Repensar la economía desde la clase trabajadora
Anibal Garzón
Sociólogo, docente y analista internacional
Como bien dice el título del debate que realiza Espacio Público, “Repensar la economía con las trabajadoras y trabajadores”, entra de fondo una cuestión clave que tuvo su auge en el proyecto thatcherista de los años 80. Para la “Dama de Hierro”, apoyada por teóricos posmodernistas y ultraneoliberales como la Escuela de Chicago liderada por el Premio Nobel de Economía Milton Friedman, el concepto de clase trabajadora dejaba de existir y todos nos convertíamos, supuestamente, en una “clase media”. La meritocracia, la emprendedoria, el éxito personal, cuajaban en la ideología dominante neoliberal en un momento de crisis del socialismo soviético.
Fue tan fuerte la implementación de esta ideología, mediante Soft Power y Hard Power, como la prueba piloto del modelo económico tras el Golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile en 1973, que el concepto de clase, y lucha de clases, se convirtió en marginal incluso en muchos debates de la izquierda. Ya ni siquiera el pacto de clases entre capital-trabajo, de la tesis keynesiana, era hegemónico en Occidente. El colectivismo perdía fuerza frente al individualismo. Si una persona no tenía éxito el problema no era el modelo era la persona.
Todo este trabajo ideológico ha hecho que hablar en el siglo XXI de clase trabajadora pase a ser visto como algo obsoleto. Por eso, y para romper con la hegemonía cultural occidental neoliberal, hablaremos de “repensarla la economía no con las trabajadoras y trabajadores, sino desde la clase trabajadora (concepto con enfoque de género)”. La clase trabajadora no debe ser el complemento de la economía sino justamente el sujeto central de la misma como creador de la riqueza material mediante la venta de su fuerza de trabajo. Posiblemente esto se vea como algo lejano, dadas las condiciones actuales en un mundo globalizado, pero si no rompemos en un presente con la ideología dominante impuesta por las élites económicas, el cambio político y social queda en utopía.
La clase trabajadora en todo este proceso ha tenido una crisis de identidad, que hizo dar un paso atrás de “clase para sí” (subjetividad) a “clase en si” (objetividad), un retroceso en la conciencia de su misma existencia. Contradictoriamente, mientras las condiciones materiales de la clase trabajadora empeoraban, con retrocesos del Estado del Bienestar y políticas públicas, pérdida de derechos sociales y laborales, un mercado laboral menos regulado con nuevas reformas y caída de fuerza de los sindicatos, entre otros aspectos, el choque social decrecía por la pérdida de identidad de clase. Se imponía la meritocracia, el éxito individual, y la clase media, como ideología, nunca mejor dicho como concepto peyorativo de Karl Marx. Aún así, han existido desviaciones en la élite económica sobre la existencia de la lucha de clases. El multimillonario estadunidense, uno de los más ricos del mundo, Warren Buffet, señaló en 2011 que “hay una lucha de clases, pero es la mía, la de los ricos, la que está haciendo la guerra. Y la estamos ganando”. Buffet dejó claro que la gran victoria de la ideología neoliberal era que la clase alta era consciente de la lucha de clases y su existencia (clase para sí), mientras que la clase trabajadora perdía su identidad (clase en sí).
Buffet abrió una brecha, directa o indirectamente, al menos en el campo intelectual de izquierdas, que dio eco al trabajo del joven británico Owen Jones con su obra, “Chavs: la demonización de la clase obrera”. Trabajo que explica todo el proceso de empobrecimiento identitario de clase obrera británica, sobre todo a partir del conflicto minero de los años 80, tras las medidas económicas neoliberales e ideológicas neoconservadores de Margaret Thatcher. El problema no es que no exista la clase trabajadora británica sino que identificarse en el siglo XXI como clase trabajadora es un concepto despectivo, “todos somos clase media”. Estas resistencias contra el posmodernismo también llegaron al Estado Español con la obra de Ricardo Romero (conocido como Nega, cantante del grupo Los Chikos el Maíz) y la politóloga Arantxa Tirado, “La Clase Obrera No va al Paraíso. Crónica de una desaparición forzosa”. Obra que explica la copia del modelo económico e ideológico del Reino Unido a España, con una diferencia, que en el Reino Unido las medidas fueron implementadas por el Partido Conservador (derecha), y en España por el Partido Socialista Obrero Español (“izquierda”) entre 1982 a 1996. Hecho que refleja que las tesis neoconservadores se imponían transversalmente, tras la caída del Socialismo Soviético, en la derecha y la izquierda institucional, con el llamado “Fin de las Ideologías, “Fin de la Historia”.
Un hecho histórico hizo perder hegemonía al modelo neoliberal, y resucitó el debate de clases sociales; la crisis económica del 2008, un fenómeno cíclico del capitalismo. La primera crisis que juntaba varios elementos a la vez; una crisis financiera, crisis energética y crisis alimentaria. En España, uno de los países más castigados de la OCDE por esta crisis, la tasa de desempleo llegó al 26,1%, en el primer trimestre de 2012 según el Consejo General del Poder Judicial se llevaron a cabo 46.559 desalojos forzados (519 por día), y la pobreza infantil y la desnutrición alcanzó en 2016 los 2,5 millones de escolares. Mientras, como “solución”, el Partido Popular y el Partido Socialista llevaban a cabo recortes sociales en salud, educación y servicios públicos, afectando a las mayorías y perdiendo la clase trabajadora beneficios conseguidos en sus luchas de los años 70 y 80. Los dos partidos, construyendo una falsa dicotomía izquierda y derecha, modificaron sin referéndum el artículo 135 de la Constitución española dando prioridad a indicadores macroeconómicos, política impuesta por la Troika (FMI, BC, CE), que a las realidades sociales del crecimiento de pobreza y desigualad. Una política económica que defendió los intereses de la clase alta con la firma del Memorando de Entendimiento en 2012 donde el gobierno español “rescataría” con 100.000 millones de euros a los principales bancos privados que quedaban en quiebra, entre ellos Bankia. La supuesta clase media desaparecía, y como decía Buffet los ricos ganaban la lucha, quitando el Estado capitalista a los que menos tienen y dando a los que más poseen (IBEX35).
