Desigualdades e incertidumbres
Albert Recio Andreu
Economista
I. El debate al que me habéis invitado trata de cuestiones complejas. Cuestiones cruciales en el debate actual. Que tienen que ver, cuando menos, con dos de los temas sobre los que debería centrarse el debate socio-político: el de las desigualdades y el de las dinámicas sociales. Como es evidente dar respuestas claras y sencillas sobre los mismos es imposible (sólo los demagogos creen tenerlas) y por esto voy a tratar de hacer algo más modesto. Trataré de situar elementos que considero básicos para encarar estas cuestiones.
II. En los últimos años, cuando el aumento de las desigualdades se ha hecho insoportable y ha crecido la incertidumbre sobre el futuro y la frustración a menudo ha proliferado la nostalgia sobre un pasado que posiblemente nunca existió como tal. El de la vuelta a un capitalismo “keynesiano” con fuerte intervención pública, pleno empleo y progreso generalizado. Más allá de las dificultades políticas de un retorno al pasado conviene entender que fue aquel modelo para ver en qué medida puede ser una guía para el futuro (de hecho la sugerