El extraño 2020
Ana Barba
Edafóloga, activista social y política por la democracia participativa, el feminismo y la ecología.
Este extraño 2020 empezó con una gran potencia del movimiento feminista, digno heredero de 2019, el año de este siglo que más movilizó a las mujeres contra el patriarcado. También mostraron nuevas fuerzas los movimientos ecologistas, muy apoyados desde el maistream, y por desgracia vimos también el auge de los partidos y grupos de extrema derecha, muy publicitados por los medios, demasiado publicitados, podríamos decir. En todos esos asuntos andábamos en el inicio de 2020 cuando la vida del mundo entero dio un vuelco inesperado en las primeras semanas del año con la aparición de la pandemia provocada por el virus SARS-CoV-2, llenando de muerte y desolación a todos los países y postergando los problemas ajenos a la simple supervivencia en la mayoría de las personas. La agenda social quedó en suspenso.
Sin embargo, los problemas de fondo siguen estando ahí, no los ha eliminado el Covid-19. Por eso, en cuanto se han relajado mínimamente las emergencias sanitarias han resurgido todos y cada uno de los problemas previos a la aparición del coronavirus. También se han identificado de forma masiva otros problemas que antes aparecían aletargados o relegados sólo a las luchas de sectores sociales muy concienciados.
Así, se ha asumido de forma abrumadoramente mayoritaria la necesidad de un servicio sanitario público de calidad, así como la defensa de las ayudas estatales directas a personas, autónomos y pymes. Las políticas monetarias de países y entidades supra estatales han dado mágicamente la vuelta a la tortilla, trocando la austeridad por gasto, comprando deuda de los países en la EU, apostando por políticas expansionistas, reforzando servicios públicos, nacionalizando empresas estratégicas para evitar su quiebra y toda una batería de medidas inusitadas para evitar el hundimiento total de ésta nuestra odiosa economía financiarizada.
En lo concreto que afecta a las personas, se han presentado como problemas acuciantes agravados por la pandemia el trabajo precario como forma de enriquecer a unos cuantos en todo el mundo, la dificultad de acceso a la vivienda por culpa de la especulación inmobiliara, la falta de inversión de los gobiernos liberales en sanidad y educación públicas, la existencia de una gran panoplia de herramientas de elusión fiscal para las grandes empresas y las grandes fortunas, el trabajo esclavo de los inmigrantes en los países más ricos y también de los trabajadores autóctonos de empresas deslocalizadas en países poco desarrollados, incluso de trabajadores autóctonos en países ricos, donde la pobreza aumenta tanto como las fortunas de los más ricos.
En cuanto a la causa feminista, aunque menoscabada por el confinamiento, ha podido remarcarse la brecha de género en los hogares confinados, con una sobrecarga para las madres en teletrabajo, o se han dado voz a colectivos de mujeres sin cobertura social durante estos meses, como las empleadas de hogar precarias, las temporeras de la fruta y otros colectivos vulnerables.
El Covid-19 se ha manifestado como un revelador de desigualdades: entre clases sociales, entre países, entre razas y entre géneros. De ese modo, pese a que los medios de comunicación afines al sistema capitalista, ésto es, la mayoría, tratan de pasarlo por alto, los datos de la pandemia señalan que las personas pobres, precarias, de países pobres y economías precarias son quienes más han sufrido la enfermedad y la muerte. Cuanto peores son los servicios sanitarios públicos, cuanto peores son las condiciones de las viviendas, del transporte y del trabajo, mayores son los contagios y los fallecimientos. Y siempre entre los más afectados destacan las personas no blancas y las mujeres.
No debemos hacernos ilusiones, pero buena parte de las personas más desfavorecidas han descubierto que los más ricos van a dejarles morir si es lo que les conviene para mantener su status privilegiado. Esto puede traducirse en unidad y lucha de las clases populares por sus derechos o puede desembocar, como ya ocurrió en las primeras décadas del siglo pasado, en un reforzamiento de los movimientos políticos populistas de corte fascista. En esta tesitura tan peligrosa nos ha colocado el CoVid-19.
