La salud y la enfermedad, dos caras de la misma moneda
Laura Peláez Upegui
Psicóloga, docente universitaria.
Las personas enfermas siempre tienen aspectos sanos. Así como las causas de enfermedad están en el lugar social del paciente, allí están también las probables soluciones.
Al leer el planteamiento del Doctor Achotegui es inevitable preguntarse por la salud mental, un término que genera debate y dificultades en su conceptualización, actualmente se le considera un derecho fundamental y como todo derecho implica un camino lleno de vulneraciones y utopías.
En la psiquiatría la salud mental “es el estado de equilibrio y adaptación activa y suficiente que permite al individuo interactuar con su medio, de manera creativa, propiciando su crecimiento y bienestar individual, y el de su ambiente social cercano y lejano, buscando mejorar las condiciones de la vida de la población conforme a sus particularidades” (Vidal, y Alarcón, 1986).
Al profundizar en esta definición es inevitable establecer el peso social y contextual de la salud mental, las implicaciones del entorno en como nos sentimos, nos pensamos y nos significamos; y en este sentido, quisiera compartir mi primera experiencia como profesional de la psicología, que fue en el ámbito opuesto, el de la enfermedad mental, espero con ello contribuir al debate desde la experiencia significativa en un espacio y tiempo concretos (A pesar de que han pasado varios años, mi paso por este lugar resignificó mi visión de la salud y mi ejercicio profesional).
Esta experiencia se refiere al Hospital-Escuela de Salud Mental de San Luis, Argentina, esta institución en su pasado fue un manicomio clásico, lo cual significa un albergue con un numero indefinido de enfermos, con diagnósticos acomodados, internaciones eternas y pacientes a merced del abuso de poder de los profesionales tratantes; un centro de despojo y abandono. En esta institución se vivió un proceso de transformación institucional. La tarea, consistía en transformar el Hospital Psiquiátrico en un hospital de agudos, por lo cual se hizo necesario cobijarse bajo las políticas de salud mental concebidas desde los derechos humanos, tener mayor vigilancia en las admisiones permitiendo el ingreso de cuadros clínicos y no de casos sociales, realizar atención domiciliaria para apoyar el proceso de reinserción social, capacitar al personal para el trabajo con la salud mental desde un enfoque integral y adecuar el lugar para ofrecer diferentes servicios con iluminación y entrada de aire suficiente, permitir la emergencia de la identidad de los pacientes y atender sus necesidades básicas con respeto, dignificando su condición humana.
La comunidad terapéutica fue el vehículo para operar la transformación, se produjo un sensible cambio en la atención y tratamiento “Humanización de los tratamientos”: se desterró la terapia electro convulsiva remplazándose por la terapia individual y grupal, se dejaron las celdas, ocupando su lugar dormitorios compartidos, las trabas de comunicación se eliminaron, promoviendo espacios de relación entre internos, familiares, sociedad (paseos, festejos, viajes, actividades recreativas); los pacientes fueron consultados de cómo querían que fuera la institución y sobre sus expectativas (Cid Luchini, 2002).
Para lograr esta transformación fue necesario involucrar los diferentes actores de la comunidad: pacientes, personal del hospital, familias, gobierno. Se abrieron espacios como la asamblea, donde se evidenció que el personal que atendía a los enfermos se encontraba cronificado, característica propia de la “patología del encierro”. Cuando comenzaron a relucir estas problemáticas se empezaron a vislumbrar cambios que permitieron modificar los roles institucionales y al mismo tiempo revolucionar la manera de trabajar en un hospital mental (Pellegrini, 2010).
La transformación que se ha llevado a cabo ha estado encabezada por el Dr. Jorge Luis Pellegrini y ha sido acompañada por un grupo de profesionales capacitados, quienes emprendieron acciones de cambio que permitieron concebir la salud mental de una manera distinta, como un continuo entre salud-enfermedad, dejó de concebirse entonces al sujeto como enfermo para concebirlo como alguien en quien coexisten los dos estados (salud y enfermedad) y en los que es necesario fortalecer la salud, esta se consigue a su vez trabajando las redes sociales en las que se desenvuelve el individuo (familia, amigos, trabajo).
Se trabajaba bajo un lema “hospital en la calle”, lo cual creó una dinámica “afuera/adentro/afuera/adentro…" que obligó a pensar la realidad socio-político-cultural de una manera distinta donde se cuestionaba la reclusión, el maltrato y el abandono de los tratamientos tradicionales (Pellegrini, 2010: p. 21).
Toda esta transformación dio valor a la interdisciplinariedad que permitía una atención más global de la enfermedad mental, se emprendió la creación de diferentes grupos terapéuticos, desde los cuales se facilita la elaboración de asuntos individuales y grupales, se trabaja con lo emergente, con lo que surge en el momento, con las experiencias de cada uno de los integrantes que aportan a la construcción de la historia del grupo, se coordina por equipos interdisciplinares en áreas sociales y de la salud y se busca la integración de mente- cuerpo como vía de hallazgo de recursos saludables que permitan a los sujetos fortalecer potencialidades y así mejorar su calidad de vida.
