Recuperar los derechos perdidos
Carlos Berzosa
Catedrático emérito de la Universidad Complutense. Presidente de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR).
Las relaciones laborales en los países desarrollados han sufrido cambios significativos en las cuatro últimas décadas. Estos cambios no han ido en la dirección de mejorar las condiciones laborales y los salarios, sino que han supuesto un retroceso en los derechos de los trabajadores. Las consecuencias han sido un aumento de la desigualdad y precarización del trabajo. Esta tendencia ha sido general en prácticamente todos los países más ricos, pero hay diferencias entre ellos. Estas diferencias dependen de la legislación laboral existente en cada país, así como de la estructura productiva.
En España, la desigualdad y la precarización han alcanzado cotas muy elevadas que superan a las que se dan en otros países pertenecientes al mundo rico. De los cambios habidos dan buena cuenta Ignacio Muro y Antonio González en la ponencia que sirve de apertura a este debate. Cada reforma laboral que se ha hecho, y ya son bastantes, ha supuesto un empeoramiento de las condiciones laborales y una creciente flexibilización del mercado de trabajo. Aún así hay bastantes economistas que siguen preconizando más reformas en este mercado al que culpabilizan del excesivo paro que hay en nuestro país. Sin embargo, si contemplamos las cifras de paro estas son muy desiguales entre las Comunidades autónomas, mientras que la ley es igual para todas ellas. Esto conduce necesariamente a plantearse que el problema no está solamente en el mercado laboral, sino que depende en gran medida de la estructura productiva y el nivel de desarrollo alcanzado por cada Comunidad.
La tendencia general que se da responde a mi modo de ver a dos cuestiones: la teoría que sirve de soporte a este progresivo deterioro, y a los cambios sufridos en la economía mundial desde los años ochenta del siglo pasado. La evolución de la economía de posguerra se puede dividir en dos periodos, el que va de 1945 hasta 1973 y el que abarca desde entonces a la actualidad. La economía española no responde a este patrón en el primer periodo pues la dictadura franquista no tiene nada que ver con las pautas de los países avanzados. Nuestra incorporación a los comportamientos seguidos en el mundo desarrollados es tardía y llega con la restauración de la democracia, justo en la crisis de los setenta y cuando se va a producir un punto de inflexión que supone una sustitución del paradigma dominante, así como en los cambios estructurales que se van a dar desde entonces.
Un punto de partida para entender este cambio teórico y la consiguiente aplicación de las políticas económicas que van a seguir esta línea es a mi modo de ver el artículo publicado por Kalecki en 1943 “Political Aspects of Full Employment” y que se puede encontrar en versión en castellano en la Revista de Economía Crítica, nº 12, año 2011 con una introducción de Nutti, que pone de manifiesto la vigencia del análisis de Kalecki. En dicho artículo Kalecki plantea que el sistema capitalista genera paro y la única forma de alcanzar el pleno empleo es con la intervención estatal y el uso del gasto público. Sin embargo, esto tiene la oposición de los capitalistas. Considera que hay tres razones: a) Su aversión genérica a la intervención gubernamental. b) Su aversión a las direcciones concretas de la intervención estatal) Su aversión a los cambios sociales y políticos resultantes del mantenimiento de la plena ocupación.
Durante el primer periodo de la economía de posguerra estas aversiones quedaron ocultas como consecuencia de factores políticos, como la división de Europa en dos sistemas económicos diferentes y enfrentados, y la fuerza que alcanzaron los sindicatos y partidos de izquierda. A su vez se consiguió un elevado crecimiento que produjo el pleno empleo, compatible con una mejora en la distribución de la renta y riqueza. La tasa de beneficios aumentó o se mantuvo estable como consecuencia del auge. Esto se acabó en la década de los setenta y es entonces cuando esa aversión de los capitalistas surgió en todo su esplendor. La teoría económica que emergió entonces y que se iba a convertir en dominante sirvió de sustento a esta aversión y el pleno empleo ya no se vuelve a conseguir. Había que acabar con los cambios sociales y políticos que se dieron como resultantes del pleno empleo.
A su vez se produjeron cambios importantes en la estructura económica mundial. Se potenció la globalización neoliberal y las finanzas adquirieron una hegemonía sobre la economía productiva. Se logró un sistema en el que la obtención de ganancias rápidas y cómodas se impusieron dando lugar a crecientes procesos especulativos. La industria se deslocalizó hacia países con salarios más bajos, largas jornadas de trabajo y nulos o escasos derechos laborales. Además, las tecnologías de la información y la comunicación y la digitalización han modificado sustancialmente las relaciones laborales. Todo ello debilita, aún más si cabe, el poder de los sindicatos en la negociación. Mientras que se refuerza el poder de los grandes capitalistas que actúan a nivel global.
En este contexto adverso hay que actuar cara al futuro para lograr acabar con la precarización, y la creciente desigualdad. El modelo neoliberal condujo a la crisis que se desencadenó en 2007/2008. No se produjeron cambios ni en el paradigma dominante ni en las políticas económicas seguidas. La austeridad y los recortes fueron la norma a seguir para conseguir la recuperación económica. Como consecuencia de ello las economías han quedado debilitadas para hacer frente a la pandemia. Es posible que tras la pandemia todo siga como antes, pero también puede haber una posibilidad para el cambio, pues si no es así se cumplirá el título del libro, recientemente publicado, de Chomsky y Pollin, Cambiar o morir (Clave Intelectual, 2020).
El mercado laboral tiene una especificidad y particularidad propia pero no es independiente de las tendencias de la economía ni del paradigma dominante. Esto es lo que he tratado de poner de manifiesto para no pensar que se pueden hacer reformas ajenas a estos procesos, debido a que las diferentes partes de la economía son interdependientes unas de otras.