Sobre culturas militantes, reacomodos ideológicos, de identidades y proyectos para pensar cómo salir con dignidad de la crisis
Olga Abasolo
Socióloga y feminista
Agradezco la invitación a participar en este debate. El texto de partida abarca buena parte de las preocupaciones y reflexiones que están sobre la mesa cuando se trata de pensar, colectivamente, no solo en hacia dónde vamos, sino hacia dónde querríamos ir. Comparto además buena parte de lo que se expone.
Empiezo por el final: “La encrucijada histórica reclama voluntad política y virtud cívica para activar nuevas hibridaciones entre formatos de representación y de participación ciudadana. Si los partidos quieren estar a la altura de los tiempos, deberían experimentarlas en sus propias carnes organizativas” porque ahí radica el mayor reto.
Sin embargo, dado que los partidos siguen siendo hoy por hoy el canal principal de representación, tan relevante me parece reformularlos desde dentro (por difícil que parezca a juzgar por sus actuales derivas) y abrirlos a las demandas y dinámicas del exterior, como superarlos en cierto sentido y pensar en futuras agrupaciones que escapen a la definición y usos clásicos que conocemos. Esto último más allá de que sea una dinámica deseable o no, que a mí juicio lo es, parece más bien una dinámica potencialmente en marcha (PAH, mareas…).
Nos manejamos en un doble movimiento. El que se produce “dentro”, entre las personas que ya parten de una sensibilidad política, de una práctica más o menos militante dentro del espectro más o menos amplio de la izquierda (social e institucional). Y el de “afuera”… la complejidad social a la que unas y otros pretendemos llegar, como motor para la transformación social. Ambas dimensiones piden cambios profundos.
Desde “dentro” a menudo buscamos alianzas, puntos de encuentro y confluencias (deseables). La propia dinámica de la realidad (los efectos de la crisis) está produciendo matizaciones, acercamientos discursivos y reales inimaginables hasta hace muy poco. Pero seguimos adoleciendo de una falta de superación de los propios vicios de la izquierda: unos por reduccionistas a esquemas preconcebidos, a relatos bien construidos pero escasamente anclados en la realidad; otros por demasiado centrados en sus debates metodológicos de horizontalidad y participación con escaso anclaje también en la realidad. Ambos, comparten un objetivo: llegar a la ciudadanía. Pero desde conceptualizaciones de la misma que no siempre tienen que ver con la realidad. O al menos, no con la realidad en todas su complejidad.
Mientras, lo de “afuera” se transforma, respira, camina. No sabemos en qué dirección, no sabemos aún si el cambio será regresivo o progresivo. Pero, difícilmente llegaremos a algo si no partimos de nuestra realidad (concreta) y reflexionamos con la mayor amplitud sobre el contexto complejo en el que nos hallamos. Qué dinámicas de articulación surgidas de la ciudadanía nos obligan a qué replanteamientos, revisiones, reconsideraciones. Qué límites plantean esas articulaciones. ¿Se está resquebrajando nuestro imaginario colectivo? ¿Hacia dónde deberíamos dirigir la acción colectiva? ¿En torno a qué? Las condiciones materiales, pero no solo estas.
Si no partimos de lo obvio, difícilmente avanzaremos: el ámbito de lo social como terreno contradictorio y conflictivo, en donde se entrecruzan los sistemas de dominación capitalismo, patriarcado… con una base ineludiblemente material, pero también atravesado por discursos (dominantes o no), por representaciones culturales y por la subjetividad propia de nuestro tiempo.
Desde ahí, tanto importan las derivas propias de nuestro terruño, teniendo en cuenta también la perspectiva histórica –por qué estamos donde estamos, y cómo hemos llegado hasta aquí– como las dinámicas europeas, globales, las características actuales de la movilidad del capital.
Pero, no basta con visibilizar las tendencias ocultas (“hacia dónde nos estamos dirigiendo”), tampoco con defender las conquistas del pasado. Tenemos que construir desde lo real.