Durante este mes de agosto de 2020 han aflorado por diversos países movimientos supuestamente populares que defienden la desobediencia frente a las medidas higiénicas y de control social para la contención de una segunda ola de la pandemia. Ellos creen a pies juntillas todo un abanico de teorías conspiranoicas sobre la falsedad de la enfermedad, el control de los estados sobre las libertades individuales con fines espurios y toda una serie de ideas a cual más loca y poco fundamentada.
Por contra, distintas lecturas y conversaciones con personas de mente analítica me han llevado a la conclusión de que la conspiración puede ser bien distinta: los poderes económicos quieren amortizar ya las medidas de control del virus, pues el sistema productivo capitalista no puede permitir más este impase. Hay que crear una duda razonable que haga que los controlados se rebelen y den por terminadas las medidas de excepción que tanto daño hacen a las plusvalías de los capitalistas. Por eso hay oleadas y oleadas de negacionistas rebelándose por todas partes, para terminar ya con toda esta monserga y volver al BAU. Esto es sólo una teoría, pero no me negarán que es plausible: ellos tienen todo el dinero y casi todos los medios y redes sociales a su servicio. Y como en las novelas de detectives, hay que preguntarse a quién favorece todo este movimiento conspiranoico.
Otra derivada interesante que ha visibilizado la pandemia es la importancia de los factores medioambientales en la aparición de esta zoonosis tan devastadora. La invasión de ecosistemas ajenos a la presencia humana, la destrucción de muchos de ellos y la pérdida de biodiversidad son elementos decisivos en la aparición de zoonosis, entre ellas las provocadas por los virus del grupo SARS. La deforestación, los cambios del clima, cada vez más evidentes, la destrucción de los ecosistemas marinos y las altas emisiones de CO2 son factores bien conocidos que influyen en la pérdida de biodiversidad y en el empeoramiento de las condiciones de salubridad general.
También los modos de cultivo y ganadería ultra intensivos facilitan la propagación de enfermedades, los medicamentos aplicados a los animales inciden negativamente en la salud de las personas y los fitosanitarios empleados en las cosechas contribuyen a la pérdida de biodiversidad y pueden causar graves enfermedades a los seres humanos. Cada especie que desaparece es un engranaje natural del funcionamiento del medio que se pierde y cuando el medio deja de funcionar como un reloj, todas las especies se ven amenazadas, incluida la especie humana.
En este punto cabe resaltar otra lucha social en auge que ha quedado congelada por el CoVid-19: el movimiento ecologista. Sin embargo, a diferencia del feminismo, que ha quedado en los márgenes, el ecologismo ha sido puesto en el centro, visibilizando la responsabilidad de los usos y modos capitalistas por cuanto facilitan la globalización y consiguiente dispersión de las epidemias, a la vez que conllevan la expropiación de recursos naturales y la destrucción del medio natural. Pero una evolución productiva hacia métodos respetuosos con la naturaleza y con los habitantes de los territorios no se va a lograr sin resistencia, una gran resistencia, diría yo. Veremos si en lo sucesivo se organiza un movimiento potente preparado para esa lucha que sin duda llegará.
En cualquier caso, todas las luchas se tendrán que imbricar si pretenden tener éxito. De igual modo, los cambios que puedan lograrse en los sistemas productivos locales no harán sino poner pequeños parches a un gran agujero: los problemas son globales y los cambios deben ser globales, lo que lleva a pensar en lo ingente y dificultoso de la tarea que se nos viene.
