Meritocracia contra la casta señorial
Xavier Martínez-Celorrio
Profesor de Sociología en la Universidad de Barcelona y autor de Educación y movilidad social en España (2012) / @xaviermcelorrio
La meritocracia es un concepto polémico y anfibio de largo recorrido histórico variando mucho sus significados y apropiaciones en cada momento. Al margen de los antecedentes de la meritocracia como método de selección de altos funcionarios en las cortes europeas y en el mandarinato chino, su sentido moderno nace en 1792 en plena Revolución Francesa cuando el Marqués de Condorcet se dirigió a la Asamblea con estas palabras: “Hemos creído que el poder público debía decir a los ciudadanos pobres: la fortuna de vuestro padres solo os ha podido ofrecer los conocimientos más indispensables pero se os aseguran medios fáciles para conservarlos y ampliarlos (vía instrucción pública universal). Si la naturaleza os ha dado talento podréis desarrollarlo y ni vosotros ni la patria lo perderá”. En el ideal ilustrado, la igualdad de derechos se acompañaba de igualdad efectiva para conocerlos y, por tanto, de acceso a la educación pública a fin de desarrollarse como ciudadanos libres en un mundo abierto y sin privilegios estamentales ni castas señoriales hereditarias. Era todavía una utopía.
Las burguesías liberales durante todo el siglo XIX defendieron la dignidad de su riqueza obtenida en la industria y el comercio ante la aristocracia terrateniente y rentista que la despreciaba. De ahí el ataque liberal al patronazgo, al nepotismo y la compra de cargos tan propios del Antiguo Régimen. Contra el cierre social estamental, el liberalismo burgués defendía el reclutamiento en base a la valía, la instrucción pública de masas y las ciencias y los oficios como canales de emancipación, de riqueza y de desarrollo económico. Sin embargo, la lucha de clases de las burguesías liberales contra las oligarquías extractivas de la vieja Europa fue muy dispar entre países y variable en función de la religión y de la fe religiosa obsesiva de sus élites.
En España, donde la Iglesia era el primer terrateniente, se aplicaron los estatutos de limpieza de sangre y de oficios durante cuatro siglos, desde 1449 hasta 1870 cuando este criterio de cierre social se derogó en la admisión a cargos de profesor y funcionario. Hablamos de cuatro siglos de un rígido sistema de castas y segregación étnica y clasista que fue más allá de la expulsión de judíos, moriscos, conversos y heterodoxos ante la firme Inquisición. Fue un sistema que impregnó toda la sociedad del ideal nobiliario y la hidalguía como rango superior y ajeno a la “impureza” del trabajo que hacían los comerciantes, banqueros, agremiados y oficios viles, también muy estratificados por rango y sin poder casarse entre sí. La pervivencia del sistema de castas por limpieza de sangre y oficios explica el retraso de la industrialización española, el débil ascenso de burguesías y artesanos emprendedores y el desinterés histórico de las élites españolas por la ciencia, la tecnología, los oficios aplicados y por la educación pública que los debía promover mediante impuestos.
Ese sedimento histórico tan adscriptivo y clasista es toda una path-dependence que hoy sigue condicionando cómo son y piensan buena parte de las élites españolas, su ethos extractivo y sus prejuicios contra la pobreza, la igualdad de oportunidades, la inversión en educación y ciencia y su poca predisposición a la justicia fiscal y redistributiva. Sin duda, son prejuicios que enmascaran hablando mucho de la “cultura del esfuerzo” como hit goebbelsiano, pero nuestra derecha conservadora y su grupo de intereses no siente como propia la educación pública ni tampoco destaca por preocuparse de la pobreza infantil cuando es un lastre de origen que reduce oportunidades y desnivela el campo de juego. Tampoco acostumbra a publicar o inspirar informes objetivos sobre la dinámica de las desigualdades, sobre la igualdad de acceso al alto funcionariado o sobre la segregación escolar y su impacto en el ascensor social. Más bien ridiculizan los datos y dicen que ellos no ven pobres por las calles, aunque parece haberlos cuando se alarman por el exceso de “paguitas” y de subvenciones asistenciales.
Por tanto, para hablar de meritocracia en España hay que partir y tener en cuenta tanto el peso histórico del cierre estamental por limpieza de sangre que es antagónico al ideal liberal meritocrático como el cinismo de las élites al retirar la escalera para que no promocionen los de abajo. A diferencia de otros países con mayor consenso en torno a la igualdad de oportunidades y la inversión en educación pública, en España la derecha defiende un discurso muy moralizador de “meritocracia punitiva” contra las clases sociales más bajas. Algo que es contradictorio y antagónico con la premisa de la equidad y la igualdad abierta de oportunidades. La meritocracia punitiva de la derecha española se expresa cuando defienden la "cultura del esfuerzo" negando las desigualdades de partida y recortando la compensación educativa vía gasto, cuando endurecen la selectividad y los requisitos para titular en educación básica, cuando reducen la oferta pública y degradan su calidad o cuando exigen una nota más alta a los becarios para que se “merezcan” la ayuda pública que también es recortada.
