El fenómeno Trump no fue un accidente, y se puede repetir en 2020
Julián Castro Rea
Profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Alberta, Canadá
La victoria electoral de Donald J. Trump en noviembre de 2016 tomó por sorpresa a la vasta mayoría de politólogos y científicos sociales, que reaccionaron con sorpresa e incredulidad cuando los resultados electorales fueron anunciados.
Quienes supimos que esa victoria era una posibilidad real habíamos observado las tendencias recientes de la política estadounidense, y los motores que la mueven. El trumpismo es el resultado de la convergencia de por lo menos tres factores: ciertos rasgos inherentes a la cultura política estadounidense, la actividad de la derecha, y una estrategia novedosa para hacer campaña política.
La cultura política estadounidense se define por el llamado excepcionalismo, es decir, la percepción compartida por la vasta mayoría de la población de que su país es único, superior, al resto de las naciones del planeta. De esta convicción se derivan ciertos rasgos de conciencia colectiva históricamente constantes: nacionalismo exacerbado, mesianismo, convicción de superioridad moral, racismo, xenofobia, voluntarismo, militarismo, fundamentalismo constitucional.
En su estudio titulado Fascism. Why Not Here? (Potomac, 2009), provocativo sin duda pero impecablemente argumentado y basado en evidencia sólida, Brian E. Fogarty sostiene que en Estados Unidos se identifican elementos similares a los que llevaron a Hitler al poder: romanticismo, nacionalismo, populismo, racismo y autoritarismo. Nótese que la elección de Trump, un líder que en su imagen pública combina todos esos rasgos, sucedió siete años después de la publicación de ese estudio. Sin embargo, Fogarty no fue profeta. Ya desde 1935 Sinclair Lewis, en su novela It Can Happen Here, tomó nota de los rasgos profundos de la cultura política de su país para argumentar que un régimen fascista no era una posibilidad remota. Más cerca de nuestra época Philip Roth, en su novela The Plot against America (2004), y Joe Conason, en su estudio It Can Happen Here: Authoritarian Peril in the Age of Bush (2007), elaboran un argumento similar. Pocos analistas tomaron esas advertencias en serio, hasta que Trump se convirtió en una realidad inquietante.
El segundo factor es de naturaleza institucional. Donald Trump fue beneficiario neto, aunque no intencional, de los esfuerzos concertados que el movimiento de derecha en Estados Unidos desplegó desde la década de los setenta para recuperar la posición hegemónica en el juego político de ese país. Trump aprovechó un vasto movimiento político, institucional e ideológico que inició en su país hace más de cuarenta años, y que ha progresado en olas sucesivas, añadiendo en cada una de ellas nuevos ingredientes para hacerlo más efectivo. Este movimiento político, que para simplificar podemos llamar de backlash (contragolpe), puede dividirse en cinco etapas, que coinciden en términos generales con sendas décadas. Se han escrito libros enteros sobre cada una de estas etapas, las anoto enseguida solamente a título indicativo:
1. el lanzamiento de la política de contragolpe, representado por el “Memorandum Powell” de 1971; que inauguró el esfuerzo concertado para recuperar el terreno perdido por la derecha ante el Estado de bienestar y el keynesianismo, capitaneado por las grandes empresas privadas. Una pieza fundamental de este esfuerzo concertado es la creación de las grandes fundaciones de la derecha (Ollin, Bradley, Scaife Mellon, y sobre todo Koch) para financiar la abigarrada red de think tanks de derecha y para la inserción de esta ideología en el mundo universitario;
2. el surgimiento de la derecha religiosa, con la creación del movimiento Moral Majority (Mayoría Ética) en 1979 y su heredera, la Christian Coalition (Coalición Cristiana) diez años después. Estos movimientos, que apelan directamente a las creencias religiosas como guía de la acción política, le darían un nuevo impulso a la derecha en la década de los ochenta;
3. la negación del cambio climático, que alcanza su clímax en los noventa, con la consecuente divulgación en los rangos de la derecha del escepticismo ante la ciencia en particular y el racionalismo en general;
4. el encumbramiento del neoconservadurismo a la cima del poder político en 2001, con consecuencias mayúsculas para el fomento del unilateralismo, el militarismo y el excepcionalismo en la política exterior de Estados Unidos; y finalmente
5. la irrupción del movimiento denominado Tea Party en 2009, que introduce el fundamentalismo constitucionalista —incluyendo una interpretación absoluta de la segunda enmienda, que autoriza a los ciudadanos estadounidenses a portar armas—, la xenofobia y el populismo como ingredientes adicionales de la mezcla conservadora. Además, el Tea Party consagró la práctica del llamado astroturfing (pseudomovilización popular patrocinada por grandes fundaciones y empresas) para promover causas políticas y manipular a los medios de comunicación.
