Cambio, recambio y autoritarismo
Fernando López Agudín
Periodista
Pese a que el reloj de la historia carece de manecillas, cabe afirmar que pocas oportunidades de cambio van a poder presentarse a corto y medio plazo si el movimiento popular no logra el cambio democrático que demanda hoy la inmensa mayoría de la sociedad española. Porque entre las próximas urnas del 20 de diciembre y las que se abran posteriormente, tras la inevitable convocatoria anticipada de elecciones, la nueva legislatura será la más breve desde hace cuarenta años.
España se juega asentarse como una democracia o retrotraerse a un sistema autoritario, dado que el recambio que se prepara es el camino recto a una democracia recortada. O la grave crisis del Estado español encuentra una respuesta democrática o entrará en una espiral política involucionista. Tanto más acusada, cuanto más tenso sea un horizonte internacional que, por el momento, no lleva camino de encauzarse sino de agudizarse mucho más.
La transición del capitalismo renano al capitalismo americano, basada en la liquidación del Estado del Bienestar, además de las luchas entre las grandes potencias derivadas de la depresión del 2007 -el conflicto de Oriente Medio no es más que su primera expresión- configuran un inquietante telón de fondo nada favorable a la renovación democrática. Una vez más, como ocurriera en 1931, nos vemos envueltos en los peores vientos de la historia en el momento más crítico de nuestra historia desde la II Restauración de los Borbones.
Las asignaturas pendientes, todas heredadas del tipo de salida de la dictadura del general Franco, revientan simultáneamente tras décadas de no haber sido abordadas. Ninguna se salva. La crisis económica desvela la ausencia de un modelo productivo ajeno al binomio construcción-turismo; la constitucional muestra la descarada relegación del gasto social; la territorial señala que seguimos aún sin un modelo que reconozca la pluralidad nacional del Estado español; la europea refleja el increíble euroilusionismo en el que ha vivido irresponsablemente toda nuestra clase política; la internacional denuncia la inexistencia de una política nacional que apueste por la paz renunciando a la guerra – tal como recogía la Constitución republicana- como instrumento de una política exterior; y, por último, la crisis institucional evidencia el muy serio deterioro de todos los órganos estatales. Finalmente, la deuda nos resitúa como un país subordinado a una gran potencia europea que vuelve por sus fueros históricos, a través de una Unión Europea subordinada a su vez a los poderes financieros. Por si fuera poco, todo este panorama está coronado por una insoportable corrupción partitocrática desplegada por los cuatro puntos cardinales políticos.
De las cuatro principales fuerzas políticas que concurren a las elecciones del próximo 20 de diciembre, según recogen todos los sondeos preelectorales, tres coinciden básicamente en una misma política a la hora de afrontar cada una de estas tareas. Pese a todos los matices que se busquen, que existen, Partido Popular, Ciudadanos y Partido Socialista Obrero Español enfocan cada una de estas cuestiones desde un mismo denominador común. Sea la deuda, Cataluña, la economía, las instituciones o la paz, PP, Cs y PSOE no divergen en lo sustantivo. Sólo una fuerza, ajena a este triángulo isósceles, se atreve a afirmar que la mayoría de los españoles podemos imponer otra política diferente. No es un dato baladí, las dos principales formaciones de la derecha y una con una base electoral de izquierda apuestan, hoy por hoy, por un mero recambio en lugar de un cambio democrático con la esperanza de estabilizar una situación agotada que hace agua por los cuatro costados.
Bien mirado, el escenario electoral únicamente tiene dos opciones socioeconómicas. La trinidad nada santa de la reforma del 135 de la Constitución, que ha ilegalizado a Keynes, y la nueva socialdemocracia. O sea, tres en una, que sintonizan con la melodía del Ibex-35, y una con la partitura social.
De estas coincidencias se desprende el gobierno que saldrá de las urnas según todas las encuestas que únicamente divergen en los porcentajes de votos, pero nunca sobre las tendencias. Sea cual sea la fórmula, la alianza o coalición sobre que se pueda sustentar o presidente que la encabece, el continuismo socioeconómico será su contenido. No sólo será un mero recambio de cromos políticos diestros sino que intentará, sobre todo, impedir un hipotético giro del PSOE hacia el movimiento popular e integrar a Podemos en las instituciones a fin de neutralizar una firme oposición democrática que trabaje en la elaboración de una potente alternativa de cambio. Porque las contradicciones del previsible gobierno PP-Cs, al manifestarse en casi todos los capítulos menos el económico, van a obligar a la derecha tradicional a intentar contar con posibles socios alternativos a la nueva derecha de Ciudadanos.
