Regeneración: de lo moral a lo político
Andrés de Francisco
La indignación es una emoción eminentemente moral y política. Su presupuesto es una exigencia de justicia. Y se expresa mediante la negación: “¡No hay derecho!” es su formulación más escueta. Pero la indignación no basta para la acción política. No se convierte automáticamente en lucha por el derecho. Pasar a la acción exige más cosas: esperanza, coraje, alegría, y, desde luego, rebeldía. Y más cosas…
Los partidos, el sistema de representación, la cultura partidaria están en crisis. Pero los partidos y el gobierno representativo no van a desaparecer. Parte de la agenda de la izquierda debería centrarse en su regeneración. ¿En qué sentido? Mayor democracia. Mayor democracia dentro de los partidos significa mayor meritocracia, más transparencia, más control y más participación de las bases: que la palabra y la crítica fluyan con libertad. De lo contrario medrarán los de siempre: los más obedientes, los leales con sus jefes, y los más mediocres y cobardes. Mayor democracia en el sistema de representación significa más pluralismo y más igualdad. Todo lo contrario de lo que ocurre ahora, que los intereses de la riqueza y el dinero (minoritarios) están sobre-representados, mientras que los intereses de las mayorías (más vulnerables y desapoderadas) están sub-representados. En ambos casos, lo contrario de democracia es oligarquía. Los partidos convencionales y la democracia representativa están oligarquizados. Esto quiere decir que, dentro y fuera de los partidos, gobiernan y mandan los pocos ricos. Y desde hace tiempo lo hacen sin pudor ni vergüenza.
Esto es lo que nos indigna y ante lo que nos rebelamos.
Mientras haya que luchar por el derecho y la democracia, el esquema derecha-izquierda seguirá siendo válido. Porque la tradición de la izquierda es eminentemente la tradición republicano-democrática. Es la tradición que ha intentado conquistar la plena ciudadanía y la libertad real para los muchos pobres, es decir, para el mundo del trabajo, para los que nos ganamos la vida con nuestro esfuerzo, mujeres y hombres. La tradición democrático-republicana de la izquierda ha reclamado el derecho a la existencia de todos los ciudadanos y ha entendido la sociedad como comunidad solidaria de iguales y como un sistema de cooperación, no como una selva competitiva e individualista.
Por eso la izquierda es y tiene que seguir siendo anticapitalista. El capitalismo es el principal disolvente de todo proyecto político que intente construir una ciudadanía robusta. Es el principal disolvente de las virtudes cívicas. Desencadena fuerzas –competencia, codicia, individualismo- que fragmentan a las sociedades y quiebran sus redes e instituciones de solidaridad. Democracia –al menos una democracia real- y capitalismo son viejos enemigos.
La estrategia anticapitalista de la izquierda tiene un horizonte muy claro: autogestión y desmercantilización. Cuanta más empresa autogestionada haya, mejor para los trabajadores; cuantos más bienes y servicios fundamentales –vivienda, educación, sanidad, sustento energético…- saquemos del mercado, tanto mejor para el derecho a una existencia digna de todos los ciudadanos, también de los más desfavorecidos.
Esto pasa por recuperar el Estado como Estado social y democrático. Pero no para hacerlo grande y pesado como una enorme máquina burocrática sin alma, redundante y torpe, sino para hacerlo fuerte y ágil y rápido de reflejos. Ese Estado en forma sería el principal instrumento de un gobierno verdaderamente democrático.