Trump: el lado oscuro de la política de (y para) la ciencia
Emilio Muñoz
Profesor de Investigación "ad honorem" del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
Quienes me siguen no se extrañarán de que aborde esta contribución bajo la perspectiva de una visión particular de la filosofía de la política científica, en un momento crítico asimismo para la ciencia.
Trump ha sido una catástrofe para la ciencia y las políticas que promueven su fomento y gestión desde lo público. Trascribo de un texto previo[1]: “… en Estados Unidos la responsabilidad de la política científica reside en el Presidente de la nación con el apoyo de un asesor (Director of the Office of Science and Technology), una personalidad generalmente de altura científica y/o tecnológica, mientras que los presupuestos salen de la oficina del Presidente (OSTP). Ahora un personaje aparentemente contradictorio y sin duda sorprendente como Trump está al frente de esta responsabilidad”, y el nombramiento ha sido una pesadilla.
Empezó tratando de nombrar Director de la OSTP al principio de su mandato pero el nombramiento ha tenido lugar en febrero de 2019 (¡dos años y un mes desde la toma de posesión¡). En la búsqueda ha estado buceando en el terreno de los científicos conservadores y que habían asumido responsabilidades bajo la presidencia de George W. Bush, uno de los presidentes con peores registros en el ejercicio de la política científica en algo más de 70 años. Su elección recayó en Kelvin K. Droegemeier, un meteorólogo especialista en climas extremos y ciberseguridad, procedente de la Universidad de Oklahoma y acreditado en conservadurismo al haber desempeñado puestos directivos con Bush hijo. Su nombre empezó a circular en el verano de 2018 cuando Trump ya había desvelado en el primer presupuesto de 2018 que apostaba por más gasto en defensa que en ciencia y paz.
Tras dos meses de mandato, contamos con una entrevista que la revista Nature ha publicado el 30 de abril[2]. La lectura de esa entrevista es desoladora, el propio título muestra el cambio en las responsabilidades de la OSTP, su desmantelamiento. En efecto el rótulo "El asesor de Trump sobre ética de la investigación, la inmigración y los tuits presidenciales" es prueba fehaciente de la quiebra brutal de una política científica de más de 70 años; la única prioridad es la exploración del espacio y el objetivo estrella colocar un hombre en la luna en 2024 (Jef Bezos, Amazon ya está en ello): el fruto de la obsesión mercantilista con la ciencia de Trump, un empresario ineficiente por cierto.
Lo más preocupante es que el establishment científico parece estar domeñado. Muy pronto, en febrero de 2017 se generó un amplio activismo científico, pero la reacción conservadora de las élites científicas fue notoria (véase referencia 1). Es más duro aun que todo ese circo del nombramiento del asesor haya sido reconocido sin critica, hasta con cortesía, por Rush Holt, presidente de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia(AAAS). Es triste plegarse ante un iletrado científico que “mira el dedo que señala la luna y tuitea a las estrellas”.
Curioso, es un reto que podemos afrontar desde España, un país que adolece de debilidades en su política científica. Hace un año, tras un proceso de reflexión de un grupo comprometido con la ciencia en España nació la Asociación Española para el Avance de la Ciencia en España[3]. Su ejemplo era la AAAS con su trayectoria ejemplar de más de un siglo. Ese nacimiento coincidió con la primera ola de activismo científico frente a Trump.
Quizá ahora este recién nacido debe señalar a su espejo y referencia que la ciencia y su método no deben, no pueden, conciliar nada con la nueva barbarie.
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1. https://www.fundacionsistema.com/activismo-cientifico-la-insoportable-gravedad-de-la-levedad-en-conocimientos/
2. https://www.nature.com/articles/d41586-019-01396-z
3. https://aeac.science/