Crisis de las clases medias. De la promesa meritocrática al resentimiento existencial
Antonio Gómez Villar
Profesor de Filosofía en la Universitat de Barcelona (UB)
-Actualizado a
En 2020 el filósofo Michael Sandel publicaba el ensayo La tiranía del mérito: ¿qué ha sido del bien común? En él trataba de dar respuesta al porqué del surgimiento de los llamados «populismos autoritarios» y las tonalidades emotivas de odio y resentimiento que los acompañan. Según el autor, tanto las comunidades locales como las nacionales están atravesadas hoy por la dicotomía ganadores/perdedores de la globalización y por el consiguiente distanciamiento social entre ambos. En esta dicotomía, la posibilidad de tener éxito depende de la formación y la educación adquirida, que otorgan la preparación necesaria para poder competir en el marco de una economía global. Y la función de los diferentes gobiernos consiste en procurar las mismas oportunidades de recibir esa formación y educación en la que se fundamentan las posibilidades de tener éxito.
Desde esta lógica meritocrática, basada en la supuesta igualdad de oportunidades, quienes logran el éxito, quienes alcanzan los lugares privilegiados de la sociedad, son considerados merecedores de aquello que poseen; y, de la misma manera, quienes han quedado rezagados, quienes han perdido, también son considerados merecedores del lugar que ocupan. Los ganadores creen que su éxito es merecido, creación suya; los perdedores, por su parte, acumulan ira y resentimiento, emociones y afectos que, según Sandel, están a la base del surgimiento de los «populismos autoritarios».
Esta radiografía le lleva a concluir que quienes apoyan hoy a las nuevas formaciones de extrema derecha son aquellos que quedaron al margen de la competencia meritocrática, los votantes carentes de títulos universitarios, atravesados por un sentimiento de inferioridad. El auge del mérito y sus formas de reproducción, que no sólo se refiere a un agravio económico sino también moral y cultural, habrían provocado el surgimiento de líderes políticos autoritarios.
En lo que sigue, trataré de argumentar que las formas del «resentimiento sin conciencia de clase» a las que se refería M. Fisher, que están a la base del surgimiento de las nuevas formas políticas autoritarias, esto es, un imaginario inmunitario, una expresión reactiva e individual, ponen en el centro no una crítica a las consecuencias del privilegio otorgado a la lógica meritocrática, sino un anhelo por tornarla operativa, para que vuelva a regir, a estar disponible. Parte de las actuales clases medias precarizadas observan que el ascensor social se ha averiado, está lento y errático, pero el de las nuevas minorías continúa operativo a través de las políticas de discriminación positiva.
La humillación que experimenta esa sociología a la que Sandel se refiere no es el resultado de la manera en que la meritocracia responsabiliza a los individuos de sus fracasos, sino del hecho de sentirse humillados porque consideran que las nuevas minorías les han adelantado sin pasar por la casilla de salida del esfuerzo y el mérito. Critican que la cultura del mérito, el esfuerzo y el talento haya sido sustituida por la de la representación. Las minorías raciales o de género constituyen una nueva jerarquía aristocrática, cuyas diferencias operan como privilegios de reconocimiento que han de ser preservados.
Es un resentimiento tanto material como simbólico, referido tanto a las posibilidades en el acceso a bienes como a la ausencia del reconocimiento que la sociedad en su conjunto profesaba otrora a las clases medias como sujeto hegemónico del orden. Ello constituye una forma de resentimiento construida sobre la percepción de una injusticia: la promesa del mérito se ha roto y tiene que ser reconstruida, para que la posición social que se ocupe esté determinada por el mérito. Sólo el esfuerzo puede representar la clave del éxito social; y la movilidad social sólo puede depender de la iniciativa individual.
Las clases medias no experimentan hoy un daño específico, no existe una huella evidente de aquello que les duele, ni señalan de manera clara y distinta a un sujeto concreto como responsable de su situación. El otro es una proyección imaginaria, la construcción de un otro inaceptable que, al tiempo que desposee a las clases medias de su estatus, excede las fijaciones establecidas. «Resentendio» proviene de «re-sentir». Declinado como «resistir», su raíz latina es «resistere» [«quedar atrás», «detenerse»]. Resistir, etimológicamente, significa «volver a estar», reclamar la vigencia del estatus perdido. He aquí el proyecto de las clases medias en crisis que politizan las nuevas extremas derechas: la salvaguarda de las jerarquías en las que se fundaba su posición de privilegio social para poner fin a su progresivo desclasamiento.
En el momento en el que las categorías que han articulado la clásica clase media, sus valores e ideales, han sido vaciadas de valor, el mundo mismo se le presenta como carente de valor. Una vez que esos valores –meritocracia, defensa del statu quo, capacidad de consumo, estatus, distinción, igualdad de oportunidades, «sueño americano», «igualdad social europea», etc.– entran en crisis, toda esa sociología que hasta entonces había sostenido el orden adquiere también una valoración muy precisa, son «nada».
