El populismo de extrema derecha y su batalla identitaria en el medio rural
Gabriela Vázquez
Área de agroecología Fundación Entretantos.
La cornisa cantábrica, desde la burbuja inmobiliaria, está plagada de plumeros de la Pampa. Esta especie invasora, que no tendría nada que hacer en un bosque de castaños, se extiende como el fuego por la tierra removida que fue la norma durante tantos años de construir urbanizaciones y autovías. Llegó de Argentina en uno de esos barcos de containers que son la base material de la globalización neoliberal. De los terraplenes se extendió a los campos y, descuidado por las autoridades, pasó a invadir toda la franja costera, de temperaturas amables y humedad alta. Eliminarlo una vez extendido es muy costoso porque no vale con cortarlo, hay que destoconarlo con maquinaria, desenterrarlo desde la raíz. El plumero es estéticamente precioso salvo cuando lo miras pensando en todo aquello que no ha podido crecer porque él llegó primero.
La modernización agraria neoliberal, basada en la homogeneización del campo, la concentración de la propiedad y la conversión de los agricultores en empresarios ha removido buena parte de los ejes que estructuraban la vida rural: ni el calendario, ni las fiestas, ni los tiempos de trabajo, ni la estructura económica son las mismas. Ni siquiera el clima. La comunidad se ha desgajado y sólo queda –trastocada– la familia.
Al igual que en las ciudades el obrero de la fábrica ya no es el único sujeto político ni el mayoritario, en el medio rural las identidades tradicionales, más relacionadas con la agricultura y la ganadería, se han visto sustituidas por identidades fragmentadas, desdibujadas: puedes vivir en un pueblo y desplazarte todos los días a la cabeza de comarca en coche para trabajar de teleoperadora, o levantarte para limpiar la cuadra antes de irte a la Universidad. Los sujetos rurales puros que imaginamos y romantizamos nunca existieron, pero ahora existen menos que nunca.
Las crisis del capitalismo y las políticas de austeridad han desestructurado el medio rural y la idea que sus habitantes tienen de sí mismos. La democracia representativa ha ignorado sus intereses –al ser electoralmente despreciables y algo molestos porque chocan con ese paradigma globalizador- haciéndoles sentir poco respetados. Sin médicos, sin escuelas, sin transporte público, con medidas cosméticas dictadas según el parecer de gente que siempre está en otra parte: en Madrid, en Bruselas, pero nunca allí. Por otra parte, los movimientos sociales urbanos han mirado hacia otro lado por desconocimiento, desconexión, falta de sintonía, incluso por cierto sentimiento de superioridad intelectual. La sociología rural viene mapeando desde hace décadas el descontento, la indignación, la sensación de abandono, la pérdida de autoestima.
En este escenario, en este terraplén de la autovía, llega la extrema derecha. Señores de apellidos compuestos que se hacen pasar por representantes de los intereses del campo. Pero señores que al fin y al cabo, se esfuerzan por hacer sentirse reconocida a una población que los partidos neoliberales de derecha e izquierda llevan décadas ignorando (despreciando, sometiendo a una romantización paternalista, deshumanizadora y simplificante).
El populismo utiliza significantes vacíos para aunar a poblaciones de distintas clases contra un enemigo común. El populismo de derechas se basa para esto en la idea de orden y en el autoritarismo –que exige acogerse a un liderazgo fuerte para defenderse del “caos” que viene del exterior y proteger las tradiciones, particularmente fáciles de encarnar en el medio rural– y a un nativismo que reconoce lo propio como superior y convierte también al extranjero en “el otro”.
El populismo de derechas no es lo mismo que el fascismo: no rechaza la democracia liberal, y su imaginario no está orientado al futuro sino al pasado. Los populismos de derechas en el medio rural utilizan la nostalgia como modo de restaurar la dignidad de una población que se ha sentido ninguneada y faltada al respeto. Genera así una confianza que los partidos neoliberales de izquierda y derecha no han sabido ganarse nunca.
En las estrategias de los partidos populistas de derechas europeos lo urbano se configura como “el otro”. Las políticas identitarias –incluida el feminismo– son presentadas por la extrema derecha como una serie de invasiones culturales de las poblaciones urbanas, que tratan de imponer sus prioridades a la población rural sin haberse hecho previamente cargo de sus demandas. Las mujeres del medio rural no se sienten inferiores a los hombres, o no en mayor medida que las mujeres urbanas, pero presentan una gran reticencia a autodenominarse feministas –ya que esto se identifica con una claudicación ante ese “enemigo invasor” urbanita, multicultural y progre-.
