El teatro físico en la educación para mejorar la salud mental
Nicoletta Cappello
Pedagoga teatral para la innovación social
Tal y como apunta el Prof. Joseba Achotegui en este mismo debate el mayor predictor de salud física y mental es “una educación de calidad”.
Si le preguntamos al diccionario qué es la calidad nos contesta que es “la capacidad de satisfacer una necesidad o de aportar valor”.
El sistema escolar tradicional –que sigue actual- nos ha acompañado hasta esta época en la que la depresión viene definida como “la enfermedad de nuestro siglo”. El número de personas que la sufren a lo largo de su vida se sitúa entre el 8% y el 15%. Según la OMS, en la actualidad, la depresión es la principal causa de discapacidad.
La calidad de nuestro sistema educativo no es suficiente para garantizarnos la salud mental a la que tenemos derecho.
Las prácticas y teorías educativas, al igual que las prácticas y teorías de salud mental, responden a ideologías que atribuyen arbitrariamente “valor” o “necesidad” a una u otra cosa.
El planteamiento ideológico sobre lo que se basa nuestra cultura occidental y su sistema educativo es la idea (supuestamente cristiana y neoplatónica) que espíritu y cuerpo (es decir cuerpo y mente) están divididos y que el espíritu –en cuanto parte “divina” e “inmortal”- es superior al cuerpo, mortal y material. De la fractura entre cuerpo y mente deriva la idea que el pensamiento, el “logos” y todas las expresiones del espíritu se han de privilegiar respecto a las expresiones del cuerpo para garantizarnos la salvación.
Debido a este fundamento ideológico, nuestro sistema escolar, que nace para formar nuestro “pensamiento crítico”, se dirige a cultivar las cualidades del espíritu, las habilidades lógico-racionales (desde un punto de vista científico y humanístico), verbales y de cálculo, marginando completamente el aprendizaje corporal (el cual involucra la expresión física, las manos, el cuerpo, la imaginación y las emociones) y el aprendizaje social que abarca las diferentes habilidades relacionales.
Nuestro actual sistema escolar se basa en dar asignaturas teóricas que educan funciones intelectivas (lógico-matemáticas o mnemónicas) a través de la lectura de libros o visión de vídeos, estimulando exclusivamente el canal visual y olvidándose completamente de los otros canales de aprendizaje y funciones que juegan en la experiencia (canal táctil, olfativo, gustativo, kinestésico). Le dedica al cuerpo solo una o dos horas semanales (las horas de educación física) sobre 40 horas circa, en la que los alumnos están reducidos a estar sentados.
Junto con la educación corporal, la educación a las habilidades sociales, se encuentra igualmente relegada y marginada en la periferia auto-gestionada por los alumnos en los espacios de recreo, los baños y los pasillos, o quizás, de alguna afortunada bengala en la noche, en forma de consejo por parte de psicopedagogas, orientadoras o profesoras sobrecargadas de trabajo y en falta de recursos.
Esta división entre aprendizaje mental, físico y social y su descompensación a favor de la esfera mental, en vez de potenciar la salud mental, la perjudica sobrecargando la mente y provocando un desequilibrio en nuestros organismos.
La respuesta en términos de innovación educativa por parte del mismo sistema, es la introducción entusiasta de más tecnologías de la información en el aprendizaje, pizarras virtuales, tablets como cuadernos, formatos e-learning, insertando modalidades siempre más virtuales, siempre menos corporales y volviendo el aprendizaje, siempre más solitario, es decir siempre menos social, en mayor perjuicio de la salud mental de los estudiantes.
¿Cómo podemos redefinir entonces la calidad de la educación y del proceso de enseñanza-aprendizaje en las escuelas para responder a una necesidad creciente de salud mental?
