La cuestión del partido
Jorge Moruno
Sociólogo
La cuestión del partido una vez más, sigue provocando grandes dolores de cabeza y discusiones. Se puede optar por insistir en la fórmula del partido como la agencia encargada de ejecutar las aspiraciones de las masas, como el núcleo de la subjetividad vanguardista y actor privilegiado en el manejo de la información a la hora de comunicar hacia afuera y disciplinar. Se puede también, desechar la idea misma de su existencia en cualquiera de sus formas, compartiendo el mismo esquema del primer caso aunque desde la óptica opuesta, pues ambos ejemplos inciden en la posibilidad “escaparse” a esferas y espacios paralelos y al margen de las relaciones sociales capitalistas, cuando ya no existe un “afuera” del tiempo dominado por la empresa-mundo. Una tercera opción podría versar en hacer una lectura laica del estado de las cosas en nuestro tiempo histórico y esgrimir de ahí, el tipo de instituciones e identidades que puedan forjarse. La política irrumpe cuando se distorsiona la lógica policial, tal y como la entiende Jacques Rancière, lógica que impide el vacío del desorden del dominio. Distorsión que altera el reparto de las propiedades comunes entre las distintas partes de la sociedad y subvierte la posición de quienes pueden ejercitar el poder de la decisión.
En una sociedad conectada como la nuestra que atraviesa a las organizaciones y en una sociedad en la que las organizaciones deben atravesar a la sociedad, no se puede seguir pensando la función del partido de la misma manera que antaño cuando existía una frontera y cierta rigidez, entre quien emitía la comunicación y quienes recibían la información. Hoy la partida y el partido se juegan cada vez más de cara hacia afuera, donde las decisiones pensadas para y desde el intestino determinan cada vez menos la capacidad política de la organización. La influencia social se presenta determinante a la hora de tomar decisiones. La comunicación adopta un giro copernicano donde se modifica la relación entre quien la emite y quien la recibe, donde se mezclan y entrecruzan varias rutas y sucede como nos recuerda Marx en su III Tesis sobre Feuerbach, que el propio educador necesita ser educado. Estar sujeto a ritmos cambiantes y flexibles que dependen de la capacidad por saber moverse con agilidad entre la opinión pública y haciendo de bisagra con los movimientos sociales sin pretender colonizarlos.
El problema ideológico, que no de la ideología, también tiene que ver con gastar muchos esfuerzos en priorizar una radicalidad retórica que suele ser directamente proporcional a la incapacidad real para hacerla efectiva. Batallitas más centradas en el ombligo que solo le importan a un porcentaje ínfimo de la población, "yo soy más de izquierda porque digo que estoy más a la izquierda", que en pensar realmente cómo incidir más allá de los muros que nos lo impiden. Existe mucha población golpeada y perjudicada por las políticas económicas de la Troika susceptible de conformar la unidad popular, pero que no se ve reflejada en los símbolos y los códigos tradicionales de la izquierda. Buscar las maneras de incorporar a toda esa gente no significa dejar de ser de izquierdas, más bien todo lo contrario, pues los colores, los símbolos y los imaginarios deben responder a la realidad que da significado a la gente y nunca al revés. La unidad popular no es la unidad de las siglas ante un programa, hace falta ir más allá, si bien son fundamentales unos puntos programáticos claros y radicalmente democráticos. Reanudar la potencia constituyente de liberación de la explotación y búsqueda de bienestar, no exige casarse con su manera de expresarlo, con su metáfora, porque no hay nada de natural en la naturalización de los ejes, ya sean arriba y abajo o izquierda y derecha. No se trata de renegar del pasado, pero tampoco de revivirlo como si nuestro tiempo fuera una simple nostalgia fotografiada de otro que pudo ser mejor o peor, pero que ya no es el nuestro. Necesitamos de la audacia para moverse en un equilibrio complicado, entre no caer en la marginalidad y evitar diluirse en la insipidez del régimen político dominante. Tratando de marcar aquellas fronteras donde ensanchar y fortalecer posiciones políticas y evitando aquellas que te debilitan y reproducen la caricatura que refuerza al enemigo. El partido como una confluencia popular de muchas convergencias de sensibilidades y perfiles diferentes, plurales y amplios como solo puede ser la democracia.