Esperando a Godot (II)
Lluís Torrens
Economista. Gerente del Public-Private Sector Research Center del IESE
No deja de sorprenderme que en el año 2015, después de siete años de profunda crisis, con ocho millones de parados entre oficiales y desalentados surja una propuesta tan poco ambiciosa o movilizadora como dar una renta de 426 euros a todos los parados sin ingresos.
Tras 4 años de las movilizaciones del 15-M,la sociedad aplastada por la crisis se ha organizado y ha dado un vuelco impredecible hace quince meses a la situación municipal en España. Mientras, a los sindicatos mayoritarios y algunos partidos de izquierda se les ocurre que hay que proponer medidas que encajen dentro de lo que un gobierno neoliberal acepte y cuesten poco dinero. No veo a millones de personas movilizadas votando de aquí unos meses un programa electoral que les ofrezca 426 euros al mes.
Podríamos resumir ésta y otras propuestas alineadas en un aparente círculo virtuoso:
a) Démosles algo a los pobres para que no se mueran de hambre mientras creamos empleo gracias a
b) subir los sueldos un uno por ciento a los trabajadores fijos (los temporales y autónomos ya se espabilarán con las dobles escalas salariales y las subcontratas, como hemos aprendido con Movistar) para que reactiven el consumo de la economía y así crear millones de puestos de trabajo que
c) además repartiremos, junto a los existentes, trabajando 30 horas semanales pero cobrando lo mismo que a 40 horas porque, claro, todas las empresas se están forrando y pueden incrementar sin problemas un 33 por ciento sus costes laborales y crear empleo y, por si fuera poco,
d) contrataremos millones de personas (todas las que quieran trabajar) para que a una media de 6 euros la hora (si lo hiciéramos a un salario digno no lo podríamos pagar) puedan hacer todo lo que la sociedad requiere que se haga: bueno, bonito y sobre todo barato (limpiar bosques, cuidar ancianos y bebés…).
Y todo por el módico precio de 11.000 millones de euros anuales mas costes administrativos para la primera medida del círculo y de 10.000 millones de euros anuales por millón de empleos generados para la última (no sabemos cuántos millones de empleos se quieren crear, vayan multiplicando hasta acabar con el paro).
Y si nos cargamos el sector privado o público que paga un 60 por ciento más, ya veremos como lo arreglamos. De la segunda medida decir que un uno por ciento de más, sueldo menos de 5.000 millones de euros brutos, más o menos, de los cuales unos 1.000 millones se los quedaría el Estado, o sea 4.000 millones de reactivación de los bolsillos de 15 millones de asalariados (unos 20 euros al mes).
De la tercera medida solo cabe esperar que nadie se crea que esto se pague sin compensaciones a las empresas, como así se realizó en Francia con la ley de las 35 horas. Más o menos puede equivaler a 100.000 millones de euros anuales, casi todo lo que recauda la Seguridad Social.
Todo combinado, o un segmento, crea un círculo que más que virtuoso para acabar con la pobreza parece un bucle imposible de financiar.
Lo más sorprendente es que medidas como la primera parecen renunciar a todo el acervo de conocimiento desarrollado por décadas de aplicación de las rentas mínimas en sociedades avanzadas como son los problemas de estigmatización (a nadie le gusta declararse pobre), de trampa de la pobreza, de trampa de la precarización (si se renuncia a la ayuda por un trabajo temporal, cuando este se acaba, se pueden tardar meses en recuperar la ayuda, por lo que no interesa aceptar el trabajo, por muy buen ciudadano seas) y, lo más grave, la no-cobertura: por la estigmatización, la falta de educación, el desconocimiento, la dificultad de los trámites administrativos, etc... los beneficiarios objetivos de la medida no la solicitan.
La European Antipoverty Network recoge en su proyecto EMIN sobre rentas mínimas que en los países analizados el grado de no-cobertura oscila entre el 20 y el 75 %.