En los grupos terapéuticos se tenía al cuerpo como recurso saludable, retomando a Ponty el cuerpo es un punto de referencia a través del cual se articula el mundo, se ponen en juego todas las relaciones del ser humano en la sociedad, el cuerpo como integridad tanto en su calidad de ente biológico como en su dimensión vivencial se constituye en la organización y el sustento de la vida personal.
Rollo May comparte esta apreciación del cuerpo y lo define como una expresión cabal de la circunstancia de que uno es un individuo, lo cual implica como unidad individual separada de los demás asumir una actitud frente a él, es decir, asumir una actitud frente al cuerpo es asumir una actitud frente a uno mismo.
La corporalidad es el punto de partida para comprender los distintos fenómenos de la experiencia de los seres humanos, debido a que toda experiencia se vivencia en y a través del cuerpo, y es a través de éste que se expresa nuestro comportamiento. Por tanto, pensar la salud o la enfermedad sólo se hace posible desde una posición corporal. El cuerpo como un vínculo de inserción en el mundo y de apertura hacia los otros, es un cuerpo abierto al mundo, inserto en él, que está permanentemente expresándose y avanzando. Ser un cuerpo es la posibilidad de proyectarse y comprometerse con el mundo (Castro, García & Rodríguez, 2006).
Además del enfoque corporal, el grupo en sí mismo permite lograr cambios en las actitudes y comportamientos de los miembros, posee un efecto terapéutico. Cuando se comparte en un grupo se suplen necesidades interpersonales de inclusión, control y afecto, esta dinámica que emerge en el trabajo grupal moviliza cambios significativos en el contacto con la propia experiencia, facilitando procesos de aceptación y socialización.
El paso por el Hospital y en especial el trabajo en los grupos terapéuticos me permitió unas conclusiones importantes en relación a la atención en el ámbito de la salud mental, con las que quisiera concluir mi aporte al debate:
• La salud mental es un derecho fundamental, como tal debe ser reivindicado por los estados, la preocupación por el bienestar psíquico debe ocupar la agenda de sectores gubernamentales y hacer parte activa de los ejes de desarrollo de las naciones.
• Es necesario realizar un abordaje interdisciplinario en el tratamiento de patologías mentales, pero al mismo tiempo se hace necesario diferenciar el malestar natural de la vida a la enfermedad mental y alejarnos de la tendencia de patologizar el sufrimiento, el dolor, la frustración, el miedo o las emociones que negamos.
• La aparición de los psicofármacos ha significado un aporte inmenso al desarrollo de la medicina y la psiquiatría, contribuyendo al bienestar de miles de personas en el mundo, sin embargo, el fármaco no es omnipotente, el abordaje integral desde una perspectiva bio-psico-social implica asumir una posición critica frente a la medicalización y desaparición del síntoma.
• La sociedad tiene un papel fundamental en la manera como nos sentimos y vivimos la vida, el entorno en si mismo constituye una herramienta de enfermedad o de cura, si la sociedad enferma, se deben encontrar ahí los recursos necesarios para reivindicar y restablecer procesos de salud.
• Todos independientemente de las condiciones de vida o salud tenemos recursos posibilitadores del bienestar y en este sentido, el contacto, las relaciones terapéuticas y la humanización en los procesos de atención constituye en si mismo un proceso de cura.
• Cualquier abordaje de la salud mental de un sujeto debe involucrar su núcleo cercano de apoyo, si somos seres en relación con un sistema, este sistema debe tener herramientas para reforzar sus vínculos y repensar sus lazos.
• El abordaje mediante la metodología de grupo terapéutico es un recurso valioso y poco explorado, que facilita identificaciones, reconocimiento, apoyo, compromiso y solidificación del aprendizaje, la experiencia del grupo es un catalizador de salud.
• Pensar la dicotomía mente-cuerpo es una manera trastornada de pensar, somos cuerpo, somos unidad de sentido y es por esta razón que cualquier abordaje de salud mental debe trascender la palabra e involucrar la corporalidad como herramienta de contacto con la situación, los otros y el mundo.
• Unir el trabajo del grupo con la conciencia de la corporalidad a través del arte por ejemplo, tiene efectos en la rehabilitación, la educación y la salud mental; al darle relevancia a la creatividad, a la espontaneidad y al proceso más que a los productos se llega a valorar el potencial humano, se concentra el potencial expresivo y creativo que promueve el bienestar en las esferas física, psicológica y espiritual.
• La salud es contacto, es un proceso que consiste en ser capaz de percibir, identificar necesidades y resolverlas, establecer relaciones, mantenerlas y romperlas si es necesario, buscar proximidad y distancia. Es un devenir constante.