El cambio que necesitamos: de la supervivencia en lo individual hacia la planificación de lo colectivo.
Teresa López Soto
Profesora Titular en la Universidad de Sevilla en el área de Lingüística Computacional. En la actualidad en CCOO Universidad
En neuropsicología se acepta el principio de que cuando recibimos una sobreestimulación (es decir, exponemos nuestros sentidos a demasiados estímulos externos a la vez), una reacción típica es desarrollar síntomas de ansiedad o estrés. A menudo, el individuo cierra los canales de comprensión de la realidad exterior porque no le es posible focalizar en el estímulo real pertinente. Es decir, cuando somos bombardeados desde fuera, nos radicalizamos en nuestra introspección y tendemos a alejarnos de nuestro entorno social, encerrándonos en nosotros mismos. Así es como funciona nuestro cerebro, empeñado en sobrevivir a costa de lo que sea. Trasladando esa idea al contexto social que nos ha tocado vivir por esta crisis sanitaria y económica, con su bombardeo constante de información a través de los medios de comunicación y las redes sociales, no es de extrañar que, tras la salida de esta crisis, estemos más aislados y seamos, por tanto, más vulnerables.
Pero, aunque nuestro cerebro esté programado para proteger las constantes vitales por encima de todo de manera que logremos integrarnos en nuestro entorno más biológico (individual), también es cierto que, en su evolución, hemos sido capaces de desarrollar competencias mucho más avanzadas de manera que nos hace integrarnos en nuestro entorno más social (colectivo). Como seres vivos, hemos logrado una capacidad de análisis desconocida en el resto de las especies que favorece la interacción con el grupo, con la capacidad incluso de cambiar los modos y estructuras de esta interacción social. Evolutivamente, siempre hemos oscilado entre la competencia y la cooperación. No se entiende ninguna civilización en equilibrio sin ese, a su vez, equilibrio de competencia y cooperación.
Miremos entonces ahora hacia el modelo que hemos tenido en nuestro país después de la crisis de 2008, las Reformas Laborales de 2010 y 2012, y analicémoslo en relación a la apuesta que podemos realizar como alternativa en favor de la competencia o la cooperación en un contexto, además, de nueva crisis sanitaria y económica y la llegada de los fondos de recuperación europeos. Hagámoslo desde una mirada crítica, sin introspección y marcando estrategias.
Las Reformas Laborales de 2010 y 2012 flexibilizaban al extremo el mercado laboral y descentralizaban la negociación colectiva con el convencimiento de que desaparecería el desempleo. Era el pago a cuenta a cambio del rescate financiero. Estas reformas facilitaron la flexibilización exclusiva por parte del empleador, con muchas empresas aligerando costes a base de subcontratas o compitiendo en mercados abaratando costes salariales o de contratación. La obsesión por orientar la política empresarial hacia la reducción de costes es, además, incompatible con el impulso de la inversión tecnológica y la innovación, prácticamente inexistente en nuestro país con una estructura empresarial constituida, fundamentalmente, por microempresas, con poco margen para esa innovación tecnológica. La Reforma Laboral fracasó no solo porque no logró frenar el desempleo, sino porque no tuvo en cuenta que existen otros factores para el crecimiento económico: el comportamiento de la demanda o la composición sectorial de la economía, por poner un ejemplo.
Esta doble fórmula que conjuga, por parte del Estado, poco compromiso hacia la elaboración de acuerdos estructurales negociados y, por parte de la empresa, el abaratamiento de costes salariales y de contratación, es incompatible con nuevas formas de organización y flexibilidad del trabajo que tendrían que ser convincentes para las trabajadoras, capaces de eliminar trabajo precario, y atractivas para captar talento, aspectos estos, por otra parte, imprescindibles para desarrollar productividad con valor añadido. Los postulados que defiende la Reforma Laboral inciden en esa visión empresarial individualista, dependiente de las imposiciones de mercado en un contexto global donde la economía española se mueve en la periferia de los servicios. Incentivan una gestión de competencia por costes, incluso costes laborales, que descapitalizan las empresas y las vuelve vulnerables en el medio y largo plazo.
Sin la modificación de estas políticas, difícilmente podremos saltar hacia esferas superiores de base tecnológica que puedan brindar mejores posibilidades y crear más ventajas tanto para el capital como para la fuerza del trabajo. Necesitamos, por tanto, instituciones que incentiven una competitividad empresarial virtuosa, que auspicien la cooperación con el factor trabajo y, por tanto, la implementación de nuevos modos de producción y organización más racional y productiva. En otras palabras, debemos incentivar a nuestras empresas a competir a través de la mejora de la productividad y no de la reducción de costes, como favorecen las reformas laborales de 2010 y 2012.
Solamente si somos capaces de focalizar nuestra atención en la dirección correcta estaremos en disposición de aprovechar los fondos europeos para lograr el objetivo de un cambio de modelo productivo y una orientación hacia la revolución digital y la sostenibilidad de los recursos naturales. De otra manera, difícilmente lograremos romper el desgraciado marco de desempleo y la precariedad laboral que hemos consolidado en los últimos años. Para este cambio, evidentemente, el país debe contar con uno de sus puntos fuertes, como son la I+D que se realiza en sus universidades y organismos públicos de investigación, o la formación superior especializada.
Si miramos hacia fuera, nos encontramos que Francia blinda su I+D y su sanidad, que Reino Unido rescata a sus universidades o que Alemania mantiene sus tasas universitarias gratuitas. Todo ello, posiblemente, para proteger los recursos que les permitirán mantenerse en el sector tecnológico al que pertenecen. Nuestro país debe garantizar ese cambio de modelo productivo, con instituciones que fomenten la competitividad basada en la innovación, que además requiere cooperación, si realmente quiere ser protagonista de la recuperación económica que ya se está gestando.
Esta crisis sanitaria debe ser un estímulo lo suficientemente importante como para comprender que el individualismo, la mirada exclusiva en el mercado, la competencia por costes laborales, la defensa de los intereses particulares de las empresas en detrimento del factor trabajo, la falta de decisiones políticas estructurales que fomenten esa competitividad virtuosa basada en la innovación y la cooperación son obstáculos para producir el cambio que se nos exige en el escenario de recuperación. No corramos el riesgo de desaprovechar la oportunidad de cambio ni los fondos europeos.
De la supervivencia urgente y embrutecida que exige extraer masivamente y explotar los recursos naturales, deteriorando irreversiblemente nuestro entorno y a nuestros trabajadores, reduciéndonos a la precariedad, incentivando a los mejores a emigrar, debemos transitar a fomentar e incentivar la competitividad virtuosa. Y esta requiere innovación y la innovación requiere cooperación. Pese al espejismo individualista de la autoprotección, del que no necesita a nadie más que a sí mismo, del egoísmo compulsivo de aprovecharse del que es aún más débil, lo que verdaderamente nos protege en un mundo tan complejo es la cooperación. Con suerte, evitaremos ese crecimiento del individualismo para reconstruir el colectivo: de lo privado, a lo público; de la supervivencia, a la planificación. Solo necesitamos mirar en la dirección correcta.