¿Hay Europa?
Cristina Faciaben
Secretaria Internacional CS. CCOO.
Ante la pregunta de si “¿Hay Europa?”, la respuesta deseable sería decir “Si, hay Europa”, pero la respuesta más realista es “Si, pero Europa tiene que cambiar, y mucho”.
La deriva que ha tomado el proyecto europeo ha ido desencantando paulatinamente a más y más ciudadanos y ciudadanas. Sin duda, una valoración objetiva lanza un balance positivo de la existencia y la pertinenza a la Unión Europea. Son muchos más los pros que los contras, pero lo cierto es que gran parte de la ciudadanía percibe de forma más directa los efectos negativos, especialmente en forma medidas de recorte y de ajustes, que los inúmeros efectos positivos.
Como el europeísmo de CCOO es innegable, y desde el convencimiento de que Hay Europa y debe haber más Europa, pero una Europa diferente, con motivo de las elecciones al Parlamento Europeo, desde CCOO, lanzamos una propuesta de una nueva Europa para la clase trabajadora.
Posiblemente estemos ante el momento más crítico por el que atraviesa la Unión Europea desde su constitución. El desapego de la ciudadanía europea con la idea de Europa es creciente y responde a muy diversos motivos. A pesar de incidir de forma directa sobre su vida, la idea de Europa es lejana para muchos ciudadanos europeos. En este sentido la baja participación en las elecciones al Parlamento europeo, así como el desconocimiento sobre las funciones, competencias o actividad de las instituciones europeas, y por ello, de lo que supone la UE es manifiesto, según nos muestran las encuestas.
Si el objetivo es que el proyecto europeo recupere el interés entre la ciudadanía, es imprescindible revertir la tendencia y hacer que la ciudadanía recupere la confianza en dicho proyecto. Pero para ello, es necesario analizar cuáles han sido los principales factores que han alejado a las personas de la idea de una Unión Europea útil para sus intereses.
Uno de los causantes de la creciente desafección ciudadana es, sin duda, la crisis económica que ha atravesado Europa y, especialmente, la pésima gestión política de la misma. Recortes y austeridad han sido la única receta aplicada en los estados miembros de la Unión. Se ha cargado sobre los y las trabajadoras el peso de los ajustes: quienes no causamos la crisis, sino que fuimos sus víctimas, seguimos castigados con recortes y pérdidas de derechos.
Otro factor que de forma evidente ha contribuido a que parte de la población no se sienta parte del proyecto europeo es la falta de legitimidad democrática de las instituciones europeas desde donde se imponen estas medidas antisociales: Banco Central Europeo, Consejo europeo, Comisión Europea…
El perfil claramente de derechas de los gobiernos de los estados miembros, con honrosas excepciones como Portugal, a la cabeza de las instituciones europeas marca su carácter conservador, si no directamente neoliberal, de las políticas que desde allí se diseñan.
En este caldo de cultivo han ido ganando espacio opciones políticas de ultraderecha, nacionalistas, racistas y xenófobas y machistas. Se trata de movimientos euroescépticos que lanzan mensajes de un populismo insultante sobre la inutilidad de la Unión Europea. Se acusa a la UE de limitar la soberanía nacional, de imponer condiciones excesivas a los estados, al tiempo que supone costes sin que, según su discurso, la UE aporte nada a cambio a los miembros.
Entre un determinado tipo de personas, especialmente castigadas por la crisis, que han perdido sus empleos, cuyo nivel de vida ha caído, que no ven futuro para sus hijos… tienen cabida estos argumentos antieuropeos junto a los discursos anti migración, que pretenden trasladar la responsabilidad sobre las personas migrantes ante el desempleo, la precariedad laboral, el empobrecimiento, el encogimiento del estado del bienestar o la inseguridad. Son las personas que acaban votando por partidos que defienden ideas como la de Europa para los Europeos, el cierre de fronteras, la negativa a aceptar las cuotas de personas refugiadas de la UE, el cierre de puertos para el desembarco de náufragos en el Mediterráneo…
Esta combinación da como resultado el Brexit. Aunque con manipulación por parte de sectores interesados en la salida de Gran Bretaña de la UE, lo cierto es que las y los ciudadanos británicos decidieron mediante un referéndum democrático abandonar la Unión Europea. Las consecuencias de esta salida, más allá de que se logre una salida con acuerdo o sin él, son desconocidas, pero muy presumiblemente, serán negativas para el Reino Unido y para la Unión Europea y sus estados miembros.
