La meritocracia no existe
Julen Bollain
Economista
-Actualizado a
Antiguamente las desigualdades se fundamentaban en un discurso y en una ideología basada en clases sociales. ¿Consecuencia? Dependiendo de en qué clase social nacieras estabas condenado a ser rico o pobre, a depender de alguien para sobrevivir o poder vivir libremente. Sin embargo, este relato que sustentaba las desigualdades en las diferencias entre clases sociales se rompe a raíz de la Revolución Francesa (1789), cuando cae el Antiguo Régimen y se abre paso la Edad Contemporánea. Este nuevo régimen no permitía hacer “lo de siempre”, por lo que había que buscar nuevos discursos e ideologías que permitieran explicar las desigualdades existentes.
Finalmente, se impuso el discurso que explicaba la existencia de la desigualdad como una derivada de un proceso voluntariamente elegido donde todas las personas tenemos las mismas oportunidades de acceder al mercado y a la propiedad. Es decir, todas las personas tenemos las mismas posibilidades gracias a una supuesta igualdad de oportunidades y, por lo tanto, se establece un relato basado en la meritocracia.
De esta manera se dibuja una sociedad donde la jerarquía entre las personas vendrá determinada según los méritos de cada una y no según la clase social a la que se pertenezca como pasaba en el Antiguo Régimen. Si te esfuerzas, llegaras lejos. Pero, ¿realmente todas las personas tenemos las mismas oportunidades? ¿Es valida la meritocracia en nuestro sistema o hay otros factores que explican la existencia de una creciente desigualdad?
Derribando los mitos de la meritocracia
Los datos muestran que desde los años 1980 las desigualdades sociales han incrementado significativamente y que existe una gran diferencia entre los idealizados discursos meritocráticos y la realidad que tiene que afrontar una cada vez más empobrecida mayoría social. Podemos apreciar este hecho a través de un pequeño análisis de lo ocurrido en Estado Unidos desde la segunda Guerra Mundial.
Desde 1946 y 1980 se vivió en Estados Unidos un crecimiento económico alto, equitativo y, sobre todo, compartido, donde la renta nacional media estadounidense se incrementaba un 2% por persona adulta. Una de las tasas de crecimiento más altas registradas a lo largo de una generación completa. Solamente el 1% de las rentas más altas no crecían al 2%, sino que lo hacían más despacio que la economía en general. A partir de 1981, tras la llegada de Reagan a la presidencia, las tornas cambian. Desde las dos reformas fiscales que éste llevara a cabo entre 1981 y 1986, la renta nacional por adulto crece un 1,4% desde 1980 y tan solo un 0,8% anual desde comienzos del siglo XXI. Pero, lo que es aún más importante, la mayoría de los grupos sociales ni siquiera se han acercado a la tasa de crecimiento promedio del 1,4%.
Solamente el 10% más rico tiene un crecimiento mínimo del 1,4%. Así, desde 1980 los ingresos del 0,1% de los estadounidenses más ricos han crecido un 320%, los del 0,01% más rico un 430% y, los del 0,001% –es decir, los 2.300 estadounidenses más ricos– más del 600%. Pero, durante esas mismas cuatro décadas, los ingresos de la clase trabajadora –la mitad de la población– solo ha tenido, en promedio, un crecimiento anual del 0,1%. Y habrá quien diga que esos 2.300 estadounidenses más ricos se han esforzado 6.000 veces más que el 50% más pobre de la población. Sin embargo, no parece sensato pensar que haya sido así.
Es más, resultaría más lógico pensar que actualmente el mérito y el esfuerzo son cada vez variables más débiles a la hora de describir la situación económica en la que se encuentra cada persona. Mucha gente dirá que es la financiarización de la economía, a través de la alteración de la composición de la economía mundial, una de las razones que impide que una persona sea rica a través del trabajo remunerado. Y seguramente estén en lo cierto.
Pero hay otra razón que, en mi opinión, tiene mayor afectación todavía: la concentración extrema de la riqueza y su traspase hereditario. Vivimos en un mundo en el que el 10% más rico de la población mundial posee el 76% de la riqueza. El 50% más pobre, por su parte, tan solo el 2%. La situación española, donde el 73% de la desigual distribución de la riqueza deriva de las herencias, no dista mucho de la realidad mundial: el 1% más rico concentra el 24,4% del total de la riqueza y el 10% más rico tiene más riqueza –el 55%– que el resto de la población. El 50% más pobre, por su parte, se tiene que repartir 7 de cada 100 euros –7%–.
“Si naces en una familia rica, morirás rico. Si naces en una familia pobre, morirás pobre”
Es una frase hecha, pero ¿dista mucho de la realidad? Lamentablemente, no. En España, el 80% de los niños y las niñas que nacen en familias pobres, mueren pobres. Además, se necesitan 120 años -cuatro generaciones- para que una familia del 10% más pobre alcance ingresos medios. Es interesante observar, por otro lado, cómo según la revista Forbes, 74 de las 100 personas más ricas españolas lo son por haber heredado. ¿Se han esforzado? Seguramente algunas sí lo habrán hecho. Pero, independientemente de su esfuerzo o mérito, hay una realidad incontestable: son ricas por haber heredado. Es decir, actualmente, nacer en una familia o en otra, algo que no es que no sea meritorio, es que ni siquiera está en nuestras manos, condiciona nuestras vidas.
El ascensor social español lleva mucho tiempo estropeado y tan solo se hacen labores mínimas de mantenimiento. Parches. Tiritas que no sirven para parchear una herida que, poco a poco, nos va desangrando. Mientras, el discurso meritocrático sigue su camino sembrando odio, juicio y rechazo hacia el pobre. Estigmatizando y culpabilizando a las personas por su situación socioeconómica, en parte, porque en el imaginario colectivo se ha asentado la creencia de que salir de la pobreza no solo es posible, sino que además es digno de elogio. El modelo meritocrático no es sino la excusa necesaria que permite legitimar la desigualdad que se da en nuestra sociedad por parte de quienes dan forma a las reglas económicas, sociales y políticas que estructuran la totalidad del sistema y que han sido beneficiadas por este injusto sistema económico.
Objetivo: avanzar en igualdad
La realidad es que vivimos en una sociedad cada vez más polarizada, donde para mantener cierta paz social es imprescindible reducir las crecientes desigualdades –consecuencia directa del fracaso del sistema político– y avanzar en igualdad. Una igualdad que, como bien dejó escrito Jean-Jacques Rousseau, “no reside en el hecho de que la riqueza sea absolutamente la misma para todos, sino en que ningún ciudadano sea tan rico como para poder comprar a otro y que nadie sea tan pobre como para verse forzado a venderse”.
Hay dos medidas imprescindibles para que nuestra sociedad dé pasos en esa dirección. En primer lugar, y para que toda persona tenga la existencia material garantizada y no sea lo suficientemente pobre como para tener que venderse –o aceptar un empleo en condiciones indignas o aguantar una relación tóxica por la dependencia económica, por ejemplo–, apostar por una renta básica sería la forma más eficaz y eficiente. Y, en segundo lugar, y con el objetivo de que nadie tenga el poder suficiente para poder comprar a otra persona –o voluntades políticas, por ejemplo–, la implantación de una renta máxima. Así y sólo así impediremos una acumulación de riqueza tan grande que permita atentar contra lo común y, por consiguiente, contra la democracia, a la vez que sentamos las bases para que toda persona tenga lo mínimo para poder elegir su camino en la vida.