El reto de la izquierda: analizar el peso del conservadurismo y la religión en la agenda antifeminista de las extremas derechas
Steven Forti
Las nuevas extremas derechas no encajan del todo con las categorías de interpretación que solemos utilizar para analizar este fenómeno. Me explico: Vox, el lepenismo, Salvini, el trumpismo, Orbán, el bolsonarismo o Alternativa para Alemania no pueden analizarse como si fuesen el fascismo de entreguerras o el neofascismo de la segunda mitad del siglo XX. Tienen algunos elementos de continuidad con aquellas experiencias, no cabe duda de ello, pero también son algo distinto. Resumiendo mucho, se trata de un fenómeno radicalmente nuevo. Si no lo entendemos, me temo que nunca conseguiremos frenarlas y derrotarlas.
Esta extrema derecha 2.0 es hija de su tiempo, del fin del mundo bipolar de la Guerra Fría, de la derrota del comunismo, del giro centrista de la socialdemocracia, de las profundas transformaciones vividas por nuestras sociedades, de la crisis del modelo neoliberal. Todas estas formaciones comparten muchos elementos, tanto en su discurso como en su práctica política: por esto podemos hablar de una Internacional reaccionaria o de una gran familia ultraderechista a escala global (que se organiza también gracias al apoyo de importantes lobbys, como la de las armas y la integrista cristiana). Esto no quita que haya divergencias, a veces muy profundas, entre un partido y otro: en los programas económicos –desde el ultraliberalismo al Welfare Chauvinism–, en la geopolítica –atlantistas vs rusófilos– y en los derechos civiles. Esta última cuestión es especialmente interesante para el debate que se está dando en estas páginas sobre el antifeminismo.
Hay tres elementos que creo necesario subrayar para que se pueda elaborar una respuesta eficaz a la amenaza ultraderechista. Si es cierto, como ya se ha apuntado, que todas las nuevas extremas derechas son generalmente antifeministas y misóginas, debemos intentar ir más a fondo y fijarnos en los matices. No es lo mismo, de hecho, el discurso de Fidesz en Hungría o de Ley y Justicia en Polonia con el del Partido Popular Danés, los Demócratas de Suecia o, inclusive, la Agrupación Nacional de Le Pen. Las culturas y las tradiciones políticas de cada país influyen en cómo aborda estas temáticas la nueva ultraderecha: en los países católicos (u ortodoxos) defienden posiciones mucho más duras sobre el aborto, la igualdad de género, la familia o los derechos del colectivo LGTBIQ comparado con países protestantes o donde sencillamente la religión ha tenido históricamente un peso mucho menor en la época contemporánea. Hay una clara diferencia, pues, entre las extremas derechas del Este y el Sur de Europa, y también de América Latina, con las del norte del viejo continente. Esto significa que para que centre el objetivo la respuesta que se le da deberá ser modulada y ajustada al contexto.
Por otro lado, esta nueva extrema derecha tiene más a menudo de lo que podíamos imaginar a líderes mujeres: pensemos no solo en Marine Le Pen, sino también en Giorgia Meloni en Italia, Alice Weidel en Alemania o, para quedarnos más cerca, en Rocío Monasterio. Todas ellas reivindican sin tapujos ser mujeres. Además, Weidel no tiene apuros en defender públicamente que es lesbiana, que tiene una relación con una mujer de Sri Lanka y que ha adoptado a dos hijos. Es un cambio de paradigma notable respecto al pasado. ¿Cómo contrarrestar su discurso? Poniendo de manifiesto no solo que en algunos casos se trata sencillamente de pinkwashing, sino que la idea de mujer que reivindican Meloni, Le Pen, Monasterio y Weidel es la de un feminismo empresarial y clasista. Estoy muy de acuerdo, en síntesis, con María Eugenia Rodríguez Palop cuando habla de que el feminismo más eficaz y eficiente es el relacional o de la diferencia.
Por último, hay un tercer elemento especialmente innovador en estas ultraderechas: la carga de rebeldía de su discurso. Pablo Stefanoni lo ha explicado estupendamente en su reciente libro, ¿La rebeldía se volvió de derecha?: las extremas derechas han conseguido construir un discurso que se presenta como provocador, incorrecto y profundamente crítico con lo que se considera el establishment, concepto en el cual, sobre todo a nivel cultural, se incluyen también a las izquierdas. De ahí la cultura chanera, la memización de la política, el antiprogresismo visto como una bandera de libertad y las guerras culturales. Muchos jóvenes en la actualidad compran el discurso ultraderechista porque lo ven como rompedor y antisistema. En Ho 16 anni e sono fascista. Indagine sui ragazzi e l’estrema destra, Christian Raimo explicaba como muchos adolescentes romanos piensan que Mussolini mola: jóvenes que no vienen de por si de familias conservadoras; jóvenes que hace 20 o 40 años se habrían podido tatuar el Che Guevara en el brazo. ¿Qué ha pasado pues? ¿Qué hacer para contrarrestar estos discursos?
Es cierto que, más allá de que la extrema derecha ha conseguido centralidad o directamente ha impuesto su agenda en algunas batallas culturales –piénsese en el tema de la inmigración, por ejemplo–, las izquierdas han ganado otras batallas, desde el feminismo al medio ambiente. Ahora bien, se trata de batallas, no de la guerra: como apuntan Cecilia Carballo y Paula Pof en el caso del ecofascismo, el riesgo –más real de lo que podamos creer– es que la ultraderecha se apropie de estas banderas y las haga suyas, obviamente llevándolas a su terreno. Para evitar este escenario no basta con condenar moralmente a la ultraderecha, poner de relieve que su agenda es retrógrada o explicar sus mentiras: hace falta también construir una propuesta inclusiva, incluyente e ilusionante que sepa, al mismo tiempo, mostrar la complejidad de nuestras sociedades y ofrecer horizontes de esperanza.
La izquierda, en suma, debe recuperar el terreno perdido, sin caer en estériles debates bizantinos, sin pensar que para frenar a la ultraderecha hay que comprar parte de su discurso, sin separar luchas materiales y culturales, sin acabar siendo percibida como conservadora, es decir como una especie de último soporte del orden existente. Si Lenin afirmó que el comunismo eran los soviets más la electricidad, podríamos atrevernos a plantear que en la actualidad la izquierda debería ser la unificación de las diferentes luchas existentes –contra las desigualdades, en defensa de la clase trabajadora, por una verdadera igualdad de género, por ampliar los derechos civiles, etc.– más la ilusión.
Aquí se pone, sin embargo, otra cuestión. En Mil máscaras. La deriva del nacionalpopulismo italiano, Paolo Mossetti considera que la izquierda no debería querer ganar por goleada en algunas de estas luchas. Según el periodista italiano, sería contraproducente porque hay el riesgo de regalar a la ultraderecha sectores de la sociedad que no se oponen de por sí a una agenda progresista, pero que pueden percibirse amenazados por cambios demasiado acelerados. Sabemos que el miedo es una de las palancas que utiliza justamente la ultraderecha para aumentar sus consensos. No podemos subvalorarlo. Esto no quiere decir que se deba renunciar a estas luchas, sino que, manteniendo bien firmes los principios, valdría la pena saber modular la agenda del cambio para que nuestras sociedades, de por sí ya muy polarizadas y deshilachadas, no acaben realmente partidas en dos. Creo que también esto es un elemento sobre el cual valdría la pena reflexionar.