Esto no significa que en el medio rural no exista gente convencidamente feminista, ecologista, antirracista, etc. Gente valiente y que, en muchos casos, sufre acosos y persecuciones absolutamente condenables. Pero sí que los códigos e imaginarios del medio rural no suelen identificarse con lo que los movimientos proponen en el medio urbano, aunque algunos de sus habitantes los utilicen. No creo que haya una idea clara de lo que significa “lo feminista” o “lo ecologista” en el medio rural, y esto a veces permite al populismo de derechas desplegar sus discursos sobre “lo verdaderamente feminista” o “lo verdaderamente ecologista”.
En nuestro país, Vox ha utilizado el medio rural por su potencia simbólica, no por su importancia electoral. El imaginario rural –los amplios campos de Castilla por los que Abascal galopaba en su spot, reflejo de la nación pura aún no corrompida por el extranjero– no solo apela a quien aún vive en el campo. Las zonas urbanas y periurbanas siguen acogiendo a mucha población migrada de zonas rurales hace solo una generación; parte de la población urbana mantiene una visión romantizada del medio rural como guardián de las auténticas tradiciones. Abascal también estaba galopando para ellos.
Además, Vox ha acogido como propias las “tradiciones” del campo más criticadas por ese “Otro” urbanita y progre: la caza, los toros, el Land Rover. Aunque esta no sea la única realidad del campo –existen, sin duda, otras- es una realidad, que hace a una parte de la población sentirse reconocida allá donde otros solo la han sometido a la vergüenza.
Aunque los populismos de derechas se presenten como alternativa a los burócratas neoliberales, la apisonadora cultural neoliberal de estas décadas favorece sin duda a la ideología de derechas: el individualismo, el consumismo y la competición están tan implantados en la mentalidad de la población rural como en la urbana, lo cual seguramente también ha dificultado que el descontento se haya transformado en una acción colectiva emancipadora.
Esto no significa que el medio rural esté ganado para la extrema derecha: los grandes resultados de Vox, al contrario de lo que se ha querido hacer creer, no se han dado en los pueblos de Castilla, sino fundamentalmente en los barrios ricos de ciudades grandes (especialmente Madrid) y en zonas rurales históricamente de derechas, empobrecidas y con mucha población migrante (sobre todo en Levante). Esto puede cambiar en una dirección y otra. Los vínculos se han creado, pero son frágiles.
En las protestas de ultraderecha convocadas por el PEGIDA (Patriotic Europeans against the Islamisation of the Occident) en Alemania del este, solo un 15.4% de los participantes decían mostrar rechazo frente a la población musulmana. La mayoría de la gente se unía a las manifestaciones no por su agenda anti-islámica, sino a pesar de ella. En España tenemos el ejemplo de los discursos de la España vacía/vaciada, que Vox trató de cooptar sin éxito. Fueron finalmente las plataformas de base de centro-izquierda quienes consiguieron liderar el movimiento, conectándolo con los fracasos de las políticas neoliberales.
La conclusión es que es el reconocimiento del valor propio de la población rural, sus reivindicaciones y sus problemáticas es lo que moviliza, y no los idearios propios de la extrema derecha. Este es un efecto colateral.
Para los movimientos sociales de izquierda esto implica que, antes de tratar de transformar el medio rural, convendría tratar de comprenderlo y descubrir lo que ya existe en él de aquellos valores que queremos fomentar. Dejar de verlo como un lugar vacío en el que proyectar nuestras utopías o un reducto ignorante al que reeducar, sino como un –amplísimo y diverso– territorio con distintos deseos, intereses y reivindicaciones. Un mosaico de lugares donde viven personas con un hartazgo considerable y comprensible derivado de siglos de aniquilación cultural –entre otras cosas- por parte de las poblaciones urbanas.
Solo de este reconocimiento, comprensión y empatía podrá derivarse un entendimiento mutuo, un intercambio que pueda ayudar a perfilar los escenarios de futuro que los propios habitantes del medio rural visualizan para sí mismos. Y para sí mismas.
Referencias:
[1] Natalia Mamonova , Jaume Franquesa y Sally Brooks (2020): ‘Actually existing’ right-wing populism in rural Europe: insights from eastern Germany, Spain, the United Kingdom and Ukraine, The Journal of Peasant Studies, DOI: 10.1080/03066150.2020.1830767
[2] Natalia Mamonova y Jaume Franquesa (2019). Populism, Neoliberalism and Agrarian Move-ments in Europe. Understanding Rural Support for Right-Wing Politics and Looking for Pro-gressive Solutions. Sociologia Ruralis, Vol. 0. DOI: 10.1111/soru.12291