¿Qué papel? ¿Para qué partido?
Joan Subirats
En toda Europa los partidos políticos atraviesan un momento complicado. Hace muy poco tiempo, en Grecia, el PASOK tenía más del 40% de los votos. En los sondeos recientes se mueve entorno al 5 o 10%. En Italia, el éxito de la formación que encabeza Beppe Grillo, se explica precisamente por ser un no-partido. Entre nosotros, si atendemos a los datos que proporcionan las encuestas, los partidos están muy deslegitimados y muchos creen que la democracia podría funcionar sin unos partidos políticos que son muchas veces vistos como instrumentos de unos pocos. No creo que ello pueda circunscribirse sólo a los países de la Europa del Sur y a la particular fuerza con que el cambio de época y la crisis económico-financiera nos afecta. Ni en Francia (como se ha visto en las recientes elecciones municipales), ni en Gran Bretaña ni en Alemania parece observarse que siga incólume la “democracia de los partidos” que caracterizó los regímenes políticos del siglo XX. Los partidos están cada vez menos presentes en el tejido social, mantienen lazos débiles con sus electores y concentran sus esfuerzos en elecciones e instituciones. A su alrededor todo cambia. El resto de organizaciones van modificando estructuras, procesos y maneras de funcionar, pero los partidos han ido perdiendo peso social sin alterar formalmente sus maquinarias. Es cierto que las cosas van por barrios, y que no en todos los partidos las cosas se hacen igual. Pero, la deriva de los grandes partidos arrastra a los demás, por injusto que ello sea.
No es necesario recordar que en una democracia de masas, en la que formalmente todos tenemos derecho a decidir quiénes nos representan y quiénes, por tanto, deciden por nosotros, los partidos fueron necesariamente evolucionando. Y así, de ser agrupaciones de notables que canalizaban el voto y los intereses de los pocos que votaban, se convirtieron en máquinas electorales capaces de encuadrar y organizar grandes colectivos. Pero, a medida que la sociedad se ha ido fragmentando y diversificando, y a medida que cada quién viaja por la vida de manera más incierta y más aparentemente autónoma, las estructuras tradicionales de partido se han ido convirtiendo en más obsoletas, perdiendo funcionalidad y calidad representativa.
La actividad política va rompiendo fronteras, y diversifica espacios y protagonismo. Y eso es sin duda positivo. Vivimos en tiempos de producción compartida, de conocimiento compartido, pero simultáneamente padecemos la desposesión de recursos y capacidades que creíamos conquistadas de manera definitiva. Los partidos, las instituciones, van siendo vistas más como parte del problema que como parte de la solución. Pero, al mismo tiempo seguimos necesitando de partidos e instituciones para conseguir que lo que queramos y logremos modificar de manera positiva en la realidad adquiera condiciones de legalidad. Es decir, necesitamos que opiniones, tendencias e iniciativas sociales, acaben convirtiéndose en cambios en las normas, modifiquen la realidad. En otros países, la fuerza de los movimientos sociales, de las agrupaciones y entidades, consiguen canalizar e intermediar. Aquí, la PAH ha conseguido últimamente convertirse en interlocutora y canalizadora significativa de valores, propuestas e iniciativas. Y sin duda, su credibilidad es alta en la medida que se la ve con menos ataduras institucionales y expresa una mayor radicalidad democrática. Los partidos tratan de acercarse y seguir su estela, ya que precisamente están mermados de esos recursos. La CUP, en Cataluña, quiere combinar, no sin dificultades, incidencia, resistencia y disidencia, y en esa tensión lo que gana en un espacio puede perderlo en otro. Y algo parecido puede ocurrir con “Podemos” o “Partido X”. Pero, lo cierto es que la nueva política se juega en esos espacios intersticiales. Los partidos más tradicionales y convencionales, sabedores de sus rigideces, se refugian en la institucionalidad.
El problema de fondo es que los partidos, en su versión estándar, son organizaciones anacrónicas en relación a un modelo de democracia que ya no puede sólo limitarse a la versión exigua de representación y delegación. Pero, al mismo tiempo, resulta por ahora difícil imaginar que la emergente fuerza de los movimientos sociales, con toda su pluralidad, pueda generar el impacto deseado sin algún mecanismo de representación y mediación. El problema pues no estriba sólo en desembarazarse de los partidos, sino de encontrar los nuevos sujetos políticos necesarios, la nueva intermediación útil, para contribuir a tomar decisiones colectivas e impulsar transformaciones sociales en los escenarios del “finanzcapitalismo” postdemocrático. Pero, ello debería poder hacerse evitando que volvamos a caer en una nueva división del trabajo entre “movimientos sociales” y “sujetos políticos” como la que ya se produjo a inicios del siglo XX. De lo que se trata es de avanzar en formatos de gobierno colectivo en que evitemos la concentración de poder y donde se mantenga la capacidad de acción directa de todos.
El modelo clásico de partido tenía una cierta inspiración religiosa, como ya insinuó Gramsci, mezclando doctrina, rito y didactismo en relación a una población a instruir y a convencer. El interregno en el que estamos nos muestra transformaciones radicales en los medios de comunicación, más fragmentación y al mismo tiempo nuevas vías de articulación social, más énfasis en la autonomía personal, rechazo a liderazgos incontrolados y un conjunto de demandas políticas más imprevisibles y complejas. Al mismo tiempo, la gente está más preparada, surgen nuevas experiencias y hay mucho conocimiento accesible y compartido. Los partidos ya no son portadores privilegiados de soluciones y alternativas y no pueden seguir aspirando a monopolizar todo lo público. Deberían más bien ayudar a que se condensara y remezclara convenientemente ese conocimiento social con la capacidad de cambiar las cosas. Habilitar, experimentar y potenciar una democracia cognitiva ya existente, favoreciendo su expresión directa, realista y eficaz en marcos institucionales más abiertos, transparentes y flexibles. ¿Le tenemos que seguir llamando partido a ese sujeto político adaptado a la nueva y emergente realidad social?. No es ese el problema. Lo que es importante es que sepamos para que necesitamos tal plataforma y que su existencia no anule todo lo demás. Lo que no puede ser es que pensemos en un tipo de sociedad de conocimiento compartido, en que los valores, las formas de operar, la reivindicación de lo público como algo no forzosamente asimilable a lo institucional, o una mirada de la dinámica económica que no esté enraizada en confundir lo privado con la privación, nos lleve a una formas organizativas ajenas a ese ideario. Las opciones políticas que tomemos, deberían ser consistentes con el instrumental organizativo con que nos dotemos. Llámese o no partido.