Trump: el outsider reaccionario
Ignasi Gozalo-Salellas
Vivimos con estupor, en mi caso desde la misma Nueva York, las elecciones del 2016 en que el outsider Trump se imponía, contra pronóstico, a todas las encuestas y cálculos de las élites políticas y mediáticas: una derrota clara ante la candidata del sistema, Hillary Clinton. Hoy, superado el ecuador de su primera legislatura, nadie se atreve a afirmar que el fenómeno Trump sea simplemente un error del sistema. Porque es, y de hecho lo fue siempre, parte del mismo.
Para entender el personaje y su performance política y mediática, hay que mirar a la sociología. En 1965 Norbert Elias publicaba un texto revolucionario (The established and the outsiders: A Sociological Enquiry into Community Problems) que hoy nos puede servir para aplicar en un contexto diferente pero bajo unas lógicas similares. En ese texto, Elias habla del forastero como una figura construida por el sistema. En nuestro caso, nos encontramos ante una autoconstrucción de la figura, por oposición a un sistema político y económico que ha dejado fuera a una parte importante de la antigua clase media estadounidense. Para lo bueno o para lo malo, ejerce de outsider. Su enorme capacidad de resilencia ante el establishment —veáse la última acusación de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, en que sitúa el fantasma del impeachment al presidente encima de la mesa— es directamente proporcional al incumplimiento de sus promesas y al devaneo estratégico de su acción política —sale del Acuerdo de París contra el cambio climático, recorta impuestos, pretende construir el muro y traslada embajadas como fuegos de artificio, pero no desarrolla nuevas infraestructuras, no abandona la OTAN y se replantea la pertenencia al TTP (Asociación Transpacífico). En ambos sentidos de su acción, se impone siempre su pulsión reactiva, contrario a la ley de lo común.
Sin embargo, en voz baja, los mercados le aplauden, y esto en el país en que el mercado es, tristemente, el indicador democrático. Tal vez lo anómalo no sea Trump sino el modelo de democracia que el último gran imperio, Estados Unidos, ha construido como propio. No parece ser el fin del capitalismo, como algunos optimistas afirman (David Harvey, Richard Wolff, entre otros), ni tan siquiera del periodo de desarrollo neoliberal, sino el fin del capitalismo burocrático. En Trump están varios de los indicadores de esta mutación de piel: del anonimato globalizador se vira hacia un capitalismo con rostro propio, representado por figuras singulares que capitalizan el odio de algunos y proyectan el ascensor aspiracional en otros. Payaso, le llaman unos; otros le tratan de genio. Muchos le acusan de estafador; otros de emprendedor. Los que estudiamos en la Universidad de Pennsylvania sabemos de las sospechas que su título académico provoca; sin embargo, para muchos es un oneself made man, un hombre hecho a sí mismo o incluso un winner.
Trump es arquetipo de lo nuevo más viejo: el nuevo millonario. En él recae, pasado por lo kitsch, el mito del éxito individual, ese gran objeto de deseo del capitalismo del siglo XXI. Él encarna el paso de un capitalismo anodino, anónimo y burocrático al de la velocidad, la banalidad, la acumulación y, sobre todo, la sobreexposición. Sin Twitter, desde el que mentir y humillar groseramente a cualquier forma de identidad diferente a la WASP (White Anglo Saxon Protestant: el blanco de origen anglosajón y de tradición potestante, expresión a la que deberíamos añadir la “M” de man), ya sean mujeres, homosexuales, ciudadanos de segunda, otras formas de fe religiosa, países del hemisferio sur; pero sobre todo sin su poder financiero, Trump sería inofensivo.
Por ello, en un volumen de pronta aparición que hemos editado con Álvaro Guzmán-Bastida y Héctor Muniente (El síntoma Trump, Lengua de Trapo), definimos su impronta no como un efecto sino como un síntoma: anticipó en 2016 el sello reaccionario, machista e incorrecto que inunda hoy los escenarios de la política y la economía global. Síntoma y a la vez metáfora de nuestro tiempo, no por populista sino al revitalizar el viejo orgullo blanco, masculino y autoritario, Trump no es otra cosa que una forma poco polite, educada, de elitismo.
Trump es solo en algunos detalles una figura equivalente a los líderes políticos populistas del mapa global (pensemos en figuras consolidadas como Bolsonaro, Salvini, Orbán o Le Pen, precedentes en Holanda y Austria o incipientes en Alemania y España misma). Trump juega, despliega un modelo económico-político, mientras que los demás encajaron en un momento político-social determinado para extremarlo o agudizarlo. Si Orbán se proyecta como un neofascista, a imagen de los nefastos liderazgos en la Europa del primer tercio de siglo XX, Trump no pretende otra cosa que ser una reformulación posmoderna y fraudulenta de figuras como William Randolph Hearst, John Rockefeller o Henry Ford. Para la historia queda la campaña digital trumpiana de las elecciones del 2016, en que cada ciudadano estadounidense se convirtió en un potencial cliente de un nuevo producto llamado ‘Trump’. Trump no responde al pueblo, sino que le trata como cliente.
Sin embargo, me gusta pensar en Trump también como revulsivo. Su llegada al poder pretendió sellar el modelo liberal y deliberativo de democracia. No es una tarea fácil, pero parece evidente que las nuevas formas de oposición política a Trump no pueden perpetuar el modelo corporativista del Partido Demócrata. Es por ello que nunca desde la Segunda Guerra Mundial había habido tantas alternativas políticas de izquierdas en Estados Unidos, un país marcadamente bipartidista. Si la apuesta para frenar a Trump es Joe Biden, la derrota puede ser clamorosa. Si la apuesta es arriesgada, con figuras ajenas al tradicional poder de lobbies y grandes intereses, se puede perder o ganar pero hacerlo contraatacando. La lucha se debe dar en el mismo terreno de la excepcionalidad política. Me temo que solo un outsider de verdad —pensemos para el futuro en Alexandria Ocasio-Cortez: mujer, de origen inmigrante, de clase trabajadora, de ideología socialista, activista en favor del medio ambiente y figura empática— puede vencer al outsider hegemónico, blanco, hombre, reaccionario, millonario y sin ideología. Hay que saber jugar las cartas del momento que Trump ha tomado prestado. Y ganar la partida, claro.