Los estudios en neurociencias de las últimas décadas evidencian que la mente y la conciencia -muy lejos de coincidir con el cerebro– están dislocadas y se extienden por todo el cuerpo. La piel, los órganos, las articulaciones, los huesos y los músculos determinan con sus sensaciones, percepciones, interocepciones y propiocepciones, interpretan y responden al entorno a través de una actividad inteligente y determinan el funcionamiento de la mente. Nuestro cuerpo, no sólo es un cuerpo, sino que es más bien un cuerpo-mente, cuya inteligencia y conocimiento están “incorporados” tal y cómo su proceso de cognición y aprendizaje: es decir que están dentro del cuerpo y a través de él se despliegan, actúan y comprenden.
Una educación saludable, una educación de calidad, se realiza a través de modalidades de aprendizajes orgánicas, fomentando un aprendizaje y una cognición “incorporadas” (trad. por “embodied”) y respetando la unidad entre cuerpo y mente.
El tipo de aprendizaje incorporado más común es el arte, que está al margen de nuestro sistema educativo por el mismo tipo de ideas cartesianas que ponen el cuerpo en contra de la mente y deprecian a las manos como sistema de trabajo, reflexión y hasta producción de conocimiento. El actual sistema educativo sólo contempla, ciencias y humanidades, dividiéndolas, poniendo a las ciencias por encima –porque son “más racionales y espirituales”-, intentando amoldar las humanidades a metodologías científicas para salvar su existencia, y dando a la enseñanza de ambas una perspectiva casi exclusivamente teórica, falta por completo, una educación artística que entrene una cognición natural e “incorporada” y que respete y reconozca el rol del cuerpo en el aprendizaje y en la salud mental.
Dentro de todas las artes, la menos explotada y paradójicamente la que une en sí la necesidad de una educación corporeizada y social, es hacer teatro: es mucho más efectivo pedagógicamente hacer el arte y participarla que verla encima de un escenario o en un museo. Muchas voces y experiencias –y siempre más en los últimos años- han aclamado los beneficios del teatro para la educación y para la salud. Por suerte “hacer teatro” fuera de los teatros se está poniendo de moda, y la sociedad tiene siempre más ganas de hacerlo.
Sin embargo, los gobiernos, no obstante la evidencia flagrante del valor pedagógico del teatro ignoran la oportunidad de su utilización como respuesta a la creciente demanda de una educación psicofísica y social para la salud mental del alumnado. La escuela se resiste a incluir el teatro en el currículo y lo relega a asignatura extraescolar, dada sin regulación alguna, ni dirección pedagógica, ni control de la aptitud profesional y pedagógica de quién la da. Se insiste en subordinar el teatro a la lengua y a la literatura y se lo reduce casi exclusivamente a la función de mejorar la expresión oral, hablar en público, conocer textos de literatura escritos por hombres, e interpretar sus tramas y roles estereotipados bajo una lectura de género y eco-social.
Si el teatro fuera asignatura obligatoria en vista de promover un aprendizaje a favor de la salud mental en la escuela, debería de desvincularse de su dependencia jerárquica de las humanidades (y de las modalidades de enseñanza de esta rama) y ser reconocido como asignatura artística independiente, con su propia dignidad epistémica, para aprovechar de manera más integral su potencial pedagógico implícito.
Desde una perspectiva pedagógica, el género que dentro del teatro más evidencia y entrena desde sus bases metodológicas un aprendizaje psicofísico y más se presta a un empleo pedagógico para la salud es el teatro físico.
El teatro físico, expresa temas e ideas a través del cuerpo y el movimiento, así que la pedagogía del teatro físico entrena un estilo cognitivo corpóreo basado en la práctica psicofísica a la hora de aprender de la experiencia y aterrizar los contenidos en la acción.
Está demostrado que la manera que el cuerpo-mente tiene de aprender es, por un lado la estimulación sensorial y por el otro la práctica física, responsable de la construcción de circúitos neuronales: conexiones entre neuronas que dan forma a los aprendizajes nuevos, y almacenan las experiencias en los circuitos sensomotores en forma de memorias.
