Los Borbones en pelota desnudan a España
Manuel Chaparro
Catedrático de periodismo, Universidad de Málaga
En 1868, durante la revolución de La Gloriosa que dio origen a la Primera República, los hermanos Bécquer, Valeriano y Gustavo, hicieron 89 acuarelas satíricopolíticas con fuertes tintes eróticos -alguien diría que pornográficas- ridiculizando a la reina Isabel II y su corte de amantes: ministros, obispos, militares, todos personajes reales de la época. Firmaron con el seudónimo SEM. La revista satírica de la época Gil de Blas que acogió algunos de los trabajos de los hermanos, reconoció la autoría, rindiéndoles homenaje. La mayor parte de las acuarelas permanecieron como fondo de una colección privada. En 1986, el libreto completo fue adquirido por la Biblioteca Nacional y hasta 1991 no fue publicada esta obra al completo. Lo hizo la editorial El Museo Universal, en una bella edición bajo el título: Los borbones en pelota.
El libro levantó cierta polémica. Al fin y al cabo, ridiculizaba y denunciaba la frivolidad de la vida política en medio del desastre nacional, de lo que algunos han calificado de pornografía política de un antepasado del rey gobernante. Las acuarelas recuerdan a alguna portada de la revista El Jueves que también escoció y fue objeto de persecución censora por la justicia en 2007, por representar a los entonces príncipes practicando sexo para cobrar el “cheque bebé” que había aprobado el gobierno. El dibujo de Guillermo Torres era hasta inocente y púdico comparado con el colorido y la exuberancia de las láminas de los hermanos Bécquer.
El rapeador Hasél tampoco se inspiró en el poeta del romanticismo y su hermano para hacer sus canciones, de haberlo hecho tal vez su injustificable condena habría sido más elevada y seguramente, de haber incluido a la cúpula eclesial, estaría penando también en los infiernos. Eso sí, se puede tener peor o mejor gusto en las formas de cuestionar, como mayor o menor habilidad artística, pero eso no es lo que se juzga. En estos asuntos, y sobre gustos musicales me quedo con la FRAC, Fundación de Raperos Atípicos de Cádiz.
Parece que por mucho tiempo que pase los asuntos de la corona siguen siendo tabú. Si se trata de evitar que volvamos a tener una “Gloriosa”, lo primero que se debería pedir es decencia y ética a quienes, a falta de un sometimiento a la justicia, son objeto de crítica, burla, sátira… La monarquía parlamentaria es impropia de estos tiempos, extemporánea en sus privilegios y en su forma heredada de enquistarse en el poder sin ningún referendo por parte de la ciudadanía.
La encuesta publicada en octubre del año pasado por la Plataforma de Medios Independientes (PMI) realizada con contribuciones voluntarias -ya que el CIS, pagado con los impuestos de todas las personas contribuyentes, se niega a preguntar-, viene a demostrar que sin que exista, como pretenden algunos, una conspiración contra la monarquía y aún hurtando un debate legítimo en los medios de información públicos y privados, un elevado porcentaje de la población se manifiesta en contra de este modelo de representación florero del Estado.
¿Qué preocupa, el fin de la monarquía o la restitución de la república? Se aceptó lo que se aceptó en la Constitución del 78 porque había urgencia por salir de una España tan en blanco y negro como el NODO. Una España mariana, beata, represora de la mujer (sin derechos) y de cualquier disidencia política. El debate que en su día no se dio es hoy necesario en el sentir de la calle: según la encuesta aludida un 40,9% de la población es favorable a la república, frente a un 34,9 de convencidos monárquicos, el resto anda entre el “no sé” (12,9%), el voto en blanco y la falta de interés.
No es una cuestión de orden ideológico, como se quiere hacer ver, sino de coherencia, de sometimiento de todas las personas que habitan el país a los mismos principios, oportunidades, derechos y obligaciones. Algo que, como vemos, no ocurre en un cargo no electo y cuando se producen desaguisados escandalosos en la jefatura confusa unipersonal-familiar del Estado, una anomalía democrática, un anacronismo histórico.
Desde el derecho comparado no hay lecciones que sirvan. El cuestionamiento a las monarquías se justifica, más aún, ante sus desatinados comportamientos sociales y políticos, la amoralidad de sus enriquecimientos aún contando con elevadísimos salarios y todos los gastos cubiertos por los estados. Todo ello provoca el escándalo entre sus “súbditos”. No hay país que se salve. Un repaso a las agendas de actividades privadas de las casas reales descubre que viven en un mundo paralelo y que verdaderamente creen que su privilegiada situación les da, por derecho histórico, privilegios negados al resto de los mortales.
Les sostiene, desde el imaginario de una parte de la población, una idea histórica de la tradición que es perversa, que se impone al estado de derecho, un tradicionalismo medieval promovido por una lectura temporal que se asienta en trasnochadas visiones patrias donde importan más las banderas, himnos y toda una simbología apelativa a emociones que pretenden ser valores sustitutivos-complementarios de solidaridad y justicia social. Una racionalidad neblinosa que se maneja desde la disonancia cognitiva del conflicto emocional y la razón, la instalación en la zona de confort, los intereses espurios y los silencios cómplices.
Falta debate. Falta el debate sobre ideas coloniales instaladas en el imaginario para facilitar el oportuno proceso decolonial, un tránsito que vincule la acción política y la legitimidad de la justicia con el bien común. No podemos seguir aplicando vacunas que no funcionaron, ni funcionan. El mundo ha cambiado y hay quien no parece darse cuenta, los problemas de hoy exigen respuestas diferentes, nuevas. En estas circunstancias, la mediocracia de complicidades económico-políticas hurta el relato a sus protagonistas y crea narrativas desde tribunas a las que la ciudadanía no tiene acceso. Que hoy haya medios de información que banalicen este debate, solo puede ser reflejo de intereses económico-políticos y en algunos casos hasta religiosos en el seno de sus consejos de administración.
¿Cuál es hoy el valor de la independencia, dónde reside esta? El ejercicio periodístico se hace complejo cuando tiene que navegar entre intereses espurios y el servilismo al poder. Cuando ciertos medios viven afanados por conducir “al rebaño desconcertado” (siguiendo las tesis de oportunistas de Lippmann y desarrolladas por Bernays), por encauzar la opinión pública disfrazando la realidad o poniendo en el debate asuntos lejanos a los verdaderos intereses del común -algo en lo que también hay acuerdo con cierta clase política dedicada a administrar sillones y favores- está claro que cualquier propuesta de transición o transformación por fundamentada y necesaria que sea está negada. La disidencia, como la entropía, son estados naturales y no reconocerlo impide opciones verdaderas de consenso y enquistan los conflictos.
Los cuentos de príncipes, princesas, reyes y reinas son parte del imaginario popular, de un anhelo ilusorio de triunfo sobre el mal, de una suerte de tómbola que algún día le puede corresponder a la heroína o al héroe plebeyo. Pero hoy es inadmisible seguir viviendo del cuento porque la estética performista debe ir acompañada de la ética.