Repensando la economía
Ignacio Liniers Barreiros
Economista
Respecto a si saldrá fortalecida la democracia con la actual crisis
Nada me hace pensar lo contrario, no creo que exista hoy por hoy ninguna alternativa a la democracia, los ataques a la misma que vienen a través del populismo parece que chocan con los checks and balances y parece que las democracias responden con bastante eficacia. Claro que hay excepciones, como parece ser Venezuela, y que hay otras democracias, que siempre han sido deficitarias de tales equilibrios y reparto de poderes, que sí sienten el golpe, como pueden ser el caso de Rusia o de Turquía. El análisis internacional sería toda una disertación inagotable pero hoy por hoy no parece que pueda decirse que la democracia como sistema de gobierno esté en ciernes.
Hoy día puede decirse que los países son democracias o que hacen todo lo posible por parecerlo y no creo que esta crisis, que es de orden económico en lo fundamental, redistribución de la riqueza y precariedad, vaya a cambiarlo. Cosa distinta es que salgan fortalecidas, para ello habría que solucionar el tema de fondo, la enfermedad subyacente que nos ha traído hasta aquí y es ahí donde empiezan los problemas pues el primer paso es acertar en el diagnóstico. Así como los síntomas son conocidos, precariedad, peor reparto de la riqueza, mercantilización del contrato laboral (temporalidad, externalidad del concepto de empleo…) parece que todos los analistas del tema, de la rama a la que pertenezcan, nos hablan del neoconservadurismo y de la tercera vía como los vehículos de la crisis, a lo que hay que sumar el efecto de la globalización, esa convergencia de terceros países que, si bien debería de ser una ayuda a la economía (además de inevitable), no está exenta de sus efectos colaterales: deslocalización de empresas, disminución de salarios y de condiciones laborales por el aumento de la oferta de trabajo,…
Hay que acertar con el diagnóstico y además tenerlo mecanizado y unificado entre los posibles actores que le puedan dar solución. Y en segundo lugar hay que atajar dicho problema. Mientras tanto las democracias sufrirán de estrés, lo que no es bueno, pero tampoco malo. Los problemas de precariedad, evolución regresiva de los impuestos y evolución negativa de la redistribución de la riqueza hay que solucionarlos y provocarán dolores de cabeza a la democracia, pero es posible que la democratización sea la solución última, tal y como indica el título de este debate.
Respecto a si es el momento en el que la democracia entre en el terreno vedado de la economía
O incluso en lo que podríamos llamar terreno enemigo como es el de la sagrada empresa privada, creo que sí que es el momento. La socialdemocracia creo que ha sido una política subsidiaria respecto del reparto de las rentas, es decir una vez que el sistema capitalista ha repartido mal las rentas, la socialdemocracia, como un Sísifo impenitente, tiene el encargo (o la maldición) de hacer que ese mal reparto se mitigue en lo posible para que el sistema siga funcionando, de manera que se crea un estado subsidiario en lo que a las necesidades y oportunidades se refiere: el sistema de sanidad universal, la educación, las universidades, etc.
A menudo me viene la imagen de un forzudo sosteniendo a la torre de Pisa, como esas postales que todos tenemos, pero con una torre de Pisa que se cae de verdad y que tenemos que sostener con nuestros brazos. Ese sistema es lo que en física se llama equilibrio inestable, pues tiene varios puntos de equilibrio. Los logros anteriores de la socialdemocracia, Bretton Woods u Olof Palme son dos ejemplos de cómo se puede montar un sistema bueno (que funciona) y como puede revertirse en el tiempo, o llegar a otros puntos de equilibrio no deseados.
Creo que una gran parte de la desafección política y del éxito de los populismos tiene como base no solo de la precariedad, sino el hecho de haber vuelto atrás en nuestras prerrogativas, lo que antes se podía ahora ya no se puede y esto se ha producido en un escenario donde la socialdemocracia es uno de los actores protagonistas. El sistema ha defraudado a la gente que ahora se ven con un problema de precariedad por un lado y con otro problema adicional de falta de perspectivas y el hecho de no ver el futuro produce vértigo y el vértigo es irracional, temperamental, de agarrarse a un clavo ardiendo o peor todavía, de querer arrojarse al abismo antes de tener que seguir lidiando tal situación. Ese el estado de ánimo que sospecho hay en la sociedad, no solo en España, que no es el país donde este populismo sea más pujante, sino a nivel mundial.