Dos ejemplos más: la encuesta de pobreza y desigualdades sociales de Gipuzkoa estima que para que su sistema de renta de ingresos alcanzara a todos los que lo necesitan debería crecer en un 50 por ciento el número de beneficiarios (y esto en el territorio con la segunda mayor renta per cápita del Estado y con el sistema de rentas mínimas más generoso); dos, en Francia están en revisión los sistemas de rentas mínimas activas (RSA y PPE que incluyen incentivos para encontrar trabajo, de similar naturaleza a los que propone Ciudadanos o a los EITC o algún sucedáneo redactado por un círculo de Podemos) porque se han dado cuenta que el 68 por ciento de sus posibles beneficiarios tampoco la solicitaban.
Es tan grave el problema, que existe en Grenoble un centro de investigación dedicado al no uso de los servicios públicos y describen las ayudas condicionadas como una carrera de obstáculos que muchos no pueden sortear.
Last but not least, 423 euros de ayuda no sitúan a nadie por encima del umbral del riesgo de la pobreza. Se podría haber propuesto al menos alcanzar el umbral situado en los 650 euros mensuales.
En definitiva, mientras esperamos a Godot (que en realidad sí está a la vuelta de la esquina con una propuesta de renta básica en su bolsillo) se nos proponen soluciones que no alcanzan a eliminar la pobreza, o que son igual o más costosas que una renta básica (la RB en su versión por unidad familiar le costaría poco más de 20.000 millones de euros, que pagarían los ricos, eliminar toda la pobreza, y sin descontar los inmensos ahorros en costes sociales –enfermedades físicas y mentales, fracaso escolar, delincuencia), que además generan dinámicas perversas, que no alcanzan a quien lo necesita y que profundizan en un modelo asistencial absolutamente superado basado en un modelo que pretende dar derechos únicamente a través del trabajo remunerado.
Añado una consideración, espero que ni agresiva ni arrogante, que responde a la crítica de que la propuesta de RB en la que yo he participado implica una prohibitiva subida de tipos fiscales efectivos a los asalariados con rentas medias. El 80 por ciento de la población sale ganando con la combinación de renta básica y una fiscalidad del IRPF sencilla y transparente que permite calcular los efectos individuales y otro 5 % sale perdiendo unas cantidades muy moderadas.
Y tiene en cuenta la increíble estadística que nos muestra el IRPF español, en donde un profesor universitario aparece en el 5 por ciento de los declarantes más ricos, señal del gran fraude existente.
Si el fraude se redujera, el tipo medio bajaría significativamente o se podrían aplicar compensaciones ad-hoc para estas clases medias aparentemente perjudicadas que ahora están el top de la pirámide de ingresos.
Además, es una crítica que no tiene en cuenta entre otras el inmenso valor emancipador que tiene una renta básica, la posibilidad de que los jóvenes o las mujeres dependientes se vayan de casa cunado deseen, con una asignación de partida para emprender su proyecto vital, y sin tener que declararse pobres.
Cualquier cabeza de familia sería feliz de pagar un poco más a cambio de poder liberar a sus hijos adultos de la obligación de permanecer eternamente en el hogar materno; cualquier jubilado sería feliz de no ver a sus nietos sentados en su mesa cada día únicamente porque sus hijos no tienen recursos para ponerles la mesa en casa.
Discrepo absolutamente de que un gasto de entre 15.000 y 35.000 millones sea incompatible con un programa de estabilidad presupuestaria. Lo que deberíamos abandonar de una vez por todas es este síndrome de Estocolmo que afirma que nuestra presión fiscal debe estar 8 puntos por debajo de la media europea.
Nadie en la Unión Europea, ni el FMI, ni el BCE ni la OCDE nos exige que estemos en inferioridad de ingresos respecto a nuestros vecinos. Lo que nos exigen es equilibrio presupuestario y nos sugieren vías para hacerlo, sea incrementando los ingresos, sea recortando si somos incapaces de hacer lo primero. Decir que un 1,1 o un 1,5 por ciento del PIB sí es asumible como mayor gasto en lugar de un 2 o un 3 por ciento es admitir la derrota ante la visión neoliberal y ser un colaborador necesario en el objetivo de convertirnos en una sociedad low-cost.
Qué pena que pudiendo alcanzar el bosque, se nos plante delante un árbol pequeño y enclenque que casi necesita los mismos riegos y abonos que el bosque y solo da un poco de cobijo y menos aún libertad.
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(Este documento se halla ampliado en un artículo en "Sin Permiso" del 14-6-2015)