Una crisis civilizatoria
Francisco Vázquez García
Filósofo e historiador, catedrático de la Universidad de Cádiz
Mucho se está hablando en estos meses acerca de la crisis sanitaria encarnada por la pandemia de la covid19 y de la subsiguiente crisis económica. Poco se ha dicho sin embargo sobre la crisis civilizatoria que este proceso pandémico revela y contribuye a agravar. El Coronavirus es un signo más del colapso del orden político e ideológico que ha regido nuestras vidas desde la década de 1980. Este orden “neoliberal” o “neopropietarista”, como prefiere llamarlo Thomas Piketty, se ha puesto en evidencia en algunos de los episodios más trágicos de la debacle sanitaria que hemos vivido: las carencias y la saturación de unos servicios de salud descapitalizados por las políticas de privatización y recorte del gasto público; la mortandad masiva en unas residencias de ancianos convertidas en un negocio rentable a costa de la relajación de las inspecciones y controles administrativos; la falta de recursos materiales (respiradores, EPIS, mascarillas, etc) para hacer frente a los contagios, debido a las reconversiones industriales y a la nueva división internacional del trabajo instaurada por el ascenso de la globalización neoliberal. Pero para dar cuenta del alcance civilizatorio de este acontecimiento es necesario ir más allá de la inmediatez del presente.
En 1944 se publicaba La Gran Transformación, una obra imprescindible, donde Karl Polanyi diagnosticaba el hundimiento del orden político e ideológico del librecambismo, dominante a escala planetaria en el largo trecho que va desde el Congreso de Viena (1815) hasta el arranque de la Gran Guerra (1914). Ese orden, asentado entre otras cosas en el carácter sagrado de la propiedad privada, en el imperio del intercambio autorregulado como fuente de prosperidad, en la rivalidad entre potencias por la apertura de nuevos mercados y en el patrón oro como garantía de estabilidad monetaria, se fue a pique por la acumulación de tensiones internas e internacionales, manifiestas en una serie ceñida de acontecimientos: las dos guerras mundiales, la revolución rusa, el crack de 1929 y la eclosión de los fascismos.
Mutatis mutandis, el orden mundial del neoliberalismo parece hacer aguas por las fisuras reveladas en algunos eventos: la crisis financiera de 2008, la creciente conciencia pública de la emergencia climática, las desigualdades sociales al alza, expresadas con furia en el auge de los nacionalpopulismos y el nuevo ciclo pandémico asociado a procesos zoonóticos (contagios de virus entre especies diferentes). La covid19 se encuadra en esta última estela, y su diferencia respecto a otras epidemias recientes (el zika, el SARS, el Évola, entre otros) es que no ha podido evitarse su propagación planetaria. Estos distintos episodios que manifiestan la quiebra de un modo de gobernar las poblaciones y los recursos, fundado en la desregulación de los intercambios, en la utilización del mercado como herramienta universal de gestión, en el enaltecimiento de la competitividad y de la propiedad privada y en la cultura del individualismo de consumo, están recíprocamente imbricados –las nuevas epidemias están causalmente vinculadas con el cambio climático y con el impulso de la agroindustria- y en su conjunto señalan que el orden neoliberal no sólo profundiza en las desigualdades sociales sino que es incompatible con la pervivencia de nuestra especie.
El fracaso del librecambismo se saldó, decididamente tras la Segunda Guerra Mundial, aunque las transformaciones se iniciaron con anterioridad, con una revisión del concepto de propiedad privada que había regido hasta entonces. Esta tendría que ser afrontada como un derecho no absoluto sino subordinado al interés social. Las dos formas de racionalidad política que apuntaron entonces a reformular la propiedad privada, acabaron fracasando.
Por una parte el modelo comunista, que instauraba la propiedad estatal de los medios de producción a costa de suprimir las conquistas de la democracia liberal, dando forma a un sistema económico que se revelaría inviable. Por otra parte los regímenes socialdemócratas establecidos en buena parte del mundo occidental entre 1950 y 1980. Estos, apoyándose en políticas fiscales progresivas, el estímulo de la demanda, la redistribución de la riqueza, la extensión de los servicios públicos y de los derechos sociales y la negociación con los agentes sindicales y empresariales, dieron lugar a una era de prosperidad económica y de reducción de desigualdades sociales desconocida en la historia occidental.
Sin embargo, el hecho de que este replanteamiento de la propiedad privada y estas nuevas políticas redistributivas –muy concentradas por otra parte en el crecimiento del sector público, mediante nacionalizaciones y expropiaciones- se hicieran en el escenario heredado de los Estados nación, debilitó las posibilidades de éxito y las socialdemocracias no pudieron hacer frente a las consecuencias derivadas de la crisis de 1973.
Hay muchas lecciones que el presente puede aprender de esta deriva posterior a la Segunda Guerra Mundial. La fuerte progresividad fiscal y la rectificación del dogma de la propiedad privada, establecidas en Estados Unidos y en buena parte de Europa occidental, se legitimaron por el reconocimiento de las clases trabajadoras que ofrecieron sus vidas en la lucha contra el fascismo. Análogamente en nuestros días, son las clases trabajadoras, con sectores fuertemente feminizados y precarizados, como las cajeras y reponedoras de supermercados, policías, auxiliares clínicas, enfermeras, becarias de investigación, administrativas, celadoras, facultativas, las que, asumiendo un enorme riesgo vital, nos están sacando de la pandemia. Por ello los efectos de la subsiguiente crisis económica no deben pagarlo estas clases, no estamos moralmente autorizados a hacerlo.
La protección de la mayoría social golpeada por el desempleo está exigiendo una multiplicación del gasto público con endeudamientos que previsiblemente serán de un nivel no muy alejado del arrostrado por las naciones de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial. Esta situación no puede ser afrontada, por ejemplo en la Unión Europea, con los criterios de la ortodoxia neoliberal, ofreciendo rescate a cambio de recortes, obligando a la austeridad como contrapartida de una deuda impagable. Hay que cuestionar la sacralidad de la propiedad privada. Pero esto no equivale sin más al aumento de la propiedad pública, de titularidad estatal, mediante el viejo recurso a las nacionalizaciones y expropiaciones.
Sin dejar de impulsar la progresividad fiscal, la tasa por sucesiones e impuestos especiales para las rentas y patrimonios más altos (como el llamado “impuesto de solidaridad”), hay que utilizar ampliamente mecanismos de propiedad social ya existentes en algunos países, como la cogestión, la participación equitativa de los trabajadores en los consejos de administración de las empresas, el cooperativismo, la propiedad temporal o medios como la limitación de alquileres y la renta básica. Pero lo principal es que estas medidas, que abren el horizonte de un ecosocialismo participativo, no pueden ser efectuadas a escala del Estado nación. Su puesta en marcha sólo es posible a través de los actores trasnacionales, como la Unión Europea. Esta debe afrontar una política fiscal, ecológica y de justicia social unitaria para toda la región.
Sólo a escala global es posible por otra parte desplegar medidas imprescindibles como la lucha contra los paraísos fiscales o las tasas especiales a las grandes corporaciones del sector farmacéutico o de las tecnologías de la información. Ahora bien, ¿están las élites gobernantes en Europa dispuestas a asumir el colapso de la ortodoxia neoliberal y actuar en consecuencia? ¿cuántos Brexit harán falta, cuántos neoautoritarismos a la húngara, cuántos votos a los partidos europeos de extrema derecha serán necesarios para que los mandatarios europeos despierten y recapaciten? En ello se juega, no el futuro de nuestras economías o de nuestras sociedades, sino la supervivencia de nuestra especie.