El socialismo científico es empíricamente un gran fracaso y creo que hoy nadie piensa en una revolución comunista 2.0 como solución a los problemas, más aun, en gran medida la aversión al comunismo ha sido un acicate espectacularmente eficaz para el desmantelamiento del estado del bienestar de las décadas doradas, en donde la economía tenía una salud de hierro. Cierto es que hoy se lee otra vez a Marx, pero creo que es un ejercicio estético.
Nos queda pues la solución de encontrar otra salida y la teoría de democratizar la economía es ya antigua, tanto con Ferdinand Lassalle y sus sociedades voluntarias, que no son otra cosa que sociedades con capital compartido o alícuota, muy distintas a las sociedades cooperativas propuestas por Schulze-Delitzsch, que no eran otra cosa que un paso intermedio a un mejor reparto del capital y que se han quedado en el mero autoconsumo en la mayor parte de los sectores y son de escaso recorrido, sin embargo, las primeras, en donde el capital era alícuota, sí podrían ser la solución. Además, Lassalle aboga por que abarquen a toda la economía, es decir, a que todas las empresas sean de este tipo y no solo la parte estatal, o las de un sector protegido, sino cualquier sociedad mercantil, sea su producción del sector que sea, opten por esta vía.
Si hay algo en lo que Marx y Engels tenían razón es en la crítica al capitalismo, a esa acumulación de la propiedad de los medios de producción (latifundistas de capital he leído en algún sitio). Es decir, Marx y Engels aciertan en la parte izquierda de la ecuación ese Left Hand Side en el acrónimo sajón (LHS), donde fallan es a la hora de elaborar las soluciones para el desarrollo de la economía pues abogan por un estado, o más bien a un meta-estado dirigido por el proletariado para tal labor, es decir la parte derecha de la ecuación o su Right Hand Side (RHS) no fue acertada.
Utilizar el método ya conocido como solución universal de la política, es decir, la democracia, para solucionar también los problemas generados por el capitalismo en las empresas es un método por investigar, pero fácil de exponer. De la misma manera que el contrato social de Rousseau es la solución a los problemas políticos, cabe pensar que establecer otro contrato social, pero a nivel empresarial, pueda ser la solución a que los latifundistas de capital dejen el paso a la soberanía del empleado en el ámbito empresarial, pero claro no a un contrato laboral tal y como hoy está diseñado.
Si podemos expresar el contrato laboral actual como un mero contrato mercantil en donde se intercambian horas de trabajo por un dinero establecido, eso habría que cambiarlo por un auténtico contrato laboral, en consonancia con el contrato social político. Por las mismas razones y en la misma medida que la soberanía política representa a los ciudadanos, debería de haber una soberanía del capital para los empleados de las empresas, algo así como: “a cada empleado, una participación alícuota del capital social de aquellas”.
Las constituciones serían ese padrino necesario para la redefinición del contrato laboral, pues en ella encontramos todos y cada uno de los principios rectores necesarios: reparto de la riqueza, progresividad impositiva, igualdad de oportunidades y, sobre todo, igualdad en ese sentido rousseauniano del término que, a mi parecer y como ya hemos mencionado, es lo verdaderamente legítimo. Reparto de la riqueza en origen, es decir, allí donde ésta se genera, donde se materializa el valor añadido y por lo tanto el origen de la riqueza en el más amplio sentido del término.