Los aprendizajes que vienen de la experiencia física se quedan arraigados en los circuitos sensomotores y ahí se quedan almacenados de forma permanente, para que se utilicen cuando sirvan. El movimiento es principal responsable del aprendizaje no sólo a nivel psicomotor sino también cognitivo, formando las sendas neuronales que vehiculan nuestros aprendizajes presentes y futuro.
Está estudiado que también las habilidades sociales -entre ellas la empatía- se desarrollan y “aprenden” en modalidad “corporal” de forma natural.
La empatía se entrena a través de dos modalidades de aprendizaje fundamentales del ser humano y ambas tienen una base psicofísica: la imitación y la observación. Cuando observamos, nuestras neuronas espejo le mandan a nuestra mente la orden de repetir lo que están observando. La observación nunca es un proceso distante o pasivo, sino que es una verdadera experiencia basada en una acción mimética de las neuronas, que “hacen lo que observan” para entenderlo experimentándolo en primera persona.
Si a la observación le sigue una imitación expresiva que involucra todo el cuerpo, los aprendizajes de la observación se vuelven más profundos porque involucran un nivel más alto de percepciones, de emoción y de atención. Cuanto más rica a nivel perceptivo y emocional es una experiencia, tanto más relevante y consistente es la conexión neuronal y la memoria que se activa a través de la misma. El alto nivel de percepciones y de emoción hace que la atención involucrada en la experiencia sea mayor y se eliminen los pensamientos y los juicios.
La suspensión del juicio promueve una mayor libertad expresiva y autenticidad en las relaciones, no sólo a nivel físico, pero también a nivel social, con una implicación positiva para la salud y también para la innovación el aprendizaje hacia la creatividad y la inclusión.
Por otro lado, el teatro físico utiliza la creación colectiva, horizontal y cooperativa, entrenando a modalidades de relación social que fomentan la autonomía y la solidaridad.
En tercer lugar, la pedagogía del teatro físico considera al actor no sólo como intérprete sino como creador de su propia performance a partir del cuerpo, entrenando a la creatividad desde una modalidad práctica.
El teatro físico observa al mundo y lo imita a través del lenguaje del movimiento, empleado para analizar y representar no sólo a los humanos, sino también a las plantas, a los animales, a los elementos, a los materiales, a los sonidos, a las palabras, a los colores, a los objetos, a las sensaciones y prácticamente a todo lo que se mueve y nos mueve. A cada modalidad cinética le corresponde una visión del mundo y una inteligencia que constituyen su valor único e intrínseco. La observación y la imitación del mundo a través del cuerpo y el movimiento, le permiten al estudiante de explorar infinitas performatividades para nutrir la imaginación y entrenar su transformabilidad. Por otro lado le permite entrenar su capacidad de análisis a la hora de interpretar y comprender los estímulos más variados: entender y experimentar diversísimos modelos cognitivos y desarrollar empatía y respeto hacia “todo lo que se mueve”, educándose a la igualdad biopsicosocial a partir del reconocimiento del valor único de cada cuerpo y de la visión del mundo que arraiga en su fisiología.
El diccionario define “aprendizaje”, como un “proceso cuyo resultado es capaz de cambiar nuestra conducta, de llevarnos a la acción. El objetivo del aprendizaje, es, por definición performativo: lleva a una perfomance, a una acción necesaria para estar continuamente cambiando nuestra conducta. Aprender es una actividad creativa y analítica al mismo tiempo que nos lleva a transformar nuestra conducta en reacción al entorno y viceversa.
Si introducimos el teatro físico como herramienta de enseñanza y aprendizaje curricular en nuestro sistema educativo, proporcionaríamos al sistema escolar un recurso insustituible para promover un aprendizaje de calidad.
El teatro físico ayudaría para construir una actitud incorporada hacia el aprendizaje, y una aptitud saludable hacia la transformabilidad, promoviendo un aprendizaje orgánico, en cuanto psicofísico, de contenidos didácticos y de habilidades sociales, y un aprendizaje eficaz, en cuanto performativo, que adecuaría modalidades y objetivos, mejorando la calidad de la educación y con ella, el nivel de salud de la sociedad.