Sobre todo en un escenario tan inestable y provisional como el que va a abrirse en 2016. De hecho, tiene todas las trazas de ser un gobierno provisional de la derecha tendente a imponer su hegemonía en los inevitables reformas a realizar dentro de los límites marcados por el liberalismo, con el prefijo neo o social, y por la intervención de la potencia de turno, alemana en esta ocasión, sobre la soberanía española.
Así las cosas, el PSOE es hoy el principal campo de batalla entre el cambio y el recambio. Pese a que continúa en caída libre, el socialismo va a seguir siendo, en esta etapa, una relativa fuerza en el seno de la izquierda que el movimiento popular tiene que conseguir atraerse. El relevo generacional, la correlación de fuerzas políticas, la agudización de la crisis social y las inequívocas raíces populares del socialismo, pueden desembocar en un nuevo giro socialista como el que dio Zapatero siempre y cuando Podemos, la fuerza decisiva de la izquierda, sepa combatir el sectarismo izquierdista. No es nada imposible que dirigentes actuales u otros que acaben surgiendo, resitúen a los socialistas junto a sus bases electorales. El hundimiento del bipartidismo, la presencia de una sigla como Ciudadanos que atrae el voto centrosocialista, más la probable tensión social, llevarán al PSOE tras las elecciones a una bifurcación de la que va a depender su futuro.
Su opción, entonces, será determinante. Tanto en la dirección del cambio como en la del recambio porque, conviene no olvidarlo, los socialistas no están nada habituados a mantener relaciones de igualdad con el resto de la izquierda, que hasta ahora acababa siendo fagocitada por la Casa Común o más tarde por la Causa Común. Nunca en el PSOE se han encontrado en la situación en la que hoy está, y esa novedad encierra tantos elementos positivos como negativos a la hora de plantearse su vuelta, como el hijo pródigo, a la izquierda que en mala hora abandonó.
Terminar con esa copla -sin el PSOE o con el PSOE los males de la izquierda no tienen remedio- es tarea sobre todo de la nueva fuerza emergente que debe ser doblemente responsable. Por ella misma y por los socialistas. Si el socialismo no cambia de rumbo, se impondrá ese recambio hegemonizado desde, por y para la derecha.
Pero para poder abordar el cambio de los socialistas- premisa indispensable para ofrecer una política de cambio en la sociedad española- Podemos deberá reforzarse como partido superando no pocas de las enfermedades políticas infantiles con la que nació. Su influencia, ya muy importante, se incrementará notablemente en la misma medida que sepa convertirse en el eje políticoteórico de toda la izquierda.
Reintegrar a los socialistas en el movimiento popular, coordinar las izquierdas nacionalistas vasco, catalana y gallega con la española y ayudar a superar la tentación grupuscular aún existente en alguna sigla que parece olvidar que ya Trotsky criticaba duramente al POUM de Andrés Nin por negarse a insertarse en las grandes organizaciones.
De su correcta resolución depende que la involución que amenaza a la sociedad española pueda concretarse o no. El recambio que probablemente se impondrá el 20 de diciembre es inviable dado que se define como contrario a abordar los problemas desde una perspectiva democrática real. Ni la cuestión catalana, ni el pago de la deuda, ni la paz, ni la credibilidad institucional, pueden encontrar una salida al margen o contra cada una de reivindicaciones sociales específicas.
Su inviabilidad conducirá a una gradual dinámica autoritaria, salvo que el movimiento popular, una vez superadas sus propias contradicciones internas anteriormente esbozadas, sepa presentarse a la sociedad española con una alternativa basada en el cambio democrático.
La respuesta a crisis global que vive el Estado español, que resume tanto un pasado irresponsable como prefigura un futuro incierto, exige poner coto a los viejos demonios históricos siempre presentes en la historia de España. Aquí y ahora el cambio no reside tanto en avanzar como, sobre todo, en no retroceder.