He de puntualizar que en la crítica al capitalismo no está incluida la crítica al mercado, que considero no solo fundamental sino sinónimo de libertad, y que tampoco está incluida la crítica a la empresa en sí misma, a la que considero sujeto fundamental de generación de la riqueza y vehículo imprescindible de la actividad económica. Sino que la crítica se centra en la propiedad de las acciones de las empresas, que contrariamente a ser una actividad económica es en realidad una actividad especulativa y de naturaleza muy distinta, incluso opuesta a dicha actividad económica. Muchos la llaman economía no real, pero el término especulativo que rima con latifundio de capital es mucho más expresivo de su labor, que en lugar de ser loable, ese mantra del empresario benefactor y visionario, entraña un elemento tóxico a la actividad de la empresa, pues genera necesariamente un comportamiento de burbuja, dado que lo único que pone a salvo a una empresa de las garras de su competencia o de los especuladores bursátiles son unos beneficios cada vez mayores, lo que de por sí es una paradoja absurda que genera tensiones y fluctuaciones imposibles de gestionar.
Equiparar democracia y empresa creo que es la solución a los problemas y a su vez un programa de máximos, es decir la manera de subir un escalón que después no haya manera de revertir.
Respecto a si una democracia a la defensiva solo ha cosechado retrocesos en lo social
Resulta evidente que, desde la segunda guerra mundial, Roosevelt y Bretton Woods hasta el momento actual con las tesis de Thatcher y Reagan, apuntaladas por Gerhard Schröder y Tony Blair, ha habido un cambio de paradigma completo, un giro de ciento ochenta grados, ya que desde hace varias décadas la economía no está dirigida por un horizonte socialdemócrata sino por uno liberal (o neoliberal).
Que esto sea porque la democracia está a la defensiva o por el hecho de que lo realizado en Bretton Woods no fuera “suficiente” es algo por dilucidar. Con seguridad estaríamos mejor con aquellos mimbres, revertir la situación a aquellos tiempos en donde no solo se atajó la crisis, sino que se pusieron las bases de una economía sostenible: oferta y demanda, beneficios y salarios, derechos laborales, futuro de las pensiones, regulación de los mercados, políticas anticíclicas… Pero lo cierto es que se han ido cayendo todos los mitos sociales en favor de los mitos empresariales, tomando al empresario como factótum de la economía, como razón del progreso, como líder emprendedor alrededor del cual han de girar las herramientas (por no llamarlo privilegios): la bajada de impuestos, de la externalización de actividades como manera de no responsabilizarse de los empleados como es el caso de los falsos autónomos, las exenciones a las empresas, los incentivos a las inversiones empresariales, las sicavs como premio a la riqueza, etc.
Por el contrario, todos aquellos principios detallados en las constituciones han ido decayendo, formando un relato de lo deseable pero imposible o de lo directamente imposible. La igualdad de oportunidades, el derecho a un trabajo o a una vivienda, una renta suficiente, han ido cayendo en desuso. ¿Es todo ello producto del estar a la defensiva o del cansancio y la desidia? ¿Es algo estructural en la economía que nos avoca al neoconservadurismo y a una economía de casino o directamente hemos de asumir que lo económico sea sinónimo de la selva?
Creo que el “estado del bienestar” no es el puerto al que hay que llegar, creo que la socialdemocracia, tal y como hoy día se entiende, trata los síntomas, pero no la enfermedad; la parte que hemos recogido de Ferdinand Lassalle no ha sido el espíritu de esas sociedades voluntarias que hoy podrían traducirse por sociedades anónimas de capital compartido. Creo que la enfermedad es el reparto de la riqueza en las empresas, y que hay que solucionar el problema en su origen. No parece ser una cuestión meramente política, sino que lo que realmente hace falta es un cambio en la manera de pensar de los empleados y de los sindicatos. Este cambio ha de ser una revolución silenciosa en donde lo público, los poderes políticos se han de limitar a abrir las vías de dicho desarrollo, cambiando la ley de sociedades anónimas y sobre todo gestionar la primacía de aquellas de capital compartido, cediéndolas los privilegios fiscales necesarios por el hecho de estar en sintonía con lo que pone en nuestras constituciones, igualdad, reparto equitativo, derechos, oportunidades, etc.