Sin embargo, la derecha española riega de exenciones fiscales a las clases medias por consumir educación privada, liberaliza las universidades privadas y concede becas a los hijos de las rentas más altas. Es decir, altera las condiciones del campo de juego en el que compiten los individuos, refuerzan los privilegios adscriptivos (de cuna) y sobre-estratifican la desigualdad desde una política de clase que es hostil y contraria a la igualdad de oportunidades. Sin estas premisas igualitaristas e igualadoras del campo previo de juego, la meritocracia es un significante vacío, un espectro o una fantasmada solo creíble para ilusos y abducidos por el frame neoliberal.
En líneas generales, la derecha española solo habla de meritocracia para apropiarse de la clase media aspiracional y para disciplinar a las clases bajas en un discurso moralizante de trabajo duro, esfuerzo, aspiraciones y auto-superación. Un equipo de baloncesto valenciano lleva publicidad en sus camisetas de la "cultura del esfuerzo" pagada por su millonario propietario desde 2011 y renunciando a los ingresos publicitarios. Es decir, hace pedagogía popular para inocular el esfuerzo individual como gran receta de salvación ante un mundo competitivo y darwinista. Lucha para ganar, respeta la libre empresa y conviértete en empresario de ti mismo sin ayudas del Estado ni necesitarlo porque aquí nadie ayuda a nadie y no hay clases sociales sino fracasados y ganadores por su propio empeño. En fin, esta cosmovisión y catecismo libertariano de virtudes no deja de ser un relato de poder y de control social moralizante que lanza la derecha y sus medios. Otra cosa es hacerles caso y creérselo como se cree el terraplanismo.
No deja de ser el mismo discurso disciplinario y punitivo del pensamiento reaccionario y clerical, tan característico del Antiguo Régimen hispano con su cruzada depurativa de las “almas” de las clases populares para que acepten el orden sagrado y la conformidad social con su sitio en el mundo. Antes, utilizaban la Iglesia como aparato ideológico de adoctrinamiento y dominación. Ahora, utilizan la meritocracia y su galaxia mediática de aliados para transfigurarla con una paradójica torpeza y pereza intelectual. Porque la derecha española no se detiene a armar un discurso fuerte de meritocracia, le basta con hacer declaraciones televisivas y artículos de prensa de sus tertulianos sin ninguna base intelectual y empírica solvente. Solo discurso oral y mucha pereza intelectual.
Por eso resulta extraño que sean ciertos sectores de la izquierda y del campo de la ciencia política o la filosofía política quienes hayan entrado al trapo o al frame de la meritocracia como tema de debate en España. Los sociólogos, en cambio, hace décadas que esquivamos la trampa de la meritocracia colocándola en su sitio, como una ideología funcionalista nacida para legitimar la modernidad industrial en los años 60 del pasado siglo y diluir la lucha de clases y el conflicto distributivo ante su gran contrincante de entonces, representado por el marxismo y la izquierda sindical y política.
Se ha traído a España un debate sobre la meritocracia que es más americano que europeo y que, además flota como una leyenda urbana que ignora por completo el conocimiento sociológico acumulado sobre estratificación social en los últimos 60 años. Hay cierto adanismo generacional cuando ciertos filósofos y politólogos confunden la meritocracia con la movilidad social o cuando descubren afectados que la movilidad social implica también reproducción y cierres de clase, que la justicia meritocrática es parcial y restringida a ciertos campos profesionales, que las élites meritocráticas instauran nuevos cierres de paso que son hereditarios, que a igualdad de titulaciones prevalece la dominancia de origen, que la sobrecualificación afecta más a los hijos de obreros (mucho más en España) o que el ascenso educativo en relación a tus padres no siempre se traduce en ascenso social según la paradoja de Anderson formulada en 1961. Es lo que pasa cuando has crecido sin leer sociología ni a Parkin y ni a Goldthorpe en el instituto de secundaria donde reina y no falta la Filosofía, aunque aprender sociología ahorraría mucha frustración entre los jóvenes que despiertan del sueño meritocrático en el que se han socializado de forma tan acrítica.