El sistema de afectos que atraviesa el proyecto de las nuevas extremas derechas no señala a un segmento sociológico concreto. Su proyecto no nace con el objetivo de reparar una situación de desigualdad, sino de conservar una pretérita situación de privilegio desde una lógica antagonista, señalando como enemigo a quienes atenten contra él o lo imposibiliten. Se trata de una fuerza reaccionaria que necesita del retorno a un privilegio antes tenido para seguir siendo.
Las clases medias apuntan a un agravio comparativo: otros (las minorías) le han arrebatado aquello sobre lo que creían tenían derecho. La clase media, el sujeto que encarnaba el sueño de la igualdad de oportunidades y la meritocracia, se ha roto. Consideran que no merecen caer a los lugares de la marginación, pues no es su lugar natural. Por eso encuentran eco en las nuevas formas políticas reaccionarias: todas sus demandas comienzan con «recobrar», «restaurar», «devolver». El reverso de conseguir éxito a través de la meritocracia es el intento de evitar el fracaso. Es preciso restaurar la justicia para restaurar su bien. El objetivo es que los códigos de dominio de las clases medias vuelvan a regir. De ahí su rencor, defensivo y reaccionario, y la pulsión por la restauración de algo perdido. El futuro es anhelado como promesa de retorno.
Thomas Jefferson, el tercer presidente de EE. UU., dijo a principios del siglo xix que «la naturaleza es la que asigna las clases». La clase media siempre fue hija de esta concepción y reacciona hoy contra la desnaturalización del estatus que por naturaleza les corresponde. Ninguna otra clase hizo tan suya la lógica meritocrática, la posibilidad de progresar en función de las aspiraciones, el talento y la disciplina individual. La expresión «clase media en crisis» es el nombre que recibe hoy la identificación con unas sociedades dañadas por esos «otros», «extraños», minorías que invaden el espacio del sujeto legítimo de la nación por antonomasia. A la clase media le han arrebatado su legado y ha sido relegada al córner de la historia al erosionar sus «legítimos privilegios». Los «otros» no sólo ponen en peligro aquello que se considera propio. La verdadera amenaza reside en la posibilidad de que ocupen su otrora lugar de privilegio. De ahí la nostalgia de una jerarquía natural deshecha, de una prosperidad asociada al imaginario del emprendimiento y el esfuerzo combinada con una política fiscal de bajos impuestos. Por eso reclaman mecanismos restauradores que permitan recuperar lo perdido frente al «orden natural» alterado por las luchas de las minorías.
Lo que las clases medias en su declinación reaccionaria ansían es el retorno de la ficción jurídica de la igualdad de oportunidades, la meritocracia, que el mercado de opciones de vida sea neutro y que no se privilegien otras formas de vida. En ello consiste la rebelión contra la igualdad por parte de las antiguas clases medias hoy en crisis, una lucha contra la democratización en el acceso al consumo, bienes, estatus y reconocimiento de quienes otrora habitaban en los márgenes. Padecen la angustia colectiva ante la decadencia y agonía de un mundo que se resiste a morir.
Desde esta desorientación política, material y afectiva, las nuevas extremas derechas introducen un antagonismo horizontal, los de abajo contra los de abajo. Proyectan rabia, ira y resentimiento contra los de abajo, contra las minorías: éstas se han beneficiado de la globalización neoliberal y la clase media ha acabado perdiendo. Sienten que les han quitado aquello que por derecho natural les corresponde: los inmigrantes les quitan el trabajo y las mujeres les quitan los derechos. Las minorías, en fin, impiden el curso recto de la historia: sólo la lógica neutra de funcionamiento del mercado capitalista posibilita la permanencia de la lógica meritocrática.
Que en este nuevo antagonismo no se apunte hacia arriba, a capitalistas o políticos del status quo, sino a los que consideran más abajo del estrato social, se debe a que la clase media siempre consideró que los de arriba están en su legítimo derecho de estar arriba. Es una lógica de la adecuación, un sentido platónico de la justicia, el derecho natural a ser ricos y poderosos y el derecho a ser pobre. Aceptan a los ricos porque entienden que existe una correspondencia meritocrática entre esfuerzo y recompensa. No cuestionan los privilegios de los ricos porque el sueño de la clase media es aspiracional: ellos también pueden llegar ahí; con esfuerzo, pueden llegar a ser lo que quieran. Cualquier otra escena de igualdad es vivida como una humillación y una ofensa. La lucha de las minorías es el punto simbólico que muestra a las clases medias la inversión competitiva de nuestra época: aquéllas son unas privilegiadas y las clases medias en crisis las nuevas minorías oprimidas. De resultas, el fin de la promesa meritocrática se convierte en un narcisismo herido.