Creo que no ha de ser el estado el que entre en lo económico (o privado) sino que como muy bien se enuncia en la pregunta ha de ser el espíritu democrático el que permee la vida empresarial, lo que, ciertamente, resulta menos cruento de aceptar.
Respecto al temor a que una parte de la sociedad haya dejado de apreciar la democracia y ese sea el origen de la desafección a lo político, de la volatilidad del voto y del éxito de los populismos
Como he comentado más arriba, la razón de la crisis no creo que sea política sino económica, el pánico de no ver la salida del túnel dado que son muchas décadas de empobrecimiento social y, lo que es peor, de estar instalados en un paradigma neoconservador (ese enaltecimiento del éxito), todo ello no son términos políticos, los cuales están bien asentados sobre la igualdad y sobre la libertad que son bien distintos de lo que el nuevo (pero viejo) conservadurismo nos propone.
La crisis política, la volatilidad, la desafección, el triunfo de lo antisistema, el discurso barato y provocador que es el lugar en donde nos encontramos han conducido a un sinfín de ejemplos imposibles de mencionar uno a uno, Le Pen en Francia, Salvini en Italia, Bolsonaro en Brasil o Macron en Francia que, por mucho que diste abismalmente con los anteriores, es un personaje sin partido, desclasado, una completa novedad en todos los aspectos posibles que, sin embargo, ha obtenido un triunfo incontestable en la sede del país de la revolución. En España, sin embargo, los populismos no nos han terminado de avasallar por ahora. Creo que toda esta desafección a nivel mundial obedece a un impulso irracional de solucionar lo que hoy parece tan lejano, como es volver a un paradigma en donde el trabajador tenga un papel protagonista.
No creo que exista una presión por cambiar el sistema, incluso los partidos a los que consideramos populistas antisistema (Movimiento Cinco Estrellas en Italia o Podemos aquí) solo han tratado los temas colaterales: mayor representación popular, coparticipación en las decisiones, más consultas o cesión de poder a los Ayuntamientos y sistemas locales, a modo de un perfeccionamiento del sistema, pero no hay un planteamiento de cambio del sistema democrático en sí mismo, el hartazgo es de expectativas (como nos enseñaban en macroeconomía de la facultad), que marcan las tendencias de la economía y hay que incluirlas en nuestros sistemas de econometría y claro, cuando éstas llevan empeorando décadas, el tema de las expectativas se transforma en una depresión endógena.
La democracia no es una construcción frágil o irreversible, tal y como plantea la ponencia, otra cosa es que tenga que soportar las tensiones de una crisis que, lejos de ser pasajera, parece que se ha instalado en el sistema de manera que le tendremos que encontrar una solución, pues parece que no va a ser suficiente un tratamiento paliativo de sus síntomas, sino que vamos a tener que diagnosticar y tratar la causa subyacente de la misma.
¿En qué consiste la democratización de la economía?
Respecto a la primera pregunta de si versa sobre la participación de las trabajadoras o trabajadores en los órganos de dirección, yo diría que es una medida insuficiente, por mucho que desde luego y en todos los sentidos es aconsejable, ya que cualquier propuesta maximalista, como la de un capital compartido, pasa necesariamente por esa medida. Si la tomamos aislada de un entorno de mayor control empresarial sería efectiva solo según cada caso y según cada momento. La misma reversibilidad que el sistema ha tenido a nivel global desde la década de Olof Palme y su estado del bienestar maximalista hasta hoy la tendría la empresa, reversibilidad mediante cambio en los estatutos por motivos coyunturales, por necesidad de una nueva tendencia comercial, reestructuración de los cuadros de dirección, EREs, por la necesidad de llevar a cabo una joint venture, o por el simple desuso del día a día.
Sin embargo, es cierto que puede ser el camino para conseguir otras metas adicionales que realmente cristalicen en una democratización generalizada de las empresas. Sin embargo, renunciar a una visión completa y dejar como objetivo la transformación del actual capital social accionarial a otro compartido, posiblemente a largo plazo no sea suficientemente eficaz.
