La agenda ecofascista de la extrema derecha: medioambiente, misoginia y xenofobia
Cecilia Carballo
Politóloga
Paula Pof
Periodista
“No se puede confiar en la frase: ‘Esto aquí no puede pasar’. En determinadas circunstancias, puede pasar cualquier cosa en cualquier lugar” Margaret Atwood El cuento de la criada.
Cuando lo nuevo no termina de nacer y lo viejo no termina de morir, cobran mayor relevancia los espacios en disputa. En medio de esta crisis sistémica las disputas son y serán por la garantía del espacio vital y el control de la herencia de lo que está muriendo.
La nueva normalidad está acelerando las diferencias entre generaciones y personas, no sólo entre territorios. Normaliza el paso de un estado del bienestar a la sociedad del miedo. Invisibiliza y desatiende las violencias machistas. Asume el recorte de derechos y libertades en pos del interés general. Normaliza también los efectos del cambio climático y colapso sistémico, concretado, a menudo, en récords de temperatura, incendios forestales multicausales, huracanes más intensos que se mueven con más lentitud y devastan más, ciclones tropicales, Filomenas y DANAs cada vez más presentes y severas, pérdida de suelos y actividades tradicionales, contaminación...
Esta nueva normalidad concentra a más personas en los bordes del sistema, las expulsa desde el centro a las periferias y las obliga a sobrevivir, no producen y tampoco consumen. El panorama no es muy alentador y una inmensa mayoría nos codeamos con los bien posicionados creadores de escasez. Los oligarcas de las plusvalías del planeta y sus habitantes.
Hay muy pocas personas que puedan vivir como si no hubiera límites. Este sistema tiene una forma de plantear la vida que no comprende sus dos dependencias materiales básicas: naturaleza (porque dependemos de los recursos naturales) y cuidados (porque no podemos vivir sin que nos cuiden otras personas). Y la extrema derecha tiene una agenda que transita silenciosamente del negacionismo a la preparación de un escenario en el que unos pocos acumularán todos los recursos. Un contexto en el que una mayoría social conocerá el significado de la falta de agua, la inseguridad alimentaria, las enfermedades asociadas al cambio climático, etc. Un escenario ecofascista. Parece contradictorio pero, ¿qué hay más estratégico que negar una evidencia para no tener que plantear una agenda que nos englobe a todas las personas?
En disputa, además del significado, están los significantes. Se habla de ecofascismo y la realidad es que ya se aprecia una clara intersección entre ecologismo, nacionalismo y neoliberalismo. Nada de esto es nuevo, pero revive y le sirve a aquellos que defienden el que todo cambie para que no cambie nada.
Usan el (real) agotamiento de recursos bajo los mantras “no hay para todos” o "los de aquí primero". Un discurso peligroso que se ha alimentado desde hace años con medidas de austeridad impuestas en toda Europa. Una receta neoliberal que ha calado en muchas mentes educadas bajo el sistema que nos ha tocado vivir. Un sistema, cuya referencia es el sistema capitalista y patriarcal. Aposentado sobre una jerarquía de valores basados en la división de roles, la competitividad, la desigualdad, la segregación y la continuada explotación de recursos ajenos.
Todas sabemos, o intuimos, que esta globalización es desigual y oculta las vergüenzas de un modelo de fascismo territorial, según Boaventura de Sousa Santos, donde nuestra riqueza sólo se mantiene gracias a la explotación de recursos que vienen de otros territorios. Si nuestras fronteras impidieran la entrada a estos recursos y mercancías, al igual que hacemos con los seres humanos, la supervivencia de los países desarrollados estaría en cuestión.
La autodenominada ecología integral es parte del rearme ideológico de muchas corrientes de la extrema derecha. Desde neopaganos a supremacistas, decenas de grupos quieren subirse a la ola del medio ambiente, aprovechando un momento clave de concienciación social. Si los legitimamos como ecologistas o defensores de la tierra, impondrán su agenda. En Francia el Frente Nacional habla de la protección del planeta y la vida, y se muestran a favor del “orden natural de la sexualidad”, en contra de la interrupción del embarazo o la eutanasia.
Esta propuesta es peligrosa en tanto asegura haber superado el eje izquierda-derecha para defender a los seres vivos. En realidad lo que hace es incardinar el medio ambiente, la misoginia y la xenofobia. Contempla la gestión de las sociedades como los ecosistemas. Entendiendo que al igual que la naturaleza, las sociedades funcionan con leyes, y cuando éstas se ven vulneradas por la entrada de agentes externos, enferman. Su discurso frente a las personas extranjeras es simple, reducen a los extranjeros a microorganismos y los sitúan en un lugar en el que no deberían estar, con las fronteras como muros de contención. La extrema derecha habla de proteger el entorno, tanto de las multinacionales extranjeras como de los migrantes.
Una retórica poderosa traducida en lemas sencillos que se apoyan en la inseguridad y pobreza. Interpela a hombres y mujeres de maneras diferentes pero complementarias, sirviéndose de la agonía para generar una guerra del último contra el penúltimo, del odio al diferente. Así, la suma del “no hay para todos” y el pinkwashing, referido al uso de la violencia contra las mujeres para criminalizar a segmentos de la población y aplicar políticas racistas -tal y como explica en la anterior intervención Amelia Martínez Lobo- enarbola una bandera blanca, hetero, supremacista y conservadora. Basta con hacer el análisis de cómo han evolucionado los mensajes. De “los extranjeros vienen a quitarnos el trabajo a los españoles” a afirmar que “una avalancha de migrantes viene a violar a nuestras mujeres”. Querer fagocitar nuestra fuerza en un revés tenebroso que enarbola el odio y el antifeminismo.
Por eso es necesario que hablemos también de la geopolítica de unos recursos cada vez más escasos y concentrados, recursos en propiedad de sujetos políticos muchas veces, no identificados. Mercantilismo climático, seguridad climática y redefinición de los bordes del sistema en términos de capacidad de carga ecológica. Los creadores de escasez están ya utilizando las tecnologías y el análisis de datos para rentabilizar los nuevos nichos de mercado y las plusvalías derivadas de los nuevos yacimientos de empleo (tecnologías verdes, energías renovables, mercados de carbono, servicios ambientales…) y con políticas migratorias xenófobas de cierre de fronteras para blindar enclaves estratégicos con aforos limitados.
Algunos dicen que el mundo será verde, violeta y tech o no será. En realidad cabe la posibilidad de no ser, porque habrán laminado el futuro de millones de personas y acabado con el equilibrio ecosistémico que permite que diferentes especies convivamos en una casa común. Nuestro modelo a seguir es aquel en el que nada y ninguna vida se desprecia, el que sostiene y resguarda un ciclo vital del que todas formamos parte, sancionando y alertando de esta posibilidad excluyente. En el que poner la vida en el centro, como proclama el ecofeminismo, supone replantear este sistema económico y las políticas que se han creado alrededor no de objetivos de la vida sino de un crecimiento ilimitado imposible.