La importancia del territorio para comprender la meritocracia
José Ariza de la Cruz
Doctorando en Sociología urbana por la UCM
Es habitual que se ponga en cuestión la meritocracia desde el enfoque familiar. Dado, que, cuanto más ricos sean tus padres, más probabilidades tienes de ser rico, es evidente que el esfuerzo exclusivamente no explica nuestra posición económica. También es habitual que se enfoque desde el punto de vista de las características sociales de la persona. El género o el lugar de nacimiento suponen importantes barreras para lograr una sociedad cuyas recompensas se basen solo en el mérito.
No obstante, hay otro elemento sobre el que no se habla tan a menudo: el territorio. Cómo el territorio socava la meritocracia. No solo entre países. No solo entre ciudades. También dentro de estas. Vivir en un barrio o en otro afecta a nuestras posibilidades de ascender socialmente, independientemente de la renta de nuestros padres o nuestras características sociales ¿Por qué sucede esto?
Empecemos con el concepto de segregación residencial. Esta implica que los diferentes grupos sociales viven distantes en la ciudad, de manera que viven en barrios homogéneos entre sí pero heterogéneos entre ellos. El concepto de ganancias de localización de Bourdieu es muy útil para comprender por qué sucede esto. Para él, estas ganancias se dividen en otras dos: de situación y de posición. La primera tiene que ver con cómo se reparten los bienes y servicios por el territorio, tales como equipamientos públicos, los parques o el tejido comercial. La segunda tiene que ver con el prestigio. El estatus que otorga vivir en una calle u otra.
El mercado de vivienda estructura la geografía social de la ciudad en base a las ganancias de localización a través del precio. De esta forma, las personas con mayor poder adquisitivo residen en aquellos lugares con mayores ventajas -aunque esto no siempre sucede así, ya que, por ejemplo, la vivienda pública es un elemento poderoso para lograr la justicia territorial-. En condiciones de mercado normal, que es lo que sucede en países como el nuestro, las diferencias de precio en las grandes ciudades contribuyen a segregarnos residencialmente, convirtiendo la distancia social en distancia física.
Sin embargo, en los últimos años ha surgido una nueva literatura que muestra las carencias del enfoque residencial para comprender la segregación. Los problemas que se le achacan a esta tienen que ver con la falta de interacción entre las distintas clases sociales. Por ejemplo, contribuye a reproducir la desigualdad ya que buena parte del empleo se consigue a través de contactos, por lo que la segregación implica el cierre social de este tipo de recursos. O su efecto negativo sobre la cohesión social, dado que el desconocimiento de otras realidades puede llevar a interpretarlas desde los prejuicios. Lo que sucede es que no todas las relaciones se dan en el entorno en el que se vive, por lo que una ciudad segregada residencialmente no tendría por qué estarlo relacionalmente.
Por este motivo se empezaron a desarrollar nuevas herramientas conceptuales y metodológicas para estudiarla. Uno de los mayores avances que se han hecho recientemente es el Social Capital Atlas, elaborado por Raj Chetty y su equipo a partir de una investigación plasmada en los artículos académicos Social capital I: measurement and associations with economic mobility y Social capital II: determinants of economic connectedness. En ellos se explora cómo son las amistades entre personas estadounidenses en función de su clase social y el papel que esto tiene para la movilidad social -se basan en amistades de Facebook utilizando numerosos controles para asegurar la validez de los resultados, como, por ejemplo, replicar la metodología solo para las diez personas con mayor número de interacciones-.
Sus conclusiones son claras. En EE. UU. solo 2 de cada 100 amistades del 10% más pobre está en el 10% más rico. En cambio, 34 de cada 100 amistades del 10% más rico está en el 10% más rico. Esto implica que la clase social tiene un papel muy importante a la hora de configurar las redes de amistades. Pero lo interesante es que esto varía en cada ciudad y aquí es donde se encuentra la clave de la investigación. Con una correlación del 0,65, cuanto mayor interacción entre personas de distinta renta, mayor es la movilidad social en los condados estadounidenses. En otras palabras, allá donde hay más mezcla social, mayor posibilidades tienen los hijos de hogares precarios de aumentar su posición económico respecto a la de sus padres.
Otro aspecto clave de la investigación es que da un paso más allá en la comprensión de la segregación. Distingue dos tipos de sesgos que dificultan la generación de amistades entre personas de diferente renta: de exposición y de amistad. El de exposición, que es donde se han centrado más habitualmente las Ciencias Sociales, tiene que ver con el hecho de que en un mismo espacio haya o no heterogeneidad social. Por ejemplo, si en una aula escolar hay o no alumnado de distinta posición económica. Lo mismo sirve para las universidades o los barrios -en este sesgo se basa la segregación escolar y la residencial-.
Pero también está el sesgo de amistad. Este nos habla de cómo, aun compartiendo espacio personas de distinta clase social, estas no tienen porque relacionarse entre ellas. Es decir, en un mismo aula escolar, es mucho más probable que las personas se hagan amigas de aquellas con las que comparten posición económica.
Los sesgos de exposición y de amistad explican cada uno aproximadamente la mitad de la carencia de amistad entre clases sociales distintas. Para acabar con la segregación relacional real, hay que tener en cuenta esta realidad. Por ejemplo, cuanto menos alumnado hay en un aula, más posibilidad hay que interactúen todos entre sí, y no formen grupos segregados económicamente.
A escala de ciudad, la oposición entre frontera y linde que proponen Sennett y Sendra es muy útil para hacer una política urbana que favorezca la mezcla social. La frontera es aquel borde donde el espacio termina, mientras el linde es en el que interactúan grupos diversos. La metáfora la toman de la ecología, desde donde se evidencia que los lindes son los espacios donde los organismos interactúan más entre sí, aquellos en los que hay una actividad biológica más intensa. Las orillas de los lagos, donde el agua toca con la tierra firme es un buen ejemplo de ellos. Trasladándolo a la ciudad, en muchas ocasiones los barrios de distinta renta están separados por grandes infraestructuras físicas como autopistas urbanas, que dificultan el intercambio cotidiano de población entre ellos y por tanto tienden a fijar la segregación. Sustituirlas por parques, plazas e incluir equipamientos como bibliotecas, implica generar lugares de encuentro y socialización en barrios diversos. Este tipo de medidas, entonces, pueden contribuir a fomentar la movilidad social.
Por todo lo anterior, la relación entre el territorio y la meritocracia es estrecha. Nuestra red de relaciones se conforma en los espacios concretos en los que socializamos e influye en la posición que ocupamos en la jerarquía social. Hay ciudades en las que las amistades están mucho más segregadas que otras, poniendo trabas a la movilidad social de los hogares más precarios. Pero, dentro de estas, hay lugares que facilitan el encuentro entre distintos grupos sociales mucho más que otros. De ahí la importancia del espacio público y de las instituciones públicas, tales como las educativas, las culturales o las deportivas. Lugares de socialización donde no importa la renta de las personas. Pero, no basta con que estos existan, hacen falta dentro de ellos programas específicos para fomentar la mezcla social real. Esto contribuirá a crear sociedades en las que la posición heredada de los padres pierda la gran influencia que hoy tiene.