualdad social.
Meritocracia al margen, la otra gran concepción de la igualdad de oportunidades, la emancipadora, queda recogida en la prohibición de discriminación y sobre todo en lo que se conoce como la nivelación del terreno de juego de la competición social. Si todos los aspirantes parten de la misma línea de salida, con independencia de su sexo, color de piel, origen social y otras características moralmente irrelevantes, siguiendo la imagen olímpica que todos tenemos de una competición atlética, entonces podremos decir que efectivamente la competición es justa, y las desigualdades que crea también. El problema es que la nivelación del terreno de juego es imposible, sobre todo por la presencia de la familia, la principal fuente de desigualdad social, de modo que las políticas de igualdad de oportunidades educativas son insuficientes para compensar la enorme influencia de la desigual socialización familiar.
Esto enreda a la igualdad de oportunidades en un dilema sin solución. Si no queremos que el destino social de los individuos dependa de una inicial desigualdad de circunstancias, pero tampoco deseamos separar a los hijos de sus familias desde la más tierna infancia, donde ya se producen los primeros y definitivos factores de la desigualdad, tenemos entonces que sacrificar el principio del mérito en el acceso a las posiciones sociales. Puesto que la desigual influencia familiar determina el desarrollo de las capacidades de los competidores sociales, y puesto que esa influencia es contraria a la nivelación del terreno de juego, no hay más remedio que ignorar tales capacidades en el acceso a los empleos, la educación superior o cualquier otra posición social relevante. Es decir, si queremos impedir que la competición social sea injusta, tenemos que dejar de ser meritocráticos, algo que, a todas luces, es contrario a los beneficios de la meritocracia en aquellos ámbitos sociales en que buscamos la excelencia, así como un contrasentido para la concepción de la igualdad de oportunidades que busca armonizar igualdad y meritocracia.
Y lo que es peor: a medida que la igualdad de oportunidades se aleja de la meritocracia, se aproxima peligrosamente a la igualdad de resultados. Un ejemplo lo ilustra con claridad. Imaginemos a una empresa anclada en valores tradicionales, acostumbrada a seleccionar a sus directivos únicamente entre hombres de clase social media y alta. Un equipo asesor con vocación progresista recomienda a los propietarios de la empresa que se adapten a los nuevos tiempos aplicando una moderna política de contratación basada en la igualdad de oportunidades. La empresa, dispuesta a renovar sus viejos valores, acepta de buen grado la recomendación.
En un primer momento, se decide que también las mujeres y, en general, cualquier candidato -incluso los que provienen de clases sociales más bajas- que demuestre que, además de aptitud, posee la imagen de empresa adecuada, podrá acceder a los puestos de dirección. Los asesores están contentos con dicha medida, pero advierten de que todavía hay que dar más pasos para lograr la igualdad de oportunidades.
En un segundo momento, se permite que cualquier aspirante que demuestre el talento necesario para realizar eficazmente el trabajo, independientemente de su imagen personal (su aspecto y su acento), pueda ocupar los puestos de mayor responsabilidad. Aun así, resulta que muchos de los candidatos potenciales no pueden mostrar su verdadero talento debido a que no han tenido la posibilidad de acceder a una formación previa de calidad por diversas razones, entre ellas la falta de oportunidades sociales y educativas. La empresa, entonces, comprometida de lleno con la nueva política de igualdad de oportunidades, decide ofrecer unos cursillos previos de preparación para todo el que desee realizarlos con el fin de que el día de la selección nadie pueda decir que no ha disfrutado de las mismas oportunidades formativas para demostrar su verdadero talento.
No obstante, los promotores de la nueva política recuerdan que no se alcanza una verdadera igualdad de oportunidades hasta que no se igualan o se compensan convenientemente las diferencias genéticas o naturales de los candidatos, ya que tales desigualdades son tan arbitrarias desde un punto de vista moral como las desigualdades sociales. Si nadie merece nacer con Síndrome de Down, tampoco merece nacer con una inteligencia o una salud mayor que los demás. Eso incluye buena parte de las diferencias en el esfuerzo y el trabajo duro de los aspirantes para conseguir el trabajo, ya que dicho esfuerzo depende de algún modo de aspectos biológicos como, por ejemplo, la predisposición natural a una mayor o menor segregación de adrenalina.
En definitiva, la auténtica igualdad de oportunidades, aquella que desea borrar cualquier obstáculo inmerecido de la competición social, acaba exigiendo que se abran las puertas a todos los candidatos sin excepción, independientemente de sus diferencias sociales y naturales, lo que sin duda resulta claramente contradictorio con la idea inicial de seleccionar a los mejores aspirantes o a los más aptos. La igualdad de oportunidades se ha convertido, de esa guisa, en igualdad de resultados, ya que resulta prácticamente imposible justificar cualquier diferencia moralmente legítima que desiguale las oportunidades de acceso entre los individuos. Si la concepción meritocrática produce enormes desigualdades y si la concepción emancipadora o bien resulta incompatible con la autonomía de la familia o bien se acaba confundiendo con la igualdad de resultados, no se puede sino certificar el fiasco de la igualdad liberal de oportunidades. (…)
En conclusión: la igualdad liberal de oportunidades es un ideal fracasado. En su sentido meritocrático, permite más desigualdades de las que en realidad quiere eliminar. El sueño americano del hombre que se hace a sí mismo o la promesa napoleónica de que todos pueden alcanzar la elite social no representan un compromiso con la igualdad, sino con la jerarquía, sólo que ahora se sustituye el inmovilismo social por la ley del más apto. Y, en su versión emancipadora, la igualdad de oportunidades es víctima de una contradicción insuperable: cuanto más se compromete con la nivelación del terreno de juego, más se confunde con la igualdad de resultados.
Llegados a este punto, lo mejor sería llamar a las cosas por su verdadero nombre. No deseamos igualdad de oportunidades si lo que ambicionamos es meritocracia. Y cuando imploramos igualdad de oportunidades como nivelación del terreno de juego, lo que en realidad buscamos es igualdad de resultados. Ahora bien, existe una igualdad de resultados moralmente atractiva que no tiene nada que ver con la igualdad de renta o con que todo el mundo vaya a la universidad. Esto último sería volver al igualitarismo ciego y uniformador del lecho de Procrustes, además de ignorar los indudables beneficios sociales de la eficiencia en el trabajo y en el ejercicio de las profesiones.
La igualdad de resultados que buscamos, en cambio, debe aplicarse a aquellos resultados sociales cuya desigualdad es, en sí misma, la prueba de que no ha habido oportunidades equitativas. Si no existe paridad de sexos en el ejercicio del poder, si la desigualdad de salud y de esperanza de vida se explica fundamentalmente por razones socioeconómicas, si los jóvenes no alcanzan el máximo nivel formativo adecuado a sus capacidades, si persiste el fracaso escolar, si la pobreza y las víctimas de la violencia tienen mayoritariamente nombre de mujer, si los discapacitados no alcanzan parecidas cotas de bienestar material y social que el resto de la población, si no se producen resultados iguales en esos ámbitos sociales y otros similares, la igualdad de oportunidades es, y seguirá siendo, un sueño.”
Notas:
Extracto de la “Introducción” en A. Puyol, El sueño de la igualdad de oportunidades. Crítica de la ideología meritocrática, Barcelona: Gedisa, 2010.