Pero más allá de cuestiones económicas, presupuestarias e incluso relacionadas con la movilidad de trabajadores o con el empleo, el proyecto europeo ha sido golpeado fuertemente con la decisión británica y ha quedado en evidencia la profunda crisis que atraviesa. Tal vez actualmente sea el Brexit la cuestión que pone más en entredicho que Haya Europa…
El modelo europeo se aleja cada vez más del espíritu fundacional de la Unión: la Europa Social. Porque aquello que nos hacía diferentes, el acervo social europeo, prácticamente ha desaparecido. No se avanza hacia la convergencia social, sino que las diferencias y las desigualdades entre europeos se agravan. En lugar de una mayor protección de los derechos sociales, se está viviendo un claro retroceso del estado del bienestar tanto en aquellos lugares donde estaba plenamente desarrollado, con el norte de Europa como paradigma, como en aquellos países donde antes de culminarse su implantación fue recortado drásticamente como en la Europa del sur.
En este punto cabe puntualizar que la Europa Social, solo podrá ser realidad con una decisión política y la pregunta que surge es ¿Por qué tenemos un mercado y una moneda única y no podemos tener un sistema de protección social único y por qué existe un Semestre Económico y no un Semestre Social?
La apuesta por la Europa Social pasa por establecer un cuerpo normativo en materia social vinculante para todos los estados y con presupuesto garantizado. Así mismo, serían necesarias unas condiciones en materia social impuestas por la UE estado por estado y un sistema de indicadores y de medición del cumplimiento de las obligaciones y de sanciones por incumplimiento a aplicar, del mismo modo que actualmente se hace para las cuestiones económicas con el Semestre Económico y las recomendaciones por países.
Ante este escenario, que de forma esquemática, se ha intentado mostrar, desde CCOO planteamos ante el nuevo período del Parlamento y la Comisión Europea, las siguientes propuestas.
Queremos una nueva Europa porque la actual no nos sirve, ya que se ha ido alejando de los pilares que fundamentaron la creación de un proyecto de construcción europea basado en la solidaridad y un programa económico y social. Mientras avanza la peor cara de Europa: la del odio, la xenófoba, la que excluye… la Unión Europea es incapaz de definir una política única y común de migración, refugio y asilo y firma acuerdos vergonzosos con Turquía para contener la llegada de refugiados a Europa, despreocupándose del futuro de estas personas que tienen reconocidos el derecho al refugio y el asilo de acuerdo con el derecho internacional.
Una Europa que siendo la mayor economía del mundo mira hacia otro lado mientras miles de personas han perdido la vida en el Mediterráneo intentando llegar a Europa huyendo de la guerra, la persecución o la muerte en sus países de origen o simplemente buscando una opción de trabajo que les permita sobrevivir.
Pero, ¿cómo se puede construir esta Nueva Europa?
En primer lugar, recuperando la idea de la Europa Social, de y para las personas. En este modelo, deberá definirse un contrato social que permita una sociedad más justa e igualitaria. El Pilar Europeo de Derechos Sociales tendrá que materializarse y habrá que priorizar los derechos de las personas sobre la libertad económica y establecer estándares sociales de obligado cumplimiento y sanciones ante su incumplimiento.
Pero también es imprescindible una Europa democrática, solidaria e igualitaria, porque solo una Europa basada en principios democráticos podrá reducir desigualdades y actuar solidariamente. La auténtica democracia pasa por un Parlamento Europeo con plena capacidad de decisión, ya que se trata de la única institución europea elegida por la ciudadanía, y que debe poder representar al pueblo que ha escogido su composición.