Cuando el exceso sistémico neoliberal privatiza la educación y la hace cara, inaccesible y segregadora, favorece el mayor poder social de mercado de las clases altas y medias profesionales. Es entonces cuando la meritocracia se convierte en los padres y los “nepo-babies” en privilegiados triunfadores por enchufe. Algo que ya formuló Philip Brown en 1990 al teorizar la "parentocracia" y que Ullrich Beck en 1986 ya enmarcaba como refeudalización, un patrón de estratificación social que no ha hecho sino radicalizarse hasta hoy. Véase el explosivo aumento de la desigualdad que demuestra Piketty y el refuerzo de la herencia y el cierre social que llamamos periodísticamente como “avería del ascensor social” para hacer menos daño. En la indolora sociedad de hoy, se mantiene el mito de la meritocracia como un calmante haciendo creer a la gente que su bienestar depende más de su esfuerzo que del capricho del mercado o de las estructuras de desigualdad. En cierto modo es una infantilización disuasiva para no politizar la creciente desigualdad e injusticia social y ecológica de un capitalismo desbocado.
Hay que saber separar el grano de la paja. No creerte la meritocracia es señal de madurez y sano escepticismo, pero abominar de la igualdad de oportunidades desde un izquierdismo dogmático en lugar de exigirla y desarrollarla a través de políticas avanzadas y gasto público es un derrotismo inaceptable y una postura muy elitista y exquisita. De hecho, el adanismo de hoy olvida que los ideólogos de la meritocracia nunca prometieron abolir la herencia de la riqueza. Y esto hay que subrayarlo en negrita. Meritocracia y riqueza heredada son compatibles para la teoría de la modernización funcionalista de los años 50 y también para el pacto keynesiano entre capital y trabajo que construyó el Estado del Bienestar en los 30 gloriosos años de las democracias occidentales (1945-1975). Cabría matizar que el trilema que funcionó durante la modernidad industrial fue “meritocracia, riqueza heredada y reparto de la riqueza”. Todo un marco de estabilización y cohesión social que elevó los niveles de bienestar, extendió la educación pública y equitativa y multiplicó el ascensor social hacia empleos de clase media en los servicios públicos de bienestar y en la industria en expansión. Cuando el exceso neoliberal elimina el reparto de la riqueza del trilema, supone vaciar de sentido el ideal meritocrático y mutarlo en parentocracia hereditaria de la nueva casta señorial a riesgo de que los jóvenes despierten de su Matrix artificial (como está pasando) y entablen una lucha de clases a través de pantallas, memes y twitter.
España llegó 20 años más tarde al boom del ascensor social que los países occidentales vivieron en la década de los 70 del pasado siglo. En 1973, la herencia y el cierre de clase entre la clase obrera (hijos que serían obreros como sus padres) era del 79%, algo mejor que el 88% registrado en 1935, pero todavía muy elevado, siendo grosero hablar de meritocracia española por entonces. Entre 1985-2006, la rigidez clasista del sistema de estratificación (fuerza con que el origen social determina los destinos de los hijos) se redujo un 33% gracias a la expansión educativa y la democratización de títulos. Por ello, la reproducción y herencia de clase obrera bajó en 2006 hasta el 52% pero, aun así, resulta una tasa elevada como para definir como meritocrática la sociedad española.
Persiste un viscoso cierre social tanto por arriba (clases directivas y profesionales) como por abajo (clase manual poco cualificada) más acusado que la media europea. La movilidad social en España se juega en la buffer-zone de las clases medias con trayectos cortos de ascenso y descenso social. Pero lo peor es que la matriz del modelo productivo español evoluciona de forma muy lenta y crea menos empleos profesionales y de buen salario: 19% frente al 30-45% de países como Gran Bretaña, Alemania o Suecia. Por tanto, nuestro mercado de trabajo es incapaz de generar tantas oportunidades de ascenso (more room at the top) como sus países vecinos. Ahí está la clave.
Aunque haya aumentado la igualdad de clase a la hora de lograr títulos superiores (es decir, hay mayor igualdad de resultados) respecto al pasado, también ha aumentado el cierre y la herencia social de las clases directiva y profesional que preservan sus ventajas para sus hijos. En especial, prestando su voto a una derecha que en España nunca defiende ni la educación pública, ni la igualdad de oportunidades ni la meritocracia ni el reparto de la riqueza. Por eso nos conviene eludir su engañoso “frame” y hablar más de cómo avanzar en justicia fiscal, cómo modernizar la cultura empresarial, cómo elevar salarios, cómo meritocratizar de verdad el acceso al alto funcionariado y cómo desarrollar políticas predistributivas y redistributivas eficaces a lo largo del ciclo vital de las personas. Más sociología, menos leyendas infantiles y más justicia social, igualdad de oportunidades y libertad positiva de una ciudadanía con más conciencia crítica a salvo de charlatanes, fakes y castas señoriales.