Comprender la indignación
Leo Moscoso
SPO-Consulting (director)
«Un gruppo sociale può e anzi debe essere
dirigente già prima di conquistare il potere governativo (è questa una delle condizioni principali per la stessa conquista del potere); dopo, quando esercita il potere e anche se lo tiene fortemente in pugno, diventa dominante ma deve continuare ad essere anche “dirigente” .»
Antonio Gramsci, Quaderni del Carcere, vol 3,
Turín: Einaudi, 1975, pp. 2010-11.
El texto escrito por Jerez Novara y Sánchez León plantea muchos problemas de enorme importancia. Por razones de espacio, me limitaré a comentar sólo el primero de ellos. Lo haré con las seis observaciones que siguen.
1. Al principio, la acción. Que el recurso a la movilización representa para todos los desvalidos la única alternativa frente a la movilización de los recursos es un lugar común de la sociología de los movimientos sociales desde hace más o menos cincuenta años. La indignación de los débiles se ajusta a la ecuación de siempre en política: no es el actor el que da lugar a los objetivos; son los objetivos los que dan lugar al actor, o – como escribió el poeta – al principio, la acción. De modo que – al contrario que bajo la lógica de la institución – la lógica del movimiento social pone delante de las narices de todos la ineludible necesidad de alterar las relaciones entre el sujeto y el predicado de la acción política. Nos obliga a reconocer que ese animal que somos no actúa porque piensa, sino que piensa porque actúa. A fin de cuentas, actuar no es sino mostrar que uno quiere hacerse entender. Hacerse entender es volverse visible como parte de algo: me rebelo, luego somos.
2. La indignación clama justicia pero deja el mundo como está. Los ciclos de corrupción suelen dar paso a los ciclos de indignación. Ahora bien, la indignación – sin duda un fin en sí misma – es una patología; y el trabajo central de la crítica (que es medio y no fin) debería ser la denuncia. Indignación es la emoción reactiva del que se ve impunemente estafado. No cambia el mundo; sólo permite que el mundo empiece a ser comprendido de otro modo. Deja el mundo como está, pero cambia el lenguaje: Hay mucho de cognitivo, pero muy poco de político en la indignación. El indignado no busca ni el acuerdo, ni el compromiso, ni la amnistía. Su acción se encuentra investida de la autoridad moral de quien ni quiere pasar página ni desea mirar para otro lado, porque el del indignado es un envite por la justicia y por la verdad. No por una verdad y una justicia del porvenir, sino por una justicia y una verdad prontas, severas e inflexibles que han de realizarse aquí y ahora. El problema del partido de la decencia es que la condena moral del oponente sólo puede inaugurar la espiral de la política por otros medios y de la cruzada moral. Cruzada es esa forma de política que pone los valores morales propios como objetivo de la acción en lugar entenderlos como su precaria premisa. Conduce al empeño totalitario consistente en querer imponer los valores propios a los extraños y en la descalificación moral del adversario político. La espiral de la condena moral no cambia el mundo, pero ella misma no puede tener otro final que el de pasar al incorruptible por la guillotina. Ora quella turba d’ira e d’odio pregna, con fatti e con mal dir cerca vendetta...
3. Cambiar el lenguaje hace posible romper con la ortodoxia. El indignado se sitúa en las antípodas del político: su obstinación lo hace imposible de chantajear (y no hay, ciertamente, quien entre en el juego de la política si no puede ser chantajeado). De ahí la proliferación de medios sin fines, que es rasgo ineludible de la cólera revolucionaria, de la furia de los incorruptibles. Los movimientos sociales de hoy representan para el sistema un desafío análogo al que representaron los movimientos heréticos en el pasado. Se trata en ambos casos de un episodio de ruptura con la ortodoxia. En la medida en que aquellos que han de hacerse visibles presionan por su inclusión (no es que estén movilizados para ganar visibilidad – de ahí la superficialidad de cuantos dan pábulo a la tesis que define a los indignados como here-we-are-movements), necesariamente tendrán que sustentar sus razones en la defensa de los derechos de todos aquellos a los que aspiran a representar. El movimiento adopta así un Eschaton igualitario que asumirá inevitablemente una apariencia contra-institucional. Necesita de una ortodoxia a la que desafiar: a veces lo hará violentamente, a veces sólo en el terreno ideológico.
