Trump, regeneración conservadora y señas para una nueva izquierda
Lorena Fréitez Mendoza
Psicóloga Social y Analista Política. Doctoranda en Ciencias Políticas y de la Administración (UCM). Activista de movimientos sociales en Venezuela.
Trump lidera una estrategia que, siendo revolucionaria, funciona para afrontar el problema de la regeneración de las élites conservadoras. Las ideas de igualdad política y libertad de elección de todos los individuos que traducían democracia, han quedado vaciadas de eficacia para un liberalismo que ya no es capaz de gestionar políticamente su conflicto estructural: la desigualdad económica. La legitimidad del dominio capitalista está seriamente cuestionada y estas élites lo saben. Trump lidera una cruzada ideológica para producir un nuevo campo político que legitime estas brutales formas de dominio económico a nivel global.
No solo se trata de preservar a Estados Unidos como primer hegemón global, también se trata de construir una justificación que permita explicar por qué debe continuar el liderazgo de las élites económicas en la conducción de los gobiernos. La democracia es un campo minado por la economía.
Carl Schmitt, en “El concepto de lo político”, explica que un “centro de gravedad ideológica” pierde capacidad de controlar la esfera de lo político cuando deja de cohesionar. La pretensión de usar la técnica y la economía como “núcleo espiritual” o cultural provoca una “muerte cultural” que deriva en angustia e incertidumbre y en la ruptura de los anclajes de la cohesión social. Lo económico no cohesiona. Al referirse al mero interés individual sustrae el soporte de la construcción política.
Cuando la eficiencia económica ya no es creíble y ya no hay nada que le de un sentido a lo social, surgen “masas ajenas y hasta hostiles a la cultura y al gusto tradicionales” porque la sociedad ya no se entiende. Ante esta circunstancia, las élites entran en pánico cultural en tanto resulta amenazado el statu quo que sostiene las jerarquías que las privilegian. El miedo a que se desdibuje esa “conexión inaparente” que define la organización social vigente, se cristaliza en reacción -en tanto vuelta a formas regresivas del poder-.
La revolución conservadora en Estados Unidos que hoy lidera Donald Trump, puede explicarse como una reacción de las élites ante el pánico cultural que genera el cuestionamiento de las masas a las bases culturales que articularon a la sociedad capitalista. Sin embargo, este es un argumento incompleto sino explicamos que las élites no sólo reaccionan por pánico cultural, lo que esta estrategia denota es una comprensión clara de que, frente al desgaste de la economía, se está buscando controlar el siguiente “centro de gravedad ideológico”. Allí donde la política se está desplazando. Para esta estrategia es claro que no hay posibilidad de renunciar a la política, con lo cual, si la economía ya está inevitablemente desprestigiada para servir de referente político, habrá que controlar una nueva esfera de conflicto donde la política, por defecto, va a reaparecer. Trump está conduciendo el desplazamiento de la política a un nuevo lugar.
En el mismo momento que los demócratas buscaron reducir el conflicto político que la economía capitalista produce, a través de una peligrosa combinación entre neoliberalismo y progresismo, apostando a lo que Nancy Fraser denomina como “neoliberalismo progresista” (abandono de las luchas contra la desigualdad económica y focalización en luchas identitarias por derechos civiles de las minorías), generaron una implosión política de la democracia liberal. Los demócratas eligieron bajar los brazos ante la resolución del conflicto central que aqueja a las mayorías y se decantaron por fingir avances en la libertad de las minorías. Los demócratas empujaron el conflicto real, la política, hacia otro lugar.
Ese nuevo lugar donde la política se teje, aún sigue en disputa. El nuevo conservadurismo ha decidido que la política ha de ser capturada en el campo moral. El “choque de civilizaciones” que anunciaba Samuel Huntington en 1993, dibuja los nuevos códigos de conflicto: la religión, la ética, las costumbres.
El periodista Thomas Frank, en su libro “¿Qué pasa con Kansas?”, describe con mucha claridad cómo la estrategia conservadora se articula en torno a una guerra moral. La discusión programática o más ideológica queda desplazada por una discusión en términos de valores y estilos de vida: no se trata de una lucha de ricos contra pobres, sino de una guerra moral entre buenos y malos, donde los buenos son la “gente corriente”, americanos auténticos, y los malos, las élites impostadas, “afrancesadas” o demasiado refinadas que, con su “progresismo” y “desviadas” apuestas por el aborto y la homosexualidad, desprecian a la verdadera cultura americana.
