¿Cómo combatir el Trumpismo?
Mónica Melle Hernández
Profesora de Economía Financiera, miembro de Economistas Frente a la Crisis y Secretaria General de la Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas
Es difícil que el capitalismo salvaje de mercado nos sorprenda con sus actuaciones a estas alturas de la historia. Pero hay que reconocer que Donald Trump y el “trumpismo” están consiguiendo dar una, o mejor muchas, vueltas de tuerca adicionales a los principios del dios dinero y del todo vale si el resultado es rentable. Ya no es solo la falta de ética y de humanismo la que inspira las decisiones políticas del “imperio”, sino una verdadera ley de la selva, basada en la carencia de escrúpulos, de civilidad y de respeto hacia “los otros”, instaurando un capitalismo de pre-civilización. Con un discurso que encuentra su caldo de cultivo en el populismo de la extrema derecha, y que amenaza con adquirir una dimensión global, que se extiende como mancha de aceite desde el “trumpismo” hasta los gobiernos de ultraderecha en diferentes países europeos.
La socialdemocracia, inmersa en unos fundamentos éticos que están en su propia naturaleza, se encuentra ante la perplejidad de abordar el nuevo escenario ante el que no valen las respuestas de siempre, porque ya ni siquiera se admite que haya preguntas a responder. Y con el agravante de que las recetas equivocadas empleadas para la salida de la última gran recesión, basadas en el “austericido”, han dificultado el inicio de la recuperación, han aumentado las desigualdades y han provocado una desconfianza creciente de la ciudadanía en los partidos políticos y en el sistema de democracias representativas.
Las máximas neoliberales sobre las “ventajas” de reducir impuestos apostando por el individualismo y la merma del Estado cada vez reúnen más adeptos, incluso entre la clase media –ahora empobrecida tras la crisis-, votantes habituales de izquierdas. Durante los últimos años gobiernos socialdemócratas no han logrado que el sector público cumpla alguno de sus objetivos prioritarios: contribuir a una distribución equitativa de la renta y de la riqueza, y colaborar al logro de una senda de crecimiento estable de la economía. Ni a través de la regulación, ni a través del sistema tributario.
Y en esa situación, tal vez haya que volver a las raíces del sistema para que los ciudadanos recuperen la confianza en las políticas progresistas, de forma que el sector público contribuya activamente al crecimiento estable de la economía y a la reducción de las desigualdades. Que vuelva a ser un elemento esencial que fomente la innovación tecnológica y dinamice la economía. Que, ante iniciativas privadas recelosas de la inversión en intangibles como la formación y la innovación, el sector público no sólo sea subsidiario, sino que asuma riesgos y dirija el desarrollo de las principales tecnologías actuales. Cuestión que, paradójicamente, siempre se ha entendido en los EEUU pre-Trump, paladines del liberalismo, con un sector público que ha sido el verdadero emprendedor, innovador y desarrollador de alguna de las principales tecnologías actuales, en concreto las de la información. Desgraciadamente, eran otros tiempos, en los que no se habría admitido una "emergencia nacional", como la que ha declarado Trump en el sector de las telecomunicaciones, para prohibir a las empresas tecnológicas chinas Huawei y ZTE operar en su mercado, ante la guerra tecnológica y comercial con China.