Así mismo, es necesaria la transparencia de las instituciones y un cuerpo normativo común y único sobre cuestiones fundamentales como migración, refugio o asilo. La transversalidad de género debe estar garantizada en todas las políticas comunitarias. Hay que reivindicar fuertemente la Europa del Trabajo decente, tal y como proclama el Objetivo número 8 de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible) de la Agenda 2030 de Naciones Unidas.
Por otro lado, se debe garantizar una negociación colectiva fuerte y eficiente y la libertad sindical para poder desarrollar plenamente nuestra actividad como agentes sociopolíticos.
Uno de los mayores ataques al modelo social europeo ha sido sin duda el debilitamiento y práctica destrucción del diálogo social europeo. Este debe recuperar el papel esencial que el tratado fundacional de la Unión otorgó a la participación de los interlocutores sociales en la elaboración de la normativa laboral y social comunitaria.
Solo una protección social garantizada en Europa y un salario mínimo europeo pueden posibilitar la eliminación de discriminación, dumping social y desigualdades entre personas trabajadoras de diferentes países de la Unión Europea y garantizar la igualdad de trato y de condiciones vida y trabajo.
Europa debe ser de las personas y no solo de los mercados. Para ello, son fundamentales políticas públicas sobre educación, sanidad, formación, salud en el trabajo o vivienda junto a trabajo decente. Para CCOO el trabajo decente es aquel con condiciones salariales y de trabajo dignas, pleno empleo, fin de la discriminación de las mujeres en el mundo del trabajo, protección social y pensiones justas. Solo así será posible un proyecto de construcción europeo que se centre en las personas.
La política económica europea debe cambiar, debe ser más justa y social porque la competitividad económica debe ir de la mano de la justicia social. Ello comporta también nuevas instituciones económicas y un sistema fiscal común y más justo y unas políticas comerciales de la Unión Europea más equitativas que garanticen protección de los derechos sociales y el medio ambiente y no solo aseguren los intereses de las grandes corporaciones.
La nueva Europa que proponemos debe ser feminista, y en ella se deberá erradicar cualquier tipo de violencia contra las mujeres, eliminar las diferencias retributivas o la discriminación de las mujeres en el trabajo y potenciar la participación, representación, visibilidad y empoderamiento de las mujeres.
Por último, pero no menos importante, Europa debe avanzar hacia una transición justa, porque la Unión Europea debe ser un referente de la protección del medio ambiente, la transición justa y la sostenibilidad.
Ante las nuevas realidades del mundo del trabajo, por ejemplo de la economía de plataforma o la gig economy, debe estar reconocido que se trata de relaciones laborales, que las personas que trabajan deben ser asalariadas y que deben acceder en igualdad de condiciones a los derechos laborales y sindicales, al margen del sector o de la tipología de la empresa donde presten sus servicios.
Ante estos retos, el sindicalismo europeo tenemos un importante papel que jugar para conseguir una nueva Europa donde se recuperen y se mejoren los derechos de los y las trabajadoras. En primer lugar, los sindicatos europeos debemos ser más fuertes y estar más unidos para recuperar el poder contractual que hemos perdido con el debilitamiento del Diálogo Social europeo, pero también porque, a nuestro entender, la Confederación Europea de Sindicatos (CES) no ha sido una contraparte lo suficientemente combativa contra la patronal europea y la parte gubernamental representada por la Comisión Europea. Debemos reforzar nuestra capacidad de movilización, que tiene que ver con la propia naturaleza de muchos sindicatos que no utilizan la movilización ni las medidas de fuerza como instrumento de acción sindical.
Como conclusión, como afirmaba al principio, “Hay Europa”, pero hay que reconstruirla en base a los valores fundacionales que garanticen la justicia social al tiempo que se salvaguarda la economía y el medioambiente.