En esta guerra, la cultura pesa más que la economía como asunto de interés público: los valores importan más. La clave es hacer de la sociología progresista un agravio a la moral de la gente sencilla y originaria, y con esta operación desplazar la lucha de clases. Evidentemente, la operación de sobrevivencia de las élites conservadoras implica subir la intensidad del conflicto. Provocar (para administrar) el surgimiento de la política a través de un estilo populista que construye dos campos antagónicos que se cifran entre una élite abstraída de las masas y el pueblo. Esta élite (la progresista), sobre todas las cosas, es la culpable del socavamiento de las bases de la cultura no porque apueste por otro proyecto societal, sino porque es soberbia.
Esta operación se podría entender como una simplificación del conflicto político por la vía del registro moral: buenos y malos. Sin embargo, realmente lo que hace es ensanchar el campo de la política. La política lo inunda todo, lo privado como el espacio privilegiado para la independencia moral del individuo, se vuelve objeto de debate y de decisiones públicas. Siendo el lugar privilegiado de la actual disputa político-ideológica. En este tipo de política, los estilos de vida, los gustos, las preferencias, las costumbres y el deseo es materia central de conflicto. La política opina de todo y se vale de todo.
En este marco, la incorrección política se convierte en un dispositivo de provocación política para generar un conflicto o una crisis que desplaza la diatriba política a un lugar controlado por los conservadores: los códigos de la conducta individual, la forma de organizar la familia, los gustos culturales, la gastronomía popular son el sello de lo auténtico, la raíz, la única esencia sobre la que se puede reconstruir una sociedad en crisis. Cada línea roja traspasada supone mover los límites normalizados de una organización de lo social que se declara fracasada: la sociedad progresista-neoliberal. Los conservadores levantan un frente moral junto a las mayorías más empobrecidas contra el frente de los derechos civil de las minorías, de los progresistas.
Los indicadores de popularidad de Donald Trump en mayo 2019, tres años después de su triunfo electoral (46% de aprobación), así como la victoria política de Jair Bolsonaro en Brasil, comienzan a mostrar signos de la eficacia de esta estrategia para conquistar a los excluidos, las mayorías trabajadoras, del sistema. Esto si bien es una mala noticia para la izquierda porque deja en evidencia sus errores estratégicos, también señala claramente las nuevas tareas del progresismo.
La derecha ha señalado que el discurso de la izquierda de los años 40, que reivindicaba el importante lugar del sujeto obrero como motor de la sociedad, sigue siendo un discurso políticamente potente, si sabe remantizarse en nuevos marcos. También, que los hábitos y formas culturales de las clases populares, si bien pueden ser reproductoras del statu quo y en este sentido ameritan trabajo político para su transformación, exigen respeto y empatía como condición para convencerles de nuevas formas de organización social y representación cultural. No todo regreso al pasado se lee por las mayorías de forma negativa, después de todo, el futuro requiere de una versión del pasado para emerger. Los conservadores han canalizado sus esfuerzos en construir un horizonte de futuro sobre la base de una reconstrucción particular del pasado, hecha sobre la base de la reapropiación de discursos ya abandonados por la izquierda.
Hoy la izquierda no puede dejarse arrebatar sus banderas históricas de lucha, ni puede renunciar a los tradicionales sujetos obrero y campesino como sujetos de cambio. En definitiva, se trata de teorizar junto a ellos las reconfiguraciones que el capitalismo ha producido sobre sus vidas y empujar respuestas colectivas desde esa experiencia. Si bien las luchas identitarias han sabido diversificar las esferas del conflicto político sumando nuevos sujetos, las clases populares siguen ocupando y decidiendo el epicentro de la política, la derecha consigue sus victorias electorales justo por la derechización del proletariado. Aún así, el conflicto económico sigue estando desplazado del conflicto político que promueven los neocons, con lo cual sigue siendo un espacio disponible para que la izquierda lidere una disputa política real por las clases populares, en esferas donde la derecha tendrá más difícil contraargumentar.
Hasta ahora, los neocons han encontrado una manera eficaz de justificar por qué siguen siendo los mejores para liderar la conducción de los gobiernos más importantes del mundo: son los que más orden pueden ofrecer, garantizan producción de riqueza aún cuando su redistribución sea pésima, pero, sobre todo, son los protectores de esa eticidad en la que las mayorías se sienten a gusto, valiosas de sí, libres de poder elegirse, sin más, como protagonistas de la política. El reto hoy es cómo hará la izquierda para explicarle a las mayorías que no sólo es la mejor garante de los intereses materiales de las mayorías, sino que también defiende y respeta sus esencias. Por más que la reactivación del conflicto económico pueda recentrar a la política, la esfera cultural y moral ha sido la paja que encendió la pradera y allí también habrá que ganar.