Consenso y coerción
Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
Intervenir en la economía y acabar con el Estado clientelar
Este debate en Espacio Público comenzó en torno a la supuesta contradicción entre posibilismo y utopía. Mi postura está más cerca de la defensa de la capacidad de soñar de Marià de Delàs y lo está porque, en mi opinión, el capitalismo se ha vuelto tan absurdo que imaginar formas distintas de organizar el mundo se me antoja un ejercicio de racionalidad cartesiana.
Un desastre global de las dimensiones de esta pandemia hace que una enorme mayoría reclame lo que es lógico, racional, un estado que proteja y redistribuya, unos servicios públicos universales y repensar el modelo productivo de un país de precarios que va a la deriva. Es un nuevo sentido común, un consenso social que entiende que hay que cambiar el rumbo, pero… lo que sostengo en este artículo es que con que exista ese consenso, no es suficiente.
Si el capitalismo español no quiere colaborar (ni impuestos a grades fortunas, ni derogación de reformas laborales, ni condiciones a los préstamos, ni contrapartidas a los rescates…) habrá que obligarle. Consenso y coerción, la Iglesia y la Espada que decía Maquiavelo. No hace falta solo el sentido común, el consenso social, sino su némesis, la coerción necesaria para que se cumplan leyes justas, para barrer las telas de araña de las redes clientelares y poner la Administración al servicio del pueblo.
Ninguna de las buenas ideas que surgen para salir más fuerte como especie de esta crisis se van a hacer por la buena voluntad de la mano invisible del mercado. Pensar e impulsar un nuevo modelo productivo, frenar el cambio climático o un sistema de cuidados requiere, indefectiblemente, la intervención pública en la economía. Es lo racional.
Lo que no lo es, es ver a Úrsula Von der Leyen hablar de la necesidad de “nacionalizar temporalmente empresas” con el descarado objetivo de socializar las pérdidas y regalar al capital el saneamiento de sus cuentas. No tienen vergüenza, y hoy, que la inyección de cantidades cósmicas de dinero a los mercados demuestra que dinero hay, haríamos bien en no dar por asumida la irracionalidad con la que los de la mano invisible suele robarnos a todos.
Recuperar cierta tradición socializadora en lo económico tras una pandemia que ha re-descubierto la necesidad de un Estado que proteja, parece una idea acertada. Siendo estrictamente cartesianos, toca la intervención pública en la economía y para ello ya hay herramientas legales sorprendentemente vigentes tras décadas de neoliberalismo: Recuperación y creación de empresas públicas en sectores estratégicos y necesarios para la vida; revertir las privatizaciones en sanidad, educación y residencias; participación pública en empresas que redirijan el marco productivo e impulsar la economía social. Es económicamente viable, técnicamente posible y socialmente justo.
Claro que, antes habrá que arreglar la casa:
Si una sueña, como yo lo hago, con una España justa, igualitaria, solidaria, productiva, feminista, sostenible, radicalmente democrática y sin prostíbulos, el primer y previo paso a dar, a mi entender, es acabar con la perversa relación entre lo público y lo privado que ha determinado de forma secular la configuración del Estado en España.
Intereses privados, virtudes públicas parece ser el motor de una relación parasitara de sectores económicos con el Estado que, de paso y como consecuencia, lo degradan en su función. No hablo solo de puertas giratorias, síntoma y punta del iceberg de lo que está bajo las aguas, sino de las redes clientelares que han forjado lazos de hierro ente algunos sectores económicos, financieros, mediáticos, administrativos y hasta deportivos en nuestro país. Parece habérsenos olvidado, pero ni la casta, ni la corrupción, ni el clientelismo han desaparecido solo porque el PP perdiera las elecciones. Trágico resulta ver cómo se comportan viendo gente decente en el gobierno.
Tan habitual es esta cancerígena relación que ya no nos espanta ni la forma campechana que el Jefe del Estado ha estafado al fisco o que al Rey le paguen las vacaciones oscuros empresarios. Debería ser motivo de exilio, pero no, hay que proteger, no al Rey no se equivoquen, sino al sistema. Si la punta de la pirámide de la arquitectura institucional en España puede, es un suponer, exigir comisiones y aceptar sobornos y aquí no pasa nada, el mensaje para el resto de la cadena es claro. Todos sabemos que grandes empresas de este país viven de los contratos el estado y que no es una relación inocente, como demostraron los papeles de Bárcenas.
Construir una lex que nos defienda de la impunidad con la que esa relación entre instituciones públicas e intereses privados ha minado la capacidad redistributiva del estado es imperativo y para ello recupero 6 reformas, modestas en lo presupuestario y vitales para limpiar la casa y tener recursos para reconstruirla de forma que quepamos todos: multiplicar por 10 el número y los recursos destinados a Inspectores de hacienda, inspectores de trabajo, tribunal de cuentas, fiscalía anticorrupción y fiscalía de delitos económicos, enmarcado todo ello en una nueva e implacable ley de contratos del estado.
Sentido común es lo que sobraba en las redes cuando, al ver a los ricos manifestándose contra el Gobierno en el barrio de Salamanca, pedían que no enviaran a la policía a dispersar, sino a inspectores de hacienda. Pueden parecer pequeños pasos, pero en el camino correcto viniendo, como venimos, de un Estado que nunca rompió del todo las cadenas que lo unen a las redes corruptas del siglo XX. “Iglesia SA” de Ángel Munárriz y “Franquismo SA” de Antonio Maestre, lecturas obligadas para el que tenga la menor duda.
España puede tener un estado moderno y democrático libre de corruptelas y de las relaciones clientelares que lo pervierten. En este país hay demasiado talento al que se le impide llegar a puestos de relevancia por méritos, hay muchísimas personas capaces y con ganas de construir desde valores cívicos como servidores públicos.
Con recursos suficientes y con capacidad para intervenir en el modelo de desarrollo económico, las posibilidades son infinitas para usar la enorme energía creadora que la clase trabajadora, protagonista de la lucha contra la pandemia, es capaz de generar.
Pongámonos de su parte.