Viejo y nuevo periodismo
Carlos Javier Bugallo Salomón
Doctor por la Universitat de València
La generación actual está asistiendo a un choque colosal entre dos formas de ejercer el periodismo: por un lado tenemos a la prensa de papel, mayoritariamente conservadora y sin credibilidad en sus líneas editoriales; por otro lado tenemos la nueva prensa digital, mayoritariamente progresista y que se esfuerza, con mayor o menor éxito, en ganarse una reputación. ¿Quién ganará la partida?
No tengo las claves para responder a la pregunta planteada, pero deseo apuntar algunas ideas filosóficas que creo servirán para enfocar el problema adecuadamente y que deben ponerse al servicio de una posterior indagación, de naturaleza empírica, que estudie las tendencias periodísticas observables e infiera las extrapolaciones más plausibles.
Planteemos la cuestión directamente: ¿cómo se critica al viejo periodismo y se le supera? Una forma simplista y miope de responder a la cuestión sería: haciendo periodismo de forma totalmente diferente de como lo hace la prensa tradicional. Es decir mediante un infantil decreto de la voluntad se niega simplemente lo existente y se proclama una realidad completamente nueva, sin que se explique cómo ha de realizarse la transición ni de dónde han extraerse los materiales de esa otra nueva realidad.
Planteado el problema en estos términos, podemos situarlo en un plano más general o filosófico: ¿cómo se critica una práctica social, sea periodística o de otra índole?
Esta es una cuestión que ha estado en el centro de profundas discusiones en el pensamiento marxista, y que me parece oportuno exponerlas aquí para iluminar el tema que se expone.
En primer lugar hay que decir que el marxismo clásico entendía la crítica a la manera hegeliana, es decir, como un elemento de su teoría de la dialéctica. Fue Engels quien afirmó: «Marx y yo fuimos, sin duda, casi los únicos en conservar la dialéctica [hegeliana] en nuestra concepción materialista de la naturaleza y de la historia»[1]. A Engels también le debemos la siguiente declaración:
«Negar, en dialéctica, no es simplemente decir que no, o declarar que una cosa no existe, o destruirla de un modo cualquiera. […] Yo debo no sólo negar, sino también superar (Aufheben) de nuevo la negación. Yo debo constituir la primera negación de tal suerte, que la segunda sea o llegue a ser posible. ¿Y cómo? Según la naturaleza específica de cada caso particular. Si aplasto un grano de cebada, si pisoteo un insecto, efectúo la primera negación, pero hago imposible la segunda. Cada género de cosas implica, por tanto, una forma particular de negación, de la cual resulte un desenvolvimiento, y lo mismo en cada género de representaciones y de conceptos»[2].
Más tarde, desarrollando las ideas de Engels, Henri Lefrebvre expuso lo siguiente:
“En la superación, lo que resulta superado se encuentra abolido, suprimido, en un sentido. Y, sin embargo, en otro sentido, lo superado no deja de existir, no cae en la pura y simple nada; al contrario, lo superado se encuentra elevado a un nivel superior. Pues ha servido de etapa, de mediación para obtener el “resultado” superior; y, ciertamente, la etapa atravesada no existe ya en sí misma, aisladamente, tal como era con anterioridad, sino que persiste a través de su negación, en el resultado.
Así, el niño se continúa en el hombre, no tal y como fue, no “en tanto que niño”, y, sin embargo, en el recuerdo y la memoria, en el carácter de un hombre, se encuentran el niño y la vida de la infancia superados.
[...] En el devenir del pensamiento y de la sociedad, el movimiento “en espiral” se comprueba aún más profundamente: el retorno sobre lo superado para dominarlo y profundizarlo, y elevarlo de nivel al liberarlo de sus límites (de su unilateralidad)»[3].
En la literatura marxista aparece enunciada tal hipótesis como “ley de la negación de la negación”. Según otro autor moderno, István Mészáros, tanto Engels como Marx estuvieron de acuerdo en entender de la forma que acabamos de enunciar esta ley de la dialéctica, lo cual contradice la visión que la Escuela de Francfort ha querido conferir a la negatividad, sustraída de cualquier rasgo positivo.
En conclusión: Quienes defienden la práctica de un periodismo nuevo, renovado desde una orientación progresista, deben hacer balance de qué elementos del viejo periodismo ven necesario conservar, y cuáles otros habría que sustituir y por qué medios. Que el periodismo de la prensa actual de papel se nos presente amarillista y humillado por la tutela del poder financiero, no quita que haya vivido momentos de gloria gracias a unos métodos de investigación y unas técnicas de comunicación que en parte hoy conservan su validez. Quienes aspiren a superarlo (Aufheben) en un sentido dialéctico, también habrán de demostrar que son capaces de la misma entrega, arrojo y heroísmo que viejos reporteros de antaño demostraron al desafiar las reglas y las órdenes de los poderosos.
Notas:
[1]Federico Engels: Anti-Düring, Barcelona, ed. Avant, 1987, p. 20.
[2]Federico Engels: ídem, pp. 153 y s.
