Meritocracia de lo social
Alberto Sotillos Villalobos
Sociólogo especializado en Comunicación. Trabaja como analista en prensa escrita, radio y televisión.
Medir los méritos
En la época de la invasión de los másteres, de los postgrados, de los cursos, de los viajes y experiencias enriquecedoras por el mundo y de las innumerables prácticas en empresas, startups y horas gastadas como becarios, la meritocracia pasa a ser tan líquida como la sociedad en su conjunto.
Los méritos académicos se han igualado como nunca, hay una exagerada acumulación de títulos que rellenan currículos sin una posible aplicación práctica mientras que los conocimientos más demandados se tienen que aprender de manera autodidacta ya sea con ensayo error o teniendo que buscar vídeos y vídeos en YouTube.
Ascender o valorar la capacidad de una persona ya no es lineal. Académicamente se siguen usando los habituales parámetros y cientos de empresas se enriquecen ofreciendo cursos de cualquier materia y duración, pero los procedimientos para valorar realmente unas capacidades, cuando todas son tan altas, se han modificado por completo.
No son pocos los empresarios amigos que me cuentan que reciben currículos con mucha más y mejor formación que la que ellos mismos tienen. Personas tremendamente cualificadas buscando trabajo en una empresa creada por alguien con menos títulos. Es ahí por donde se empiezan a apreciar los cambios en la necesidad de valorar méritos.
No les preocupa la sobre cualificación, les viene bien para sus empresas, por mucho que asuman que pagarán por menos de lo que se les ofrece, pero sí manifiestan una falta de capacidad para usar esos méritos.
Saber qué hacer con los méritos
Es aquí donde ahora empieza la meritocracia. En un cuello de botella saturado de titulaciones, idiomas y experiencias (más o menos vinculadas) la única forma de destacar es mediante la capacidad para usar ese conocimiento.
Se ha crecido socialmente alentando a los jóvenes a formarse, a llenarse de conocimientos para que otros contraten esos conocimientos y se ha llegado -permítanme la boutade- a un punto de “saturación” de conocimientos.
Jóvenes que rellenan el tiempo entre un empleo precario y otro con un nuevo curso o máster para tener un título más que mostrar en la siguiente entrevista, al peso, acumulativo.
Es absolutamente esencial el estudio por el placer del estudio, el ampliar conocimientos por el deseo de hacerlo, pero laboralmente resulta innecesario acumular un máster más de perspectiva de género o de normas ISO cuando son capacidades absolutamente extendidas y nada diferenciadoras en el mercado laboral.
Por el contrario, no hay méritos suficientes en desarrollo de estos mediante emprendimiento, mediante la creación de necesidades nuevas para las empresas. No hay formación para poner en práctica los méritos adquiridos, solo para que otros los usen en un mercado de subasta cada vez más colapsado de oferta de calidad.
Cambio de paradigma
Siguiendo la inexacta pero comprensible comparación con una oferta y demanda en una lonja, los principales méritos que se han buscado adquirir durante años, tienen cada vez un valor mercado para las pujas.
Hay cientos de candidatos con cualificación más que suficiente para el 70 u 80% de los puestos laborales del mercado actual. Si necesitas, lo tienes. Eso significa que al final, la persona contratada, la persona que asciende, no lo hace por méritos “académicos” -esa época ha acabado- sino por otros méritos, las capacidades sociales.
Así, llegados a este punto, hemos vuelto atrás en lo que entendíamos como un avance laboral. El orgullo de una sociedad formada que se aleja del favoritismo, de la amistad, del familiar que te coloca y que pasaba a depender de contratar a los mejores, se extingue poco a poco por la cantidad de “mejores” que hay actualmente.
Todavía queda, claro. Todavía son muchos los sectores donde alcanzar la excelencia formativa no es fácil ni generalizado y donde cada título logrado es casi una garantía de ser contratado o valorado, pero en la zona media laboral la meritocracia académica está en peligro de extinción.
Pasó de forma similar con los productos que compramos. Los coches, los teléfonos, los electrodomésticos y un infinito etcétera. Durante décadas la diferencia estaba en la mejora de calidad de cada uno de ellos. Unos frenos mejores, una nevera que enfriaba más que la anterior o un teléfono móvil con una cámara superior a la de su predecesor. Incluso las zapatillas de deporte lograban presentar mejoras técnicas respecto a su modelo anterior.
La publicidad trabajaba en vender la calidad del producto, en que habían logrado que tuvieran un “mérito” más que el de la competencia.
Ahora se vende una marca. Los productos son en esencia igual de buenos en calidad y salvo saltos cualitativos relevantes (el primer iPhone) el consumidor tiene que elegir entre productos que son técnicamente iguales. Sólo queda diseño y marca. Es decir, marca. Sensaciones, emociones.
Como en política. Ese grito de “son todos iguales” no es únicamente despectivo, es asumir socialmente que la diferencia real entre unos y otros es muy sutil, por lo que el voto se tiene que mover en el espacio de lo irracional, de lo emocional y en la creencia de la importancia de los pequeños detalles. Con Apple y Samsung pasa algo parecido…
Marca personal
La meritocracia es ya una marca. Una marca personal. A igualdad de capacidades, de títulos, de grados y másteres, el ascenso o la contratación depende del valor personal añadido a esos méritos.
Tener un amigo que te coloca vuelve a ser relevante. Ahora ya no es nepotismo, no te elige a pesar de ser el peor, te elige sabiendo que tienes los mismos méritos que otros 200 aspirantes, pero con un mérito extra; la conexión social.
La marca personal es haber dado a conocer tus capacidades, transmitirlas de forma emocional más allá de un currículo. De la misma forma que ya no leemos los folletos con las características detalladas de cada móvil nuevo cuando vamos a comprarlo, ocurre lo mismo con las contrataciones y valoración de las capacidades de las personas.
Confirmamos que tiene lo necesario (llama, mansa mensajes y hace fotos / es licenciado, tiene experiencia y un máster específico de lo que necesito) y elegimos por valor de marca.
La meritocracia ha vuelto a ser social, a depender de la capacidad individual de mostrar una diferencia en un mercado obstinado en igualarse por arriba (bendito problema, por cierto).
Si además de la cualificación le sigo en redes porque sabe hacer albañilería, nos conocemos de debatir sobre IA en chats especializados o “tiene referencias”, sus méritos serán valorados.
La meritocracia de lo social, de las relaciones, de haber emprendido y conocer a gente y experiencias es la parte esencial hoy en día.
Es necesario presentar un valor añadido a los méritos, un valor que no se puede obtener mediante títulos o cursos y es precisamente eso lo que le da el valor al resto de capacidades.
Para muchos es injusto, para quienes piensan en un mercado de competencia perfecta estos valores son irracionales, pero generar una marca personal no es más que saber aplicar los méritos adquiridos y presentarlos en un formato “comercial” óptimo.
Casi publicidad. Marca personal, en su expresión más pura, es no tener necesidad de enviar a ninguna empresa el currículo para ser contratado.
La meritocracia del valor añadido es ahora, más que nunca, social.