El cuento del rey desnudo y el rapero
Cristina Flesher Fominaya
Reader in Social Politics and Media en la Universidad de Loughborough
Las manifestaciones provocadas por la condena de cárcel de Pablo Hasél por injurias a la corona (y enaltecimiento del terrorismo) ponen de relieve la brecha creciente en España entre ciudadanía y monarquía reflejada por la encuesta Plataforma de 16 Medios Independientes (PMI). Y es otro ejemplo de una iniciativa mancomunada al debate sobre la monarquía. Como suele suceder con tantos buenos relatos mediáticos, la complejidad del asunto se reduce con gran claridad narrativa a una contienda entre dos personajes: por un lado, el Rey Emérito millonario, de quien sus mejores amigos no pueden justificar muy bien su repentina desaparición del territorio nacional, y a quienes no le tienen tanto aprecio acusan de huir de España cercado por la justicia. Por el otro lado, un rapero que canta canciones incómodas cuya temática incluye insultos dirigidos a la institución de la monarquía en general y a la familia real en particular.
La yuxtaposición entre las dos figuras centrales de este relato deja claro de manera incontrovertible la brecha que existe entre casa real y ciudadanía y su problemática relación con la democracia española. No es por falta de afecto al Rey Emérito, aunque queda claro que la estima ha caído en los últimos años, ni de gratitud por su papel en la transición a la democracia. Ni siquiera responde a un sentimiento necesariamente republicano. No. El problema surge del evidente doble estándar ante la justicia de las dos figuras: la impunidad del Rey Emérito que huye con aquella “fortuna opaca” (Goliat), y nueve meses de cárcel para el rapero (David) cuyo delito consiste en expresar sus opiniones sobre el primero en una canción. La patente y absurda injusticia de la situación queda tan visible como la desnudez del emperador en el cuento de Hans Christian Andersen. Y revela también la tensión latente en el corazón de las monarquías democráticas.
Mientras en la calle una parte de la ciudadanía expresa su rabia ante una injusticia evidente, en los medios de comunicación algunos apartan la vista de la injusticia de la condena y la ira ciudadana para centrarse en condenar los disturbios y los destrozos de mobiliario urbano. Mientras en la calle algunos ciudadanos se movilizan para expresar su desacuerdo con la condena de Hasél, en las redes circulan videos de policías a porrazos con manifestantes indefensos. No es un buen “look” para una democracia. Entretanto, los medios críticos independientes seguirán sacando a la luz los escándalos del Émerito y los relacionados con la familia real.
En realidad, el “crimen” de Hasél va mucho más allá de simplemente insultar al Rey (entre otras cosas, llamándole “basura mafiosa” a quien “tomará su palacio la revolución”). La canción Juan Carlos el Bobón no solo arremete contra la monarquía y la familia real, pero también contra la pobreza, la desigualdad, la corrupción, y el gobierno del PSOE/Podemos. Y deja en evidencia la hipocresía del doble estándar de la justicia española y de nuestro afán por hablar de derechos humanos mientras mantenemos relaciones con países que decapitan a los ciudadanos por hechos como ser homosexuales o por criticar... a sus reyes. Pero más allá de la letra, en cierta medida irrelevante, la situación de Hasél nos deja con una sensación incómoda y nos hace pensar. Aunque nos pueda parecer un espanto de canción (o no) no deja de suscitar una pregunta incómoda, ¿realmente te pueden caer 9 meses de cárcel por cantar una canción? Pues sí, fíjate. ¿Por injurias a la corona? Pues sí. No sé tú, pero yo de pequeña aprendí la canción de Franco, Franco que tiene el culo blanco, y lo cantaba a voces. También incluye una mención a la Reina Sofía, pero como esta se limita a lavar con lejía, igual no cuenta como injurias a la corona. O será que no cuenta porque lo dejamos de cantar antes de llegar a la edad penal.
El problema de querer proteger a la corona mediante el artículo 491 o la Ley Mordaza es que el remedio es peor que la enfermedad. Usar a la justicia para sancionar a alguien por insultar al Rey o las instituciones del Estado --como en el caso de Hasél o Valtònyc-- lejos de fortalecer a estas instituciones, demuestra su debilidad, ya que no parecen poder resistir canciones ni insultos. Además, la condena ha asegurado que la canción llegue a una audiencia infinitamente mayor a la que hubiese llegado. Yo no conocía la obra de Hasél antes de su condena. Ahora sí la conozco, y he escuchado la canción de Juan Carlos el Bobón, cosa que no hubiese sucedido si no lo hubieran condenado. Como yo, unos cuantos más (unos 800 mil en You Tube). Es un auto-gol por excelencia.
Los verdaderos culpables de la actual situación son aquellos partidos que, a pesar de comprometerse con su derogación, no han acabado con la Ley Mordaza , ni con la ley de injurias a la corona (PP, PSOE, Ciudadanos, I’m talking to you). Ahí realmente está la clave de todo. Solo asegurando la auténtica libertad de expresión, que incluye la libertad de expresar precisamente aquellas opiniones que preferiríamos no oír, se puede hablar de democracia. Chomsky lo dijo muy bien en el documental Manufacturing Consent: “Goebbels estaba a favor de la libertad de expresión para aquellas opiniones que le gustaban. Stalin también. Si realmente estás a favor de la libertad de expresión, entonces estás a favor de la libertad de expresión para precisamente aquellas opiniones que detestas. Si no, no estás a favor de la libertad de expresión”. La verdad es que el caso Hasél es solo un ejemplo particularmente flagrante y reciente de unas restricciones intolerables a la libertad de expresión encarnadas en la Ley Mordaza desde su aprobación y que ha dejado a cientos de españoles con juicios, multas, y penas por expresar su opinión públicamente. El caso Hasél ofrece al gobierno de Pedro Sánchez otra oportunidad para acabar con esta ley tan criticada por los defensores de los derechos humanos. La pelota está en su tejado.
Irónicamente, aquellos que quieren salvar “el oxímoron de la monarquía democrática” harían bien en apoyar la derogación de la Ley Mordaza y despenalizar los delitos de opinión, que no tienen cabida en una democracia. Apostar por la democracia le salió muy bien al Rey Emérito, otorgándole muchos años de aquiescencia. Harían bien los que apoyan la monarquía en repetir la jugada. Por lo que se ve en la calle, soplan vientos de fervor democrático. En el clima actual, solo retirando la inmunidad de los reyes a las “injurias a la corona” y asegurando la libertad de expresión de todos podrá quizás la monarquía sobrevivir en una relación incómoda, pero viable, con la ciudadanía y la democracia. Al menos por un tiempo.