[3]Henri Lefebvre: Lógica formal, lógica dialéctica, Madrid, ed. Siglo XXI, 1970, p. 267 y 278
[4]István Mészáros: “Negación”, en Tom Bottomore (dir.): Diccionario del pensamiento marxista, Madrid, ed. Tecnos, 1984, pp. 569 y s.
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Hablar en España de periodismo veraz, plural, independiente y al servicio de los ciudadanos es una quimera. Se trata de un debate con multitud de matices, pero hay cuestiones tan evidentes en el sector más tradicional de los medios de comunicación que acreditan una crisis del buen periodismo, del periodismo democrático, entendido éste como el altar de la investigación independiente, como la obligación de dar la voz a los olvidados y evitar que la orientación informativa y editorial las impongan los intereses mercantiles de una minoría en el escaparate (portadas) de sus medios.
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Esa monarquía y ese periodismo de los que usted me habla
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Imágenes en el cine y la televisión española sobre Juan Carlos
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El cuento del rey desnudo y el rapero
Las manifestaciones provocadas por la condena de cárcel de Pablo Hasél por injurias a la corona (y enaltecimiento del terrorismo) ponen de relieve la brecha creciente en España entre ciudadanía y monarquía reflejada por la encuesta Plataforma de 16 Medios Independientes (PMI). Y es otro ejemplo de una iniciativa mancomunada al debate sobre la monarquía. Como suele suceder con tantos buenos relatos mediáticos, la complejidad del asunto se reduce con gran claridad narrativa a una contienda entre dos personajes: por un lado, el Rey Emérito millonario, de quien sus mejores amigos no pueden justificar muy bien su repentina desaparición del territorio nacional, y a quienes no le tienen tanto aprecio acusan de huir de España cercado por la justicia. Por el otro lado, un rapero que canta canciones incómodas cuya temática incluye insultos dirigidos a la institución de la monarquía en general y a la familia real en particular.
Las encuestas en la crisis de la mediación
Esta colaboración me pilla intentando reflexionar y escribir sobre lo que entiendo que es el signo característico de nuestro tiempo, la crisis generalizada de las estructuras de mediación que, durante décadas, organizaron y articularon la vida política y cultural de los países. Fenómenos tan distintos como la polarización y fragmentación política, la pérdida de credibilidad de los medios de comunicación, el auge de las tesis conspirativas y el cuestionamiento de los expertos son, a mi juicio, resultado de esta crisis de la mediación.
Una plataforma contra el minifundismo y la irrelevancia
COMENTARIOS DE LA MODERACIÓN I.
Donde se refocila el minotauro
¿Por dónde empezar? Miras afuera, por la ventana o por donde sea, y si no apartas enseguida la nariz se te mete el virus como un suspiro. No es el Covid, para nada es el Covid. Es otro. Intentas cerrar la ventana, como hacía la gente en Los pájaros, la película de Alfred Hitchcock que nos sigue llenando, después de tantos años, de una inquietud insoportable. Así y todo, hay que revisar los posibles agujeros de la casa. Quien la tenga. El techo antiguo. La puerta que da a la terraza, donde la lavadora y la caldera. El hueco insignificante entre el suelo y la puerta de entrada. La rendija del calefactor que una vez sirvió de refugio a un ratolín que acabó huyendo para no arder en llama viva cuando llega el invierno.
Inmovilismo constitucional, o de cómo los monárquicos traerán la III república
En España el rey es jurídicamente inviolable. Así lo impuso la dictadura, primero, y el artículo 56.3 de la Constitución, después. Sin embargo, a lo largo de muchas décadas, el rey Juan Carlos y su familia han demostrado ser inviolables no sólo desde el punto de vista jurídico, también política y mediáticamente. No cabe otra conclusión revisando los ominosos silencios de los medios de comunicación y el Congreso ante las muchas actividades empresariales del rey y su familia, dudosamente compatibles con la Constitución y con el ordenamiento fiscal y tributario.
El ejercicio efectivo del derecho a la información exige una mirada a la periferia y la concurrencia de voluntades diversas
Hubo un tiempo en el que se generalizó la idea según la cual Internet vino para democratizar la comunicación de masas. Supuestamente, los medios tradicionales entraban en crisis porque perdían la capacidad de decidir lo que se conocía y lo que no. “Quien no publica es porque no quiere”, dijeron algunos ingenuos “descubridores” de la red, porque en ella cabía todo. Es verdad. Hace ya mucho tiempo que cualquiera que disponga de un dispositivo con acceso a internet puede publicar. Otro problema es que lo publicado no quede automáticamente apagado en el fondo de la red y solo resulte visible para el propio autor y para un recortado círculo de “amigos” o “fans”.
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Los miembros de las familias reales están entre las personas que más atención mediática despiertan en todo el mundo. Los paparazzi compiten por ilustrar los hechos más triviales sobre la monarquía, símbolo de glamour y poder. A pesar de eso, y de depender el erario, las familias reales están también entre los grupos de personas más protegidas del escrutinio público incluso en países con monarquías constitucionales que ofrecen limitados poderes discrecionales a sus monarcas, como Reino Unido, Holanda o España.
Una llamada al comparatismo: Qué pueden decir los británicos sobre su monarquía
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