Un modelo de país controlado por el IBEX35, las 35 empresas más grandes de España, donde está en pocas manos el capital financiero nacional, las industrias comunicativas, las industrias alimentarias, armamento, tecnologías, salud, infraestructuras, y en definitiva las principales decisiones de un Estado, a veces incluso ocultadas para la opinión pública, es un modelo deficitario democráticamente. Que unas pocas personalidades (minoría) decidan asuntos de suma importancia nacional (mayorías), como los tipos de interés o los precios de suministros en un momento de crisis económica, ha hecho más visible la plutocracia que existe en España entrando en el debate social conceptos que han empezado a deslegitimar un modelo que era hegemónico; el Régimen del 78. El politólogo Rubén Juste presentó su investigación “IBEX35: Una historia herética del poder”, desenmascarando como las políticas económicas del PSOE y el PP, los gobiernos alternos del Régimen del 78, siempre estuvieron enfocadas a favor de los beneficios de las grandes empresas españolas, creando el índice bursátil del IBEX35 en 1992, y perjudicando a la clase trabajadora con la privatización de empresas públicas. Si 35 personalidades (no elegidas por voto popular) deciden el modelo económico de un país de más de 40 millones, es lógico poner en duda que no hay una gestión democrática sino una plutocracia, un sistema de clases sociales. Entonces, ¿Qué hacer?
Los sindicatos, como fuerzas de unión de clase obrera en el tejido productivo, deben modificar su estrategia prioritaria del pacto capital-trabajo, donde se busca defender los derechos laborales bajo el modelo capitalista, a empoderar a la clase trabajadora como gestora de las fuerzas productivas para construir un nuevo modelo. La gestión de la clase trabajadora de empresas propias, como modelos de economía social y del bien común, o modelos mixtos privados-públicos mediante cooperativas, o el crecimiento de su papel en la gestión pública productiva, e incluso en el escenario político, es un primer paso para dar empoderamiento en un nuevo modelo económico de sostenibilidad, soberanía y autogestión. Es necesario, para ello, formaciones dentro de las organizaciones sindicales y sociales para dar instrumentos a la clase trabajadora para llevar a cabo estas funciones de decisión. Ahora bien, un primer paso es empezar en proyectos microeconómicos para poder ser exportados a una economía de envergadura nacional, y aquí entran los partidos políticos y el papel de Estado. Las privatizaciones de empresas públicas, iniciadas por el gobierno de Felipe González y seguidas de manera exponencial por Aznar, Rajoy y Zapatero, cumpliendo los criterios de la Unión Europea y el Tratado de Maastricht, fueron la estrategia esencial para dejar a la clase trabajadora como meros actores productivos y no como sujetos de decisión.
Parece ser que en España se configurará un llamado gobierno progresista entre PSOE-Unidas Podemos, aunque falta definir cierto acuerdo con fuerzas nacionalistas periféricas. Este nuevo gobierno posiblemente se centre en políticas públicas para volver a algunos logros del Estado del Bienestar -veremos si el PSOE rompe con su rumbo neoliberal de los últimos años- bajo el pacto capital-trabajo, pero seguirá dejando de lado el papel esencial de la clase trabajadora como gestor del tejido productivo y actor político. Se podrán buscar pactos, adelantando hipotéticamente, a favor del aumento del salario, pensiones, de inversiones en educación y salud pública, tema vivienda, derogar posiblemente la reforma laboral, del papel de los sindicatos como actor para gestión de conflictos, pero la clase trabajadora seguirá teniendo un papel marginal como sujeto decisivo y empoderado en la economía nacional. ¿Seguiremos siendo todos y todas considerados simbólicamente de clase media? ¿La clase obrera es ser Chavs? ¿La clase obrera seguirá en su proceso de muerte? ¿El IBEX35, la oligarquía española, seguirá siendo quien decida de manera no democrática el destino del país, teniendo sus intereses personales por encima de los de la patria y la soberanía nacional?
La clase trabajadora, como clase mayoritaria, debe ser un actor central en la gestión del país; con sindicatos transformadores del modelo económico, cubriendo cargos de parlamentarios, en los Ministerios de Trabajo y Economía, entre otros, y teniendo espacios participativos en los medios de comunicación, para de esta manera volver a dar el salto cualitativo de “clase en sí” a “clase para sí”. En el gobierno británico del Partido Laboralista de Clement Attlee (1945-1951), gobierno para la reconstrucción nacional tras la II Guerra Mundial, Ernest Bevin, Ministro de Trabajo y fundador de la Seguridad Social, era de clase trabajadora y sin ninguna formación académica llevó a cabo políticas transformadoras en beneficio de las mayorías haciendo, de esta manera, manifiesto que la clase trabajadora no era un actor para vender su mano de obra sino para participar en la gestión de un país. El cambio no es “Repensar la economía con las trabajadoras y trabajadores”, sino “repensar la economía desde la clase trabajadora”.