La quimera del buen periodismo
Jose Luis F. del Corral
Hablar en España de periodismo veraz, plural, independiente y al servicio de los ciudadanos es una quimera. Se trata de un debate con multitud de matices, pero hay cuestiones tan evidentes en el sector más tradicional de los medios de comunicación que acreditan una crisis del buen periodismo, del periodismo democrático, entendido éste como el altar de la investigación independiente, como la obligación de dar la voz a los olvidados y evitar que la orientación informativa y editorial las impongan los intereses mercantiles de una minoría en el escaparate (portadas) de sus medios.
Hay diferencias en el periodismo nacional, autonómico o local; entre periódicos, radios y televisiones y entre medios públicos y privados, que exceden los apuntes generales de este artículo. Y también un cúmulo de matices en función de la profesionalidad de los equipos, de la desigual rentabilidad económica de cada medio y de la diferente interferencia de los accionistas de cada empresa periodística. Nada es igual en unos que en otros, pero la degradación es un hecho bastante general. Y en esa degradación influyen la pérdida de peso de los profesionales más independientes, la cada vez menor presencia de sindicatos o asociaciones de periodistas que han hecho dejación de sus funciones, el individualismo del profesional y su falsa convicción de que organizarse penaliza su supuesta libertad. La autocensura marca, aunque a veces no haya consciencia de ello. También la constatación de que no ha sido posible crear un mecanismo de financiación del periodismo que compatibilice la rentabilidad de las empresas con el mantenimiento de los principios de veracidad, pluralidad, independencia y servicio a los intereses de la mayoría de ciudadanos.
Mi contribución a este debate se reduce, sin ánimo de exhaustividad, a subrayar los siguientes aspectos que dificultan el buen periodismo:
1º) Existe una precariedad laboral creciente que inunda las redacciones de los medios. El siglo XXI se ha caracterizado por una rebaja desconocida de las condiciones laborales, acentuada a partir de la crisis de 2008. Los expedientes de regulación de empleo y la pérdida de derechos adquiridos han menguado las redacciones.
2ª) De forma paralela ha existido una creciente ‘nómina’ de colaboradores que han sustituido a una parte de las plantillas estables con retribuciones a la baja para rebajar costes.
3ª) Se constata un uso escandaloso de becarios como redactores, ignorando o reduciendo el carácter de formación de estos estudiantes de Periodismo.
4º) Hay en general un exceso de horas extraordinarias, de volumen diferente en cada tipo de medio, que se hacen y que nunca se pagan. Todos estos aspectos de precariedad, superior en los medios a otros sectores económicos, han sido muy poco controlados por la Inspección de Trabajo en sus campañas anuales. La vista gorda es un hecho.
5º) Se trabaja con una muy escasa formación especializada en áreas tan importantes como el derecho, la economía, las finanzas. Hay una visión cortoplacista del trabajo en las redacciones.
6º) El recurso a las informaciones de agencias de prensa suple la falta de medios profesionales. Sobre estos “teletipos” se trabaja adornando sus contenidos y a veces disimulando u ocultando la fuente.
7º) Existe una tendencia decreciente a la selección de los temas por parte de los redactores en una organización cada vez más jerarquizada y menos horizontal. La información es utilizada cada vez más como mercancía.
8º) Es un hecho el blindaje de los anunciantes, mayor en un contexto de caída publicitaria y poco diversificada.
9º) Hay un poderío creciente de las fuentes de información (políticos, consultores, empresarios) sobre el medio y sus criterios de selección, que conviven con la tendencia decreciente a contrastar noticias y a facilitar análisis en profundidad, debido a la inmediatez con la que se trabaja, a la falta de recursos y al escaso debate plural en las redacciones.
10º) La nula transparencia de las complejas estructuras de poder de las empresas periodísticas y sus vinculaciones accionariales, que practican en este ámbito lo contrario de lo que predican en sus editoriales, dificulta el conocimiento en profundidad de a quién, cómo y en qué medida sirve el trabajo del medio de comunicación. Son poco proclives a “desnudarse” ante los lectores, a pesar de que en muchas ocasiones su cuenta de resultados contabiliza ayudas públicas. En ocasiones son grupos ajenos al sector que ven la presencia en los medios como una forma de poder y/o de obtener sinergias competitivas para sus otros negocios.
11º) La elección del director de turno y la proyección editorial-ideológica que transmiten son determinantes en el objetivo de los mensajes, en la orientación y en la organización de las informaciones. Existe una tendencia más o menos clara por la que la línea editorial sintoniza con ideologías próximas a quienes tienen capacidad o posibilidad de contribuir a financiar el medio: un discurso único. Y por el contrario, el medio se ve en la necesidad de combatir a quienes cuestionan los principios ideológicos o políticos de los potenciales financiadores. De ahí que todo aquel que se desmarca de manera contundente del ideario político del medio es considerado enemigo. El caso de Podemos y su líder Pablo Iglesias en la prensa más conservadora daría para una colección de tesis.
12º) Las subvenciones o patrocinios de administraciones públicas y de otras entidades condicionan los contenidos de los medios y les obligan a que las agendas de ministerios, gobiernos autonómicos o ayuntamientos ocupen espacios relevantes muy por encima de lo que merecerían por su interés o importancia si estas ayudas fueran inexistentes.
13º) Se aprecia en algunos medios una apariencia de neutralidad y/o pluralidad, pero hay aspectos que interesan al ciudadano en los que se profundiza menos, bien por el coste de investigación, por no espantar a los anunciantes o por no molestar a un segmento de lectores acorde con la ideología del medio. Pocas veces la pobreza y sus causas llenan portadas, pocas veces se informa en detalle del desorbitado enriquecimiento de los banqueros, brilla por su ausencia la falta de democracia en el mundo laboral (resistencia atroz a cambiar las reformas laborales), son excepciones dignas de mención la de quienes han investigado sobre la titularidad empresarial de las residencias privadas donde han fallecido ancianos por la covid. También se informa con poca profundidad de los escándalos de las empresas del Ibex más allá de lo que marca la agenda judicial… Sobra comentar el histórico silencio de los medios a la corrupción de la Casa Real con Juan Carlos I y el blindaje informativo sobre cualquier anomalía del rey Felipe VI.
14º) La presencia en los medios de los líderes políticos o sindicales más críticos con el sistema es residual cuando plantean cuestiones que afectan a la mayoría. Basta recordar cómo fue desacreditada la última decisión de subir el salario mínimo interprofesional. Se desató un frente común contra esta medida, con supuestos estudios que acreditaban el impacto negativo en el empleo.
El buen periodismo, entendido como servicio a la mayoría, es una quimera en España si hablamos de lo que se ha venido en clasificar como los grandes medios. El aire fresco que traen los medios alternativos todavía llega a pocas personas y su mantenimiento es complicado. El reciente final de cuartopoder y la desaparición de otros de marcado carácter local no invitan al optimismo, a no ser que se apueste por la cooperación o la integración. Lograr ingresos publicitarios para medios críticos con el sistema es una empresa harto difícil.