A pesar de ser ajeno al movimiento de derecha hasta el momento de la campaña electoral, Trump logró montarse en la ola del movimiento gracias al hábil uso del populismo. En su versión de populismo, Trump diseñó al “pueblo” tomando como base los temas del movimiento de derecha. Definió al pueblo como todos aquellos que han sufrido por las transformaciones recientes de la economía, la sociedad y la política en ese país: los desempleados, las víctimas de la crisis de 2008, los veteranos de guerra descuidados por el gobierno, quienes han sido víctimas de crímenes violentos, los hombres blancos heterosexuales, blanco favorito del movimiento identitario, etc. Por extraño que parezca, incluye también en esta definición retórica del “pueblo” a empresarios nacionalistas, de pequeñas, medianas y hasta grandes empresas. Por supuesto, para ser integrante legítimo de este “pueblo” es también necesario haber nacido en Estados Unidos, ser ciudadano de ese país, profesar alguna religión cristiana, y no ser de un origen étnico, cultural o racial sospechosamente diferente al de la mayoría dominante de la población.
La “élite” es ese amplio y difuso grupo humano que se beneficia directamente del statu quo o que contribuye a su preservación: políticos profesionales, beneficiarios de los programas sociales, empresarios globalizadores, líderes sindicales, académicos de izquierda, los medios de comunicación tradicionales, etc. Una vez más, por extraño que parezca son también por exclusión miembros de la “élite” todos aquellos que no cumplan con los requisitos para pertenecer al “pueblo”: los migrantes indocumentados o provenientes de países no cristianos, los refugiados, quienes no han hecho servicio militar o sido miembros regulares del ejército, quienes no idolatran los símbolos nacionalistas del país, etc.
Por lo tanto, en la retórica populista de Trump se trata de darle todo el poder a sus legítimos dueños, el pueblo como él lo define, desplazando a la élite falaz y convenenciera. En esta misión que presenta como heroica, todos los medios son válidos, y la élite no merece siquiera el beneficio de una explicación. Ajeno a los círculos de poder antes de ser presidente, Trump puede presentarse como ajeno a los círculos políticos corruptos, invariablemente del lado del pueblo común. Por eso entusiasmó a todos los sectores anteriormente marginados, que de repente se ven reivindicados y validados con la retórica de Trump; por simplista y etnocentrista que nos parezca.
Finalmente, el tercer elemento es estratégico: el hábil uso de las redes sociales para diseñar mensajes personalizados, dirigidos a simpatizantes potenciales. Por instrucciones del equipo de campaña de Trump, la compañía privada Cambridge Analytica accedió a la información privada de millones de usuarios de Facebook radicados en Estados Unidos. En base a esa información —los “me gusta”, las páginas de internet visitadas, los grupos de conversación, las compras en linea, etc.— la compañía pudo elaborar perfiles de los votantes, a quienes enseguida se les envió propaganda electoral prácticamente personalizada. Se calcula que la campaña de Trump difundió así más de 75 mil mensajes individualizados, adaptados a los gustos, las preferencias y los valores de cada elector. Trump pudo así hacer creer a millones de ciudadanos que pensaba igual que ellos, lo cual naturalmente incitó el entusiasmo por su candidatura el día de las elecciones.
El triunfo de Trump resulta pues principalmente de la alineación de esas tres estrellas: cultural, institucional y estratégica. Tal alineación pasó desapercibida para la mayoría de los analistas académicos y periodísticos, e incluso para los estrategas del partido Demócrata, por lo que no pudieron siquiera imaginar que Trump ganaría, o hacer algo para impedirlo.
Casi tres años después de las presidenciales, la situación no ha cambiado mucho. El sustrato cultural y la fuerza institucional de la derecha persisten e incluso se han reforzado. Si bien el uso estratégico de las redes sociales está ahora más vigilado y restringido, no está excluido que los estrategas republicanos hallen alguna estratagema para difundir su mensaje en internet de manera eficaz. A esta situación se añade la debilidad del partido Demócrata, que no ha logrado crear un consenso programático interno en torno a un solo candidato. A principios de junio de 2019, 25 demócratas aspiran a ser candidatos presidenciales de su partido. Peor aún, no parecen tomar en serio la solidez de los apoyos políticos de Trump.
De seguir así la situación un año más, Trump tomará una vez más por sorpresa a los analistas y será de nuevo presidente en 2020.