La (supuesta) crisis de la psiquiatría: replicando a R. Whitaker
Jordi Obiols Llandrich
Psiquiatra. Catedrático de Psicopatología-UAB
En los convulsos años sesenta del siglo pasado hubo un movimiento llamado "Antipsiquiatría", liderado por psiquiatras radicales como Cooper, Laing, Szasz o Basaglia, que clamó contra el modelo médico de la psiquiatría, sus instituciones, y que llegaba a negar la existencia de la propia enfermedad mental (empezando por la esquizofrenia). Aquello pasó a mejor vida, o sea, desapareció, entre otros motivos, por el imparable auge del modelo científico de la psiquiatría y de los éxitos terapéuticos incontestables de la psiquiatría. Por algún motivo que habrá que analizar más hondamente en otro momento y lugar, parece que asistimos a una nueva versión de aquel movimiento. Una entrevista al periodista estadounidense Robert Whitaker, "La Psiquiatría está en crisis"[1] es buen ejemplo de ello.
Comentaré sólo algunos pasajes que considero particularmente demostrativos (en negrita, citas literales de Whitaker).
"Que la causa de la esquizofrenia y la depresión es biológica es una historia falsa". La psiquiatría científica no sostiene una visión reduccionista del origen de los trastornos mentales graves. Sabemos que son trastornos complejos con múltiples y variados factores causales (bio-psico-sociales, como toda enfermedad). Ello no es óbice para reconocer que las bases genéticas y biológicas son fundamentales y que, pese a su tremenda complejidad, son más asequibles a tratamientos y manipulación que otros factores (por ejemplo, los sociales).
"Las pastillas pueden servir para esconder el malestar, para esconder la angustia, pero no son curativas, no producen un estado de felicidad...en general lo que hacen es aumentar la cronicidad". Esta afirmación contiene algo de cierto: los trastornos psiquiátricos importantes (esquizofrenia, trastorno bipolar, depresión mayor, trastornos crónicos de ansiedad) no se curan con los tratamientos farmacológicos actuales. Tampoco se curan la diabetes, la hipertensión ni el cáncer, por nombrar sólo tres de las enfermedades más comunes. A nadie, que yo sepa, se le ocurre por ello denigrar a la insulina, a los hipotensores o a los anticancerosos. La medicina consiste, casi siempre, en aliviar y, ocasionalmente, en curar. Y conseguir que el cáncer, el sida o la esquizofrenia se conviertan en condiciones crónicas vivibles es ya un éxito que el Sr Whitaker, un "cruzado contra los psicofármacos", parece no entender bien.
"La nueva filosofía es: debes ser feliz todo el tiempo y, si no lo eres, tenemos una píldora": Quizás (no lo sé) ciertos magazines, canales de TV o medios de comunicación de masas en EEUU han divulgado una visión simplista, el "mundo feliz", de las pastillas que lo arreglan todo. Ciertamente, no es este el mensaje de la psiquiatría científica. Desafío al Sr. Whitaker a que cite un autor importante publicado en una revista seria que sostenga semejante bobada. Otra cosa es entrar en un debate, interesante sin duda, sobre la evolución de la sociedad occidental con respecto a la tolerancia al dolor, al confort y a la seguridad. Este debate incluye, pero trasciende al mundo de los trastornos mentales.
La cruzada antipsicofarmacológica/antipsiquiátrica, o es ignorante o padece de cierta amnesia: olvida el hecho fundamental de la situación del enfermo psiquiátrico grave hace tan sólo 60 años: internamientos para toda la vida, agitaciones incontenibles (camisas de fuerza, ataduras), manía desbocada, catatonía, delirios, alucinaciones, angustia, sufrimiento y más sufrimiento, miseria. La aparición, a principios de los años 50, de la clorpromazina, el primer antipsicótico de la historia, supone una auténtica revolución terapéutica (comparable a la de los antibióticos, a la insulina o a los anticancerosos) que ha permitido (también gracias a la denuncia y activismo político, ciertamente) cerrar los manicomios en el mundo desarrollado y que millones de afectados hagan una vida prácticamente normal. La aparición en la misma década del siglo pasado de los antidepresivos y de los ansiolíticos contribuyó a completar el mapa actual de los psicofármacos y a poder abordar con una altísima eficacia otros trastornos mentales que no por ser "menores" (comparados con las psicosis) no dejan de provocar un enorme sufrimiento humano y unos costes sociales y económicos ingentes.
"Pero no hay ciencia detrás de estos cambios (de la psiquiatría actual)": ¡No hay peor ciego que aquel que no quiere ver! Sr. Whitaker y seguidores: tómense la molestia de consultar bibliografía seria y de estudiar un poco. Obviamente, la ciencia del cerebro (y de la conducta) es la más bisoña de la medicina y está en pañales. Es cuestión de la dificultad del objeto de estudio ("el pedazo de materia más complejo del universo") y del tiempo histórico. Pero la neurociencia (genética, boquímica, electrofisiología, imagen cerebral, psicoinmunología, etc..) y la ciencia psicológica aplicadas a la psiquiatría están en marcha desde hace varias décadas. Utilizan los mismos métodos, los mismos instrumentos, las mismas herramientas matemáticas, publican en las misma revistas que la de cualquier otra especialidad médica. Hay que evitar, una vez más, caer en el viejo error de creer que "la ausencia de evidencia es evidencia de ausencia". En ciencia hay que ser modesto y pacientar.
Gran parte de la confusión y de la animadversión que generan los psicofármacos, y que no podía faltar en la diatriba de Whitaker, proviene del hecho cierto de que existe una (muy) poderosa industria farmacéutica que genera pingües beneficios a propietarios y accionistas. No entraré en la discusión de si esto es bueno o es malo. Lo que aquí importa señalar son dos cosas: 1) la industria es un potente promotor, a través de muy importantes inversiones, de la investigación básica que luego nos beneficia a todos y 2) es necesario un control riguroso por parte de la administración pública y de los organismos académicos independientes de la actividad, tanto científica como comercial, de dicha industria. Los preocupados por este segundo punto (que deberíamos ser todos) no tienen por que confundir, ignorar o simplificar los hechos que envuelven el fenómeno de la enfermedad mental y sus tratamientos.
Notas:
*Joseba Elola. El Pais. 7-2-2016