La perplejidad de Raphael: El trabajo es una condena que nace con la persona
María Eugenia Rodríguez Palop
Profesora de Filosofía del derecho en la Universidad Carlos III de Madrid. Eurodiputada (2019-2024)
El trabajo (remunerado, se entiende) nace con la persona, nos define como seres en sociedad, pero no parece posible desligarlo de la explotación y la opresión. Estas dos sentencias unidas en la misma frase, deberían sumirnos en la más profunda de las perplejidades.
Podría decirse que los defensores del Empleo Garantizado (DEG) asumen la primera, pero no la segunda, y que los de la Renta Básica (DRB) asumirían la segunda, pero no la primera. ¿Es esto así?
Está claro que tanto los DEG como los DRB otorgan un amplio margen de maniobra al asalariado a la hora de negociar sus condiciones laborales (más amplio, probablemente, en el caso de los segundos que de los primeros), con lo que ambas posturas refuerzan tanto la libertad como los derechos de los trabajadores.
De hecho, ambas parten de la necesidad de desmercantilizar la fuerza de trabajo, de repartir la riqueza y de limitar la acumulación privada. Pero, ¿es la misma la concepción que se mantiene del trabajo asalariado? Parece que no, y la distancia es, sin duda, relevante.
Los defensores de la RB (DRB) creen ver en el mercado de trabajo un lugar de opresión y degradación que excluye, en muchos casos, las actividades (entendidas como trabajo en contraposición a empleo) de mayor utilidad social, y asumen que no venceremos en la lucha contra Goliat.
Por su parte, los DEG piensan en la centralidad del trabajo remunerado para mejorar las condiciones de vida, fortalecer las instituciones públicas, facilitar la cohesión social, y proteger los bienes comunes, y muestran una gran confianza en las posibilidades de cambiar el sistema productivo.
Su discurso gira más alrededor de las responsabilidades y los deberes que hemos de asumir para con otros, que en torno a la defensa de los derechos individuales. Entre otras cosas, porque no resulta deseable desconectar completamente lo que uno recibe de la sociedad de lo que uno debe devolverle; disociar por completo derechos (libertad) y deberes (responsabilidad/solidaridad).
No me queda claro si los DRB están tan preocupados por la cohesión social. Quizá creen que es el ejercicio libre de una actividad/un trabajo (y no el empleo) lo que puede funcionar como argamasa en el plano colectivo…pero tengo la sensación de que el subrayado de la propuesta es, más bien, individualista, y de que se renuncia, en realidad, a una visión verdaderamente seria de lo común (entendido como algo más que la suma de sus partes). De hecho, para los DRB la propia definición y protección de lo común pondría sobre la mesa la necesidad de optar por una concepción de la vida buena (lo mejor y lo peor) e incurrir, por tanto, en una forma de perfeccionismo moral (estatal).
En definitiva, los DEG dirían que el trabajo (empleo) nace con la persona (como ser social) y que, ejercido en ciertas condiciones, puede ser emancipador, mientras que los DRB no parten de esa concepción antropológica y niegan que puedan darse condiciones completamente emancipatorias en el espacio laboral.
La emancipación del trabajo en el trabajo, afirmarían, es una auténtica utopía. Para Negri, por ejemplo, los precarios, los parados e incluso los trabajadores intermitentes del mundo del espectáculo, eran los auténticos portadores de transformación social. O sea, que sólo podemos ser libres, exigentes y críticos fuera del trabajo.
Los DEG piensan, en cambio, que con el acceso a un empleo nos sentimos más realizados y reconocidos socialmente. Desde luego, si tal fuera el caso, en el seno de un capitalismo depredador que nos trata como esclavos, ese sentimiento formaría parte del problema y no de la solución; vaya, que sería indicador de una preocupante patología. Así que el placer y la dignidad en el trabajo solo puede darse en un mundo laboral completamente transformado. ¿Es esto posible? ¿Podemos llegar a autogestionar el proceso de producción?
Como ya he señalado, los DRB piensan que no. Son escépticos desde un punto de vista colectivo aunque mantienen un cierto optimismo antropológico por lo que hace a los individuos aislados (no olvidemos que para ellos la RB no daría lugar a un elevado número de ociosos aprovechados y gorrones, sino, sobre todo, al desarrollo de actividades/trabajos de una enorme utilidad social).
Los DEG, en cambio, piensan que sí. Son unos entusiastas de la idea del cambio social, y se fían menos de los individuos aislados que de esos mismos individuos una vez organizados. Eso sí, concuerdan con el Marx de El Capital (libro III, capítulo 48) en que para alcanzar el “reino de la libertad” es preciso transformar los principios de funcionamiento del trabajo, y se apoyan en el derecho al empleo, la reducción masiva de la jornada laboral, y la extensión de la gratuidad de servicios para satisfacer necesidades sociales. Los DEG apuestan por una sociedad de pleno empleo no productivista: trabajar menos (ganar menos y consumir menos), trabajar todos/as, y disfrutar del tiempo libre.
No hay duda de que la reducción de las jornada laboral permitiría el desarrollo de actividades autónomas que o bien no pueden monetarizarse o bien son disvaloradas en el mercado (aporten o no utilidad social), y, además, ayudaría a que las personas pudieran ser ciudadanos participativos, democratizando el espacio público (tampoco hay duda de que esto, en concreto, se conseguiría más y mejor con una RB). Pero, ¿es posible liberarse de la servidumbre del trabajo asalariado a media jornada? ¿Puedo ser explotado unas horas al día y “libre” el resto del tiempo?
Lo cierto es que no solo se trata de reducir la jornada laboral, ni del derecho al empleo, ni de la gratuidad…se trata de articular un sistema productivo abiertamente anticapitalista. Y lo paradójico es que no queda claro que los DEG estén dispuestos a llegar tan lejos; de hecho, los caminos que plantean no parecen superar por completo las relaciones asalariadas propias del capitalismo.
¿Significa esto que los DEG deberían aspirar a la articulación de una economía planificada? ¿Clientelar? ¿Burocratizada? Quizá no necesariamente, pero es obvio que sus propuestas exigen robustas instituciones políticas y un incremento considerable del intervencionismo estatal. La manera en que tal intervencionismo podría transformar nuestro panorama político y económico, y cuán deseable, oportuno y viable sea, es lo que todavía nos tendrían que explicar.
Finalmente, los DRB y los DEG no se plantean objetivos muy distintos, pero técnicamente, están en las antípodas, y esto no es baladí. La distancia entre ellos es insalvable por lo que hace a sus presupuestos antropológicos (según se niegue más o menos la sociabilidad humana), su concepción del trabajo asalariado (un espacio transformado más o menos emancipatorio), su visión de la libertad como no dominación (a lo Kant o a lo Rousseau), su mayor o menor confianza en los individuos aislados o asociados, su mayor o menor preocupación por la protección de los bienes comunes, y sus distancias calculadas del sistema capitalista/crecentista (más reformista, en el caso de los DRB, y más rupturista, si hablamos, coherentemente, de EG). Vaya, ¿no les parece que, visto así, no todos los caminos conducen a Roma?