La paradoja de la Torre de Babel y el síndrome de la sabiduría
Francisco Muñoz Gutiérrez
Pensionista: Epistemólogo, periodista y empresario
Con la pandemia parece que estamos reviviendo el segundo libro del éxodo a la espera del pan enviado por Dios. La antigüedad lo llamaba «maná», luego en el siglo XX Milton Friedman sustituyó a Dios por un helicóptero, y ya en el siglo XXI los bancos centrales digitalizaron a Dios bautizando el maná con el eufemismo de la «expansión cuantitativa». Una expansión que se anuncia hoy en Europa bajo el calificativo de «fondos europeos anticrisis».
Conforme esos fondos se van acomodando en la ontología de lo real, voces de todo tipo colman el espacio. Todas son igual de relevantes, y todas coinciden en su particular trascendencia. El idioma no importa, pero los intereses pugnan en un galimatías gigantesco de normas y reglas que recuerdan las viejas tablas de Ptolomeo. Y todo bajo el mantra de la separación del trigo y la paja, o lo que es lo mismo; de la inversión y el gasto.
Es por ello que la «inversión», en interés de parte, se presenta siempre como de interés general, mientras que el interés de «los otros» se presenta como la cizaña del gasto. Así la CEOE reclama su propia relevancia por encima del gasto fiscal en infraestructuras, y todos los sectores empresariales reclaman, a su vez, la importancia de su propia actividad en el engranaje económico construido sobre el principio de la renta de plusvalía, o beneficio.
Nadie en España duda que la derecha repartiría el maná entre los ricos; pues ellos representan en la tierra el mito del éxito en los cielos. Ellos son el trigo con el que se cuece el pan del beneficio. El resto son el servicio y los comensales de esta santa cena; todo gasto.
¿Hacia dónde dirigiría la izquierda española el maná? En un principio parece que al servicio, pues son ellos los que constituyen las piezas clave del engranaje. Pero el servicio es el imperio de los ricos inversores; el engranaje desde el que se extraen las plusvalías.
Un engranaje que tiene perfiles muy diferenciados en los distintos territorios tanto de la Unión Europea, como de España. Por eso los países «frugales» pusieron la condición de no cambiar las estructuras del statu quo actual. Se trata, pues, de un discurso de intereses, sobre el que no cabe entendimiento posible; solo imposición.
Así regresamos, de súbito, a la casilla de salida, al «génesis», redescubriendo ahora el mito fundacional de la Torre de Babel como la paradoja de los importantes. Todo el mundo puede hablar, pero solo los intereses construyen entendimiento. Es decir; lo importante para todos es lo importante que los importantes imponen como importante.
Sin duda lo importante tanto para el modelo productivo, como para el paradigma de las relaciones laborales, no es la productividad, sino la tasa de beneficio en el retorno de la inversión. Este es el principio básico del orden capitalista y neoliberal. Se trata, pues, de un orden jerárquico secularizado en torno a la mística del individuo libre como antítesis del colectivo social. Una mística que ha terminado fagocitando al Leviatán hobbesiano para dar paso a la hidra corporativa del siglo XXI.
Desde el rescate bancario, la figura del Estado se ha convertido en una institución que no representa los intereses colectivos, sino que está al servicio de los grandes intereses corporativos. En este territorio, el mapa de intereses europeos apenas señala la presencia de las corporaciones españolas, y el sur solo interesa por el colonialismo turístico y sus bajos costos laborales.
Tanto para la derecha española, como para la izquierda felipista, el turismo representa el nirvana alcanzado por la transición. No obstante, la pandemia ha pinchado duramente esta burbuja vislumbrando ya el horizonte del cambio climático.
¿Tiene fundamento discutir el incremento de la productividad, la automatización, la digitalización o los cambios pertinentes en los modelos empresariales y sus concomitantes relaciones laborales? Solo competir con los centros de investigación de Alemania requiere una reforma en profundidad de la universidad española, porque no basta con la cultura del título como único fundamento del síndrome de la sabiduría que jibariza la complejidad mediante una gigantesca torre de constructos cada vez más alejados de la realidad.
Por otro lado, la izquierda del reformismo keynesiano parece haber sucumbido ante el empuje de la hidra corporativa porque ya apenas le queda Estado más allá de la figura de los cuidados paliativos a la población que nutre a las corporaciones de empleados y consumidores. Educación, Sanidad y Servicios sociales parecen ser los únicos instrumentos institucionales de relevancia de la izquierda actual. Ni siquiera la vivienda pública se perfila ya como solución a los ocupas, los desahucios o la precariedad. Mucho menos como medida keynesiana contra el desempleo.
Cambiar el mundo del trabajo y las relaciones laborales exige cortar la hidra de las corporaciones y resituar al Estado en el centro de la dimensión colectiva de la sociedad bajo la ley gravitacional de la armonía social. Todo lo demás reproduce el síndrome de la sabiduría del tuerto en el país de los ciegos.