Un país en el diván
José Martí Gómez
Periodista
El dramaturgo Buero Vallejo me dijo un día la frase que le repetía un viejo amigo: “Me tocaron, como a todos, malos tiempos que vivir”.
Paseas. Sí. Nos tocaron, como a todos, malos tiempos que vivir. Rebobinas para recordar que el 2010 también paseaste por cinco centros asistenciales para ver de cerca las secuelas que había dejado la crisis del 2008 y el paseo entre las instituciones Arrels, Assis, Heura, Santa Lluisa Marillac y San Juan de Dios te dejó un regusto amargo.
El balance de lo que viste entonces intuyes que será el balance de lo que a partir de ahora verás: aumentará el índice de paro, se ampliará el censo de gentes que perderán su piso por no poder pagar la hipoteca o serán desahuciados por no poder pagar el alquiler. Las instituciones de ayuda se verán desbordadas por las peticiones y sus recursos, que se financian en un 80% con donaciones privadas, no darán abasto.
Viste en tus paseos de entonces lo que ves ya en tus reiniciados paseos de hoy: que en las colas de los centros sociales que dan comida hay gente que nunca pensó que acabaría allí. Gente angustiada por no tener salida laboral. Personas que nunca habían pedido nada y ahora solicitan ayuda alimentaria mientras su salud mental se deteriora.
“De acuerdo con el artículo 47 de la Constitución Española que dice que todos los españoles tienen derecho a una vivienda digna un grupo de personas sin techo queremos manifestar que dicho artículo no se cumple en la ciudad de Barcelona ya que cada vez más personas dormimos en la calle”.
Lo leíste el 2010 en la pared de un centro de asistencia social. Lo había escrito gente sin techo. Muchos de ellos vagabundos, enfermos mentales cronificados en la aventura de la calle. Pero de aquel colectivo emergían voces de gentes distintas: doscientas personas asistidas en una institución religiosa eran recién llegadas al mundo de la pobreza. Según asistentas sociales, muchas de esas personas no saldrían ya de la marginalidad social.
Es parte de la historia que ahora se va a repetir porque el coronavirus dejará una crisis superior a la del 2008 y dentro de unos años, no se sabe cuántos, la nueva pobreza ya será vieja y estará cronificada como ocurrió en crisis anteriores. Personas que hoy tienen conciencia de su situación de desahuciadas sociales luchan por salir de ella pero el desaliento les ganará la batalla de la supervivencia digna porque en toda crisis hay un dato que se repite: en el 50% de familias con unos estudios primarios la herencia social pesa: es gente a la que la crisis le avería el ascensor social y ello lleva a que en muchas de esas familias la pobreza se perpetúe de padres a hijos.
Un desahucio se vive siempre como un drama. Los que tienen colchón familiar llevarán mejor la pérdida de la vivienda. Los que no lo tienen acabarán durmiendo en la calle. En 2011, el juez José María Fernández presentó una cuestión prejudicial ante el Tribunal de Justicia de Luxemburgo planteando la duda de si una norma nacional es conforme al derecho comunitario. Dicho de otra forma: preguntaba el buen juez si el procedimiento de ejecución hipotecaria vigente en España no vulnera el derecho de los consumidores.
Hablé con el juez. Me dijo que ver personalmente los rostros de la crisis hace que te pongas en su lugar y se preguntaba, se lo sigue preguntando ahora al volver a conversar con él, si no se deberá dar a esa gente una segunda oportunidad para poder volver a empezar. También los policías que intervienen en los desahucios lo pasan mal. “Ver a un niño llorando en la calle junto a unas maletas, pegado a la falda de su madre te pone un nudo en la garganta”, me dijo un policía. El juez me contó una historia: el hombre tenía una empresa que iba bien y un gran piso. La crisis del 2008 se llevó primero la empresa y el piso y más tarde el matrimonio y el hombre acabó durmiendo en la calle.
Muchos pequeños empresarios vivirán ahora, en este 2020 maldito, dramas similares. Gente que llevaba una vida normal y ahora repite que no sabe cómo acabó en las colas pidiendo comida y durmiendo en la calle en los casos más extremos. En mi recorrido del 2008 vi en los centros sociales prestar ayuda a muchos hombres con estudios universitarios, ex ejecutivos, un padre y un hijo haciendo cola para desayunar en el mismo centro, un ex agente de bolsa… Me pregunté entonces si estaba mutando la geografía humana de los desheredados. Ahora ya no me hago esa pregunta porque es un hecho. En 2020 se repite lo del 2008.
Gente sola. Sin red. “¿Ha visto usted esa gruesa cuerda formada por un trenzado de muchas cuerdas más finas con las que se amarran los barcos en el puerto?”, me preguntó un hombre de Arrels. Una vida puede ser esa cuerda, me contó: un día se rompe el trenzado de los hilos del trabajo, otro día el trenzado de los hilos de la depresión, luego llega el alcohol, quizá la ruptura familiar, el adiós a los amigos… Cuando se rompe el trenzado de la última cuerda la vida personal, como un barco sin amarre, va a la deriva y, dato pesimista, ahora, como en 2010, regresa pidiendo ayuda gente que con sacrificios salió a flote tras la crisis del 2008, mujeres y hombres a los que la crisis del 2020 ha vuelto a golpear.