Por un lado se presume la ineficiencia del sistema productivo pre-Covid para afrontar la reconstrucción social y económica que se necesita. Ese modelo, basado en la globalización, la precarización del trabajo, el crecimiento constante y la financiarización de la economía por su propia naturaleza no podrá asumir un cambio en el que la movilidad de poblaciones y tal vez de mercancías va a perder fluidez y donde habrá que revertir muchas de las políticas sociales liberalizadoras de los últimos 50 años como único modo de garantizar la supervivencia de la mayor parte de la población. La idea de una RBU se extiende como una mancha de aceite, la extensión de servicios públicos esenciales, como la sanidad o la educación, la garantía del derecho a la vivienda y a un trabajo digno, todo aquello que puede constituir la mayor pesadilla de un liberal se plantean como salidas a la crisis. Y todo ello en un contexto de recesión económica global. Sin duda, todos los ojos van a volverse a los ultra ricos, cuyas fortunas han aumentado durante la pandemia. La existencia de paraísos fiscales donde refugian sus capitales al abrigo de los impuestos que pagamos los demás mortales va a ser el principal escollo que los dirigentes de las economías mundiales tendrán que sortear. Veremos qué ocurre con ello.
En España no sólo vamos a tener que lidiar con los mismos problemas que en el resto de Europa. No en vano nuestro sistema productivo se basa en gran medida en el sector de la construcción y en los servicios dedicados a un turismo de masas que no se prevé igual de robusto a corto, a medio o tal vez ni a largo plazo. No es sólo que tengamos que cambiar nuestro modelo productivo, es también que nuestros trabajadores carecen en su mayoría de formación adecuada para otros empleos, por no hablar de que buena parte de la clase empresarial española está anticuada, no invierte en I+D+I, se beneficia alegremente de una legislación fiscal muy regresiva, difícil de mantener en el futuro, y de una legislación laboral muy lesiva para los intereses de la clase trabajadora, algo insostenible en los tiempos que se avecinan si se quiere paz social.
Hay otras características poco favorables de algunos de los empresarios más señalados del panorama hispano, que son las siguientes: en primer lugar su relación con los entramados de corrupción política destapados en la última década, incluidos sus manejos con el franquismo sociológico y la monarquía, tan salpicada por casos de corrupción; en segundo lugar su gran dependencia de los contratos firmados con las administraciones públicas, en un contexto de amiguismo y corruptelas; en tercer lugar su dependencia del turismo de masas, de las externalizaciones escandalosas de los servicios públicos y de las privatizaciones a dedo susceptibles de ser calificadas como prevaricaciones.
A todo lo anterior hay que sumar un sector agropecuario empobrecido por políticas nefastas, que han primado tradicionalmente la ineficiencia, el mantenimiento de los grandes tenedores de tierras y de las oligarquías agrarias, sin invertir los fondos europeos en modernizar el sector, limitándose a repartirlos entre los agricultores y ganaderos como una ayuda a la pervivencia de un modelo obsoleto. Toda esta miopía ha llevado a la agonía del sector ahora que los fondos europeos se acaban. Hay una parte de productores agrarios que sí se han modernizado en cuanto a sistemas productivos, si bien siguen basando sus plusvalías en la utilización de mano de obra cada vez más precaria, como ha quedado de manifiesto durante la pandemia.
Resumiendo: el panorama productivo español tiene un futuro muy complicado. Las propuestas para mejorar todos esos problemas dan para un texto aparte y exceden a mis escasas fuerzas propositivas. Sería interesante que diversas gentes hicieran, una vez más, lluvia de ideas, a ver si esta vez hay alguien al otro lado.
En este mes de agosto, superado ya el respiro que nos ha dado el coronavirus, los contagios aumentan en España y en otros países europeos, aunque en menor medida que aquí. Este otoño próximo veremos cuánto hemos aprendido y qué estamos dispuestos a hacer para defender nuestros derechos, porque el CoVid-19 se va a quedar una larga temporada entre nosotros, previsiblemente, y el sistema capitalista va a sacar sus dientes afilados y sus garras poderosas para lograr mantener su poder intacto.