Respecto a la participación de los sindicatos y resto de los agentes sociales en la política económica
Creo que los sindicatos, de la misma manera que el estado, han de ser el “marco” en donde se dibujen las medidas a tomar para que dicha democratización sea efectiva. Sin embargo, los protagonistas han de ser los trabajadores y en concreto aquellas empresas que tengan una estructura democrática, es decir, no solo que dichos trabajadores tengan acceso a las decisiones de la empresa, sino que coparticipen del capital social y de los correspondientes beneficios. Solo el éxito empresarial de estas formaciones garantizará el cambio.
Y con ello respondo también a la siguiente cuestión de si el capital público ha de aumentar su participación en el conjunto de la economía, y la respuesta vuelve a ser la misma, no es el aspecto fundamental del funcionamiento de la economía privada, sin embargo, el marco de las políticas económicas ha de seguir siendo el mismo que con la tradicional socialdemocracia y con la visión keynesiana subsidiaria del estado que equilibre los ciclos. Aunque en el caso de una empresa fuertemente democratizada y, por lo tanto, con la vista puesta en el largo plazo, dichos ciclos tenderían a suavizarse.
Todas las medidas clásicas de lo que se entiende por socialdemocracia son buenas y deben de aplicarse, pero no pueden sustituir a lo que podríamos llamar un programa de democratizar las empresas, en donde la trabajadora o el trabajador sean el centro de la vida de la empresa y la toma de decisiones en lugar de una junta de accionistas.
Respecto a si es necesario un gobierno progresista
La respuesta es un sí por lo obvio, sin embargo, un programa como el expuesto de ir a por un objetivo de máximos no casa demasiado bien con hablar de un posible gobierno cercano que pueda plantearlo en su programa. No hay, ni se le espera, algo parecido en el programa socialista ni en el de Unidas Podemos o, mucho menos, en el resto de los partidos de otro sesgo como el PP o Ciudadanos.
Por el contrario, creo que sería condición previa un cierto consenso mundial sobre un cambio de paradigma, y además un amplio acuerdo sobre el diagnóstico de la crisis que padecemos, sobre el que sí parece que hay convergencia entre los economistas y analistas de corte progresista. Creo que actualmente solo hay un partido que tiene incorporadas medidas en este sentido y es el Laborismo inglés, actualmente en la oposición y sin mucho empuje en las encuestas para pasar a ser gobierno. Las medidas que John McDonnell ha recogido en el programa laborista hablan de incorporar a los trabajadores en los consejos de administración, apelando a una cierta horquilla de los asientos del mismo en las empresas estatales (que parece que piensa ampliar con nuevas nacionalizaciones, ferrocarril, etc.), creo que resulta fundamental que se implementen estas medidas y ver si, como en el caso de Suecia, son positivas para la economía. Personalmente no tengo dudas de que tales medidas, correctamente implementadas y aceptadas (quizá lo más difícil) por las actuales estructuras empresariales serían positivas para el devenir del sector empresarial.
La democratización ha de ser al principio progresivo y actuar desde la fiscalidad concediendo un forfait privilegiado a aquellas empresas que cumplan con dichos requisitos. Sin embargo, el objetivo final ha de ser que el contrato laboral sea esa renta del trabajo en lugar de un mero salario que siempre estará luchando en la arena de la precariedad.
Creo que todos los políticos y votantes progresistas entienden necesario un cambio de paradigma y que, en un mundo polarizado, volátil y siempre atento al oportunismo, podría ser el momento para una medida de este corte que nos abra las puertas de un futuro, en los términos más amplios posibles, como es un contrato laboral que deje de ser un mero contrato mercantil y proporcione a cada trabajador una parte alícuota de capital.
Quizá toque ya dicha revolución, quizá se necesiten décadas para llevar a cabo el cambio de mentalidad a una empresa codirigida por sus empleados o quizá haya otros pasos intermedios para poder, algún día, trabajar en empresas donde uno se sienta soberano, sin nadie por encima, con lo que ello supone de motivación y de satisfacción personal, lo que repercutirá sin duda en el beneficio de las empresas y, mediante su valor añadido, beneficiará a la postre al resto de la sociedad.