4. El pluralismo y el turno son empleados para neutralizar la enmienda que el movimiento plantea a las instituciones. En todo caso, ahí estarán todos los elementos del movimiento en tanto que reacción: rechazo de la jerarquía y de la ortodoxia, retorno a la pureza originaria, nostalgia de un pasado imaginario, invención de una tradición, de un enemigo, de una supuesta dirección de la historia... Las revoluciones son defensivas por definición. Defienden con reveses coléricos un mundo que se desvanece, aunque generalmente lo hagan con los métodos de un mundo que carece de visión de futuro. Se objetará que esta visión conduce al quietismo, etc. Y se objetará – sobre todo – que bajo el régimen democrático no debería verificarse este fenómeno, ya que, en tanto que democrático, este régimen no se presenta a sí mismo como el portador de ortodoxia alguna. Es posible, se dice, tomar partido sin salir fuera de él, porque su propio orden incluye ya la alternativa al poder político vigente en un momento determinado. La respuesta es – sin embargo – que la alternancia prevista, en la medida que pre-ordenada, no es más que una simulación de alternancia (especialmente para aquellos sistemas políticos menos capaces de traducir las entradas de nuevos actores en la creación de nuevas y más amplias esferas de igualdad) y su función no es otra que la de mantener excluidas a las fuerzas que se presentan con el derecho y la voluntad de ser incluidas; esto es, de hacerse visibles.
5. El dilema del movimiento social. Radica en este punto la comprensión del célebre dilema de los movimientos. La influencia y la perdurabilidad (es decir, el éxito) de todo movimiento social dependen de su cohesión interna y del reconocimiento que el movimiento obtenga. Ahora bien, tal como reza el célebre apotegma, mientras que la cohesión es una función de la debilidad numérica (de ahí que, a mayor debilidad, mayor clausura ideológica), el reconocimiento es una función de la fuerza numérica. Los movimientos sociales pierden cohesión conforme crecen y pierden reconocimiento conforme sus apoyos declinan: de ahí su proclividad a la ciclotimia política, su inclinación a desarrollarse en ciclos de emergencia y latencia, de euforia y desencanto. El movimiento perecerá de manera ineluctable si la pérdida de cohesión originada por su propio ciclo de crecimiento, es seguida por la pérdida de fuerza numérica del movimiento (originada en el agotamiento de la agenda, en la extenuación de los actores o en la propia división originada en el ciclo de crecimiento) sin que éste o sus dirigentes hayan sido capaces de encontrar una expresión institucional estable (es decir, a largo plazo) de sus reivindicaciones antes de que la diáspora se verifique. De ahí, que la lógica del movimiento social se desenvuelva bajo el signo de Saturno: la revolución no puede finalizar (por eso tiende a devorar a sus hijos). Si no se encuentra una salida institucional, el movimiento perecerá o fagocitará a sus propios dirigentes.
6. Principios morales, verdad y justicia. Muchos movimientos y organizaciones políticas practican la política por otros medios. Está claro que los valores no son la premisa de la acción, pero está igualmente claro que deberían serlo. Al final, muchas de las llamadas batallas ideológicas no son más que una confrontación entre principios. El movimiento que desafía al poder constituido se convierte en dirigente si consigue que, en esa batalla ideológica, sus principios prevalezcan. A cierta derecha española le molesta mucho la “pretendida superioridad moral de la izquierda”: es lógico que envidien la posición de sus oponentes. Es mucho más fácil defender, por ejemplo, que el dinero debe estar al servicio de la gente, que defender que la gente deba ser puesta al servicio del dinero. Si principio es lo que está antes, el movimiento y sus oponentes deben convertir los principios morales en la premisa de la vida pública, en lugar de hacer de ellos uno de sus objetivos. Quien incendia una cuestión moral, generalmente no busca más que ganar partidarios y seguidores. Y el objetivo de la política en una sociedad pluralista no puede ser la imposición de ninguna verdad moral a nadie. La justicia es el objetivo de la política. Es una lástima que quienes piden justicia no suelan tener la política a su alcance.