Un ejemplo: no basta con definir la precariedad, con verla, con ponerle nombre, con denunciarla, sino que tenemos que pensar en cómo politizarla, como partir de ella para transformarla. Tenemos que hincarle profundamente el diente al tema del trabajo (no limitado al empleo en el marco de unas relaciones salariales hoy pulverizadas, sino en sus manifestaciones de hoy, en el impacto de la crisis en la reproducción social) y por tanto a los sindicatos. Desde la crítica constructiva, para superar lacras, para conectarlos con la realidad.
Si son rasgos de nuestro tiempo la ruptura de contratos sociales, el cambio drástico de las expectativas de la población, la erosión de la confianza en los partidos y sus líderes, en las instituciones, la desesperanza por el futuro, tendremos que persistir en engarzar el discurso y la práctica en la crítica de la verdadera naturaleza del poder político y económico. Pero también tendremos que pensar en cómo politizamos lo personal desde los parámetros de hoy.
Por eso, asumamos (y dotémonos de paciencia para procesos más lentos) qué puertas van quedándosenos cada vez más cerradas, y pensemos en cómo abrir otras nuevas. No son útiles por si solas ni las posiciones defensivas (y reactivas) de lo que ha sido y es la “izquierda de toda la vida”, ni ver atisbos de ella en pequeños resultados ya sean electorales o en las calles. Pero tampoco las dinámicas autorreferenciales, de posesión de las claves más puristas de la horizontalidad, de las nuevas prácticas, de la participación ciudadana.
Hablamos de ciudadanía, de construcción de mayorías sociales, pero lo cierto es que ésta en muchos casos ni nos conoce. Ni se identifica con nuestros debates. Más bien parece que intentamos adaptarla a nuestros idearios.
Sobre lo nuevo y lo viejo
Conocer nuestra historia, la historia del conflicto social, desmenuzar las estrategias del capital, fijarnos en las experiencias históricas no significa intentar reproducirlas una y otra vez, pero sí transmitir que esto va de conflicto, y que ese conflicto es histórico, y por tanto cambiante en términos de su especificidad. De igual modo, unas prácticas no sustituyen a otras sin más. Conviven durante un tiempo, oscilan, se regeneran o transforman.
Más que ver en el 15 M una nueva forma de hacer y entender la política rupturista con potencial para estabilizarse en el tiempo (por mucho que haya contribuido a sacudir viejas estructuras y dinámicas y a generar otras nuevas) creo que es una expresión que tuvo su momento, que no volverá a repetirse porque ya ha resultado en otra cosa. Igual que en el caso de las mareas han marcado un important episodio, pero también hoy en reflujo. Por otra parte, sería ingenuo pensar que a partir del 22M las clases populares se hayan unido a la senda abierta por el 15M. Todas ellas, más allá de sí mismas, son expresiones de virtud ciudadana en construcción. Han confluido y confluyen y confluirán por un tiempo despertares, indignaciones, penurias, desesperanzas, rabia y proyectos de futuro de jornaleros, estudiantes, clases medias, precarias, inmigrantes, mineros, intelectuales, profesores de universidad y jubiladas. Previamente organizadas o no. Todo eso es política.
Y una vez más, la sociedad va por delante de las instituciones de su orden social. Hoy por hoy, todo suma. Las ideas políticas para el gobierno de la cosa pública (para la definición del bien común, de las necesidades humanas, para el reparto del producto social) siguen contando. Pero, como también se dice en el texto de partida. Para remozar la comunidad de referencia parece obligado actualizar además los vínculos de relación de los partidos con otras redes socio-culturales y políticas activas.
Enhorabuena por esta iniciativa y sigamos dándole vueltas a nuestras culturas militantes, sigamos atentas a los reacomodos ideológicos, a la construcción de las identidades (supervivientes… combativas o no) con el horizonte compartido de salir con dignidad de la crisis.