Novedades en las extremas derechas y potenciales atractivos para las mujeres
Laura Gómez Hernández
Politóloga, investigadora y experta en políticas de igualdad de género y participación ciudadana
Como ya se ha dicho en este debate, el regreso de la extrema derecha a la escena política como actor emergente forma parte de un movimiento global en el que las cuestiones de género tienen una relevancia central en su proyecto político. Sin embargo, sus posiciones respecto a los derechos de las mujeres y de las personas LGTBI difieren y adoptan narrativas distintas en cada contexto nacional.
Es precisamente en esta diferente consideración de las cuestiones de género en donde se inscriben algunas de las novedades históricas que presentan las nuevas extremas derechas.
Una de estas novedades está siendo la de colocar a una élite femenina al mando. También la capacidad que pueden estar demostrando estos liderazgos femeninos para movilizar y atrapar el apoyo de las mujeres. Se va reduciendo la brecha entre mujeres y hombres que eligen a la extrema derecha como opción política. En 2015, la Encuesta Social Europea daba cuenta de una tendencia inquietante: en siete países de la UE la extrema derecha era apoyada por el 40% de las mujeres y demostraba una importante capacidad de reclutamiento de mujeres jóvenes.
Lo están consiguiendo hacer con un discurso que incorpora elementos identitarios del feminismo de la diferencia y clasistas del feminismo liberal, tales como la defensa de la diferencia sexual, el valor del cuidado y la maternidad asociados a la feminidad, el apoyo a la participación de las mujeres en el mercado laboral, la aceptación de los derechos LGTBI o incluso evitando oponerse frontalmente al aborto.
Ahí está la amistad de Marine Lepen con el mundo LGTBI y su rechazo a apoyar en Francia una reforma del aborto similar a la que planteó Gallardón en España, el lesbianismo de la dirigente alemana de AfD que conforma una familia no tradicional o la representación de la supermadre de la italiana Meloni.
Detrás de esta “modernización ideológica” que apuesta por liderazgos femeninos y giros discursivos de defensa matizada de los derechos de las mujeres hay una estrategia que busca “desdiabolizarse” capturando banderas progresistas con el fin de salir de la marginación política y extender su base sumando al grupo emergente de las mujeres, tal y como ha señalado Amelia Lobo en este debate.
Pero, como también ha apuntado Steven Forti, no sólo se trata de pinkwashing. La defensa de los derechos de las mujeres sirve instrumentalmente para construir la ficción de una cultura occidental fundada en una presunta democracia sexual amenazada por culturas sexistas foráneas que pretenden acabar con ella. El problema de las mujeres no sería el régimen patriarcal y la institucionalización de su subordinación, sino los hombres inmigrantes, especialmente si son musulmanes.
Esa ficción se alimenta, además, de distintas paranoias que nacen de la obsesión por las bajas tasas de natalidad en occidente y la supuesta mayor capacidad reproductora de los inmigrantes. Esta tesis, conocida como el “gran reemplazo”, no deja de ser una mediocre teoría conspirativa sin ningún respaldo estadístico, pero funciona como un mito movilizador que parece resultar rentable electoralmente.
Al igual que los derechos de las mujeres, los derechos de las personas LGTBI y la denuncia de la homofobia, siempre de los musulmanes, también es usada para reforzar su cruzada antiinmigración. Su éxito no ha sido nada desdeñable entre el mundo gay, que no lesbiano y transexual. Esa sería otra de las innovaciones históricas de estas nuevas extremas derechas. Se pueden presentar como racistas y progay articulando alianzas con el movimiento LGTBI al tiempo que niegan el matrimonio entre personas del mismo sexo y su posibilidad de adoptar.
En definitiva, esta extrema derecha, efectivamente, no sólo adopta un discurso que la hace más aceptable en contextos de hegemonía feminista y de rechazo mayoritario a la LGTBIfobia, sino que, además, le permite articular un nosotros común que se cierra en clave nacional frente a un otro extranjero agresor sexual e invasor demográfico.
Con todo, el análisis de esta retórica “feminista” y de las políticas que impulsan cuando tienen representación institucional muestran que las propuestas no difieren de aquellas extremas derechas que criminalizan al feminismo y se oponen sin complejos y abiertamente a los derechos de las mujeres y personas LGTBI.
Tal y como muestran los estudios de caso analizados en el informe “La extrema derecha y el antifeminismo en Europa” (2021) de la Fundación de Estudios Espacio Público, el futuro que proyectan todas ellas tiene en común el retorno al viejo modelo de hombre proveedor y mujer reproductora y cuidadora, introduciendo mecanismos de disciplinamiento de las mujeres y personas LGTBI usados profusamente en el pasado: limitar o eliminar los derechos sexuales y reproductivos, fortalecer la familia nuclear heteronormativa y patologizar otras formas familiares, refijar el rígido binarismo de género –sólo hay hombres y mujeres biológicamente determinados- persiguiendo la educación sexual y asimilándola con la pedofilia, negar la violencia de género, etc.
El futuro que imaginan estas extremas derechas, sin embargo, no es sólo un retorno a un supuesto pasado dorado, sino un proyecto constituyente en construcción, en discusión y sin contornos claros, pero que avanza hacia formas sociales antiigualitarias a través de estados con un fuerte carácter autoritario.
Desde esa perspectiva, comparto la tesis ampliamente expuesta acerca de que la relevancia que va adquiriendo la extrema derecha no puede ser interpretada sólo como una reacción al avance de los derechos de las mujeres. Sino que, más bien, podría explicarse por su capacidad para usar moduladamente sus posiciones antifeministas, según el contexto, para debilitar la democracia representativa e instaurar un nuevo régimen político que responda autoritariamente y en clave elitista a los grandes desafíos civilizatorios a los que nos enfrentamos, como la crisis ecológica, la crisis de reproducción social, el reemplazo humano por robots, etc.
Desveladas sus intenciones, necesitamos entender con cierta urgencia la corriente subterránea que podría estar articulando el apoyo de las mujeres a la revuelta reaccionaria para poder frenarla eficazmente. La ponencia inaugural de María Eugenia Rodríguez Palop ya indagaba extensamente y con lucidez en muchas de las claves que podrían estar detrás de los malestares de las mujeres y para los que el feminismo liberal no tendría respuestas. Aquí me propongo introducir algunos elementos que, sin ser del todo nuevos, profundizan en algunos aspectos no tan explorados y que podrían estar siendo captados de forma oportunista por la extrema derecha.
Una razón del posible apoyo de las mujeres a la extrema derecha podría estar vinculado con el rechazo a unas políticas de igualdad liberales que se entiende han abandonado a la inmensa mayoría de las mujeres. La promesa de igualdad de género sólo ha llegado a unas pocas afortunadas, mientras que el resto ha observado como en las últimas décadas han empeorado sus condiciones de vida y su experiencia vital cotidiana está atravesada hoy más que nunca por la incertidumbre, especialmente para las mujeres jóvenes y las madres cabeza de familias monoparentales. A la extrema derecha no se le escapa. Pueden oponerse a unas políticas de igualdad que representan el statu quo de ese “neoliberalismo progresista” que las ha empobrecido tal y como lo llamó Nancy Fraser, al tiempo que se posicionan a favor de la igualdad salarial y desarrollan medidas dirigidas a las jóvenes madres y a las familias monoparentales.
Hay algo más. Pese a la falta de redistribución del poder económico y social entre mujeres y hombres, es verdad que las políticas de igualdad han corroído las tradicionales jerarquías de género y han provocado cambios sustanciales en la articulación de los lazos sociales y de las relaciones íntimas.
En el marco de un capitalismo que mercantiliza todos los aspectos de la vida –la amistad, el sexo o el amor- y los orienta hacia el consumo, la mayor libertad de elección en la forma de vincularse habría quedado atrapada por una gramática relacional basada en el cálculo de interés individual y utilitarista, que busca acumular experiencias en un nuevo mercado sexual amplio y diverso. Esa captura mercantil no sólo estaría impidiendo la articulación de vínculos estables, sino que, además, estaría tensionando hacia la ruptura los ya establecidos.
El sexo casual y el reconocimiento de las mujeres a partir de su capital erótico, que pueden leerse como fuentes de agencia y ejercicio efectivo de la libertad, en realidad son agujeros negros para la inmensa mayoría de las mujeres. Entre otras cosas porque minan su autoestima instrumentalizando sus cuerpos y poniéndolos a competir entre ellos al servicio de la mirada y del deseo masculinos. Y eso es así porque la autoestima femenina se apuntala en la reciprocidad y en el reconocimiento que moviliza emociones ya que su posición en los cuidados sigue siendo un elemento central de su identidad emocional-cultural, especialmente en su rol de madres.
La cuestión que aquí nos interesa ver es que esto, en parte, podría estar explicando todo un movimiento de mujeres, que rechazan su objetivación sexual y un sexo casual desapegado y desresponsabilizado del otro, y giran su mirada hacia los valores familiares perdidos y los roles tradicionales de género. Como señala la socióloga Eva Illouz, quizá su rechazo a estas libertad e igualdad en materia sexual capturadas por el mercado, que ha cambiado la relación entre los sexos y también ha reforzado el dominio de los hombres sobre las mujeres, esté desempeñando un papel importante, aunque menos visible y analizado, en su apoyo a las nuevas extremas derechas.
La incertidumbre material y emocional que convierte el futuro en una competición por la supervivencia, por una parte, y deteriora la autoestima de las mujeres, por otra, podría estar haciendo que lo que hace una década eran fenómenos aparentemente marginales, ya no lo sean tanto.
Podría estar diciéndonos que al feminismo de la cuarta ola le ha salido un competidor reaccionario y astuto que pugna por reorientar los malestares de las mujeres, movilizándolas y queriendo cancelar así el feminismo.