El futuro del empleo, más allá del empleo
Julen Bollain
Economista
Decía Federico Mayor Zaragoza en su intervención en este debate de Espacio Público que “hace 25 años las industrias, ya automatizadas en buena medida, tenían operarios que ‘vigilaban’ cada cuatro o cinco máquinas. Hoy tienen robots. A los robots, también hace poco, los supervisaba una persona. Hoy lo hace un código de barras”.
Y es que gran parte de los estudios actuales nos muestran que a futuro se dará una destrucción neta de empleo. Para 2025 alrededor del 25% de los trabajos de fabricación serán realizados por robots, mientras que en el año 2015 este porcentaje era tan solo del 10%. Y aunque muchas veces cuando hablamos de robots en la economía nos viene a la mente una cadena de montaje típica, esta transformación va mucho más allá (profesorado, taxistas, cajeras, trabajadoras de banca, atención al cliente, agricultores…). Incluso se han realizado estudios en los que alumnos y alumnas interactuaban a través de un ordenador con un robot y con un profesor y luego calificaban a cada uno. Paradójicamente (o no) en algunos de dichos estudios el robot fue mejor calificado que el ser humano.
Ya en la actualidad cerca del 30% del total de las tareas laborales son realizadas por máquinas. Los robots están llegando a todos los sectores de la economía y muchos millones de empleos a nivel mundial desaparecerán a la vez que nos dirigiremos hacia un mercado laboral donde el capital humano básicamente estará dirigido a la realización de trabajos súper cualificados.
Este avance en la economía presenta la cruz y la cara de la misma moneda. Es decir, en un futuro cercano se dará, al mismo tiempo, una gran destrucción de empleo junto a un incremento en la productividad.
Tradicionalmente, el desempleo ha estado fuertemente ligado a los ciclos de producción. Sin embargo, aunque el desempleo en el futuro seguirá vinculado al ciclo económico, también estará fuertemente ligado a la distribución del empleo. Por ello, es impepinable la necesidad de buscar soluciones que nos permitan repartir el empleo existente de una forma justa. Si no lo hacemos de forma justa corremos el peligro de que, como la riqueza, la mayor parte del empleo existente se concentre en unas pocas personas.
Era Zygmunt Bauman quien decía que pasamos del pleno empleo al desempleo y que, ahora, nos encontrábamos en la redundancia. La redundancia significa que no eres necesario, por lo que ya no contiene la promesa del pleno empleo. En una sociedad en la que el pleno empleo no se da más que en los libros de historia económica, este reto es va mucho más allá que el mero futuro del empleo y nos hace repensar aspectos muy diversos.
Y es que nuestros sistemas de protección social están fuertemente vinculados a la activación de las personas y la creación de capital humano. Es más, muchos de nuestros derechos pasan por tener un empleo. No obstante, parecería lógico pensar que si no va haber empleo para todas las personas habrá que garantizar la subsistencia independientemente del mercado laboral. Porque, ¿qué pasaría con una persona que es desplazada de su puesto de trabajo porque un robot lo va a hacer en su lugar de forma más rápida y eficiente? Sería una irresponsabilidad por parte de nuestra sociedad que no pensáramos cómo podemos ofrecer una solución a esta nueva realidad donde la productividad está creciendo a un ritmo mucho mayor que el empleo que se crea y que la renta media de las personas.
Es en este contexto donde se hace indispensable buscar fórmulas que modernicen nuestro sistema de protección social. Y la renta básica es una pata fundamental a la hora de reflexionar y afrontar los debates sobre qué sociedad queremos. La renta básica es un ingreso pagado por el Estado a cada persona como derecho de ciudadanía independientemente de sus condiciones personales. Así, se perfila como un seguro colectivo de un nuevo contrato social donde se garantice la protección universal de las personas sin que éstas estén al albur de la inestabilidad o las turbulencias macroeconómicas.
En ocasiones he solido escribir que estamos al borde del próximo “momento Sputnik”, donde la renta básica ha pasado de estar en el cajón de sastre a colocarse en la agenda de las políticas realizables. Son muchos los países (Finlandia, Estados Unidos, Canadá, India, Kenia, Namibia, Escocia, Holanda, España…) que ya están explorando nuevos sistemas de protección social que huyan de las políticas inspiradas en el asistencialismo y evolucionen hacia la garantía y la profundización en el derecho universal a la protección. Y, sin embargo, solo uno será el primero en implementar de manera integral la renta básica incondicional. El país o la región que lo haga, obtendrá, sin duda, una ventaja competitiva frente a los demás países de la economía globalizada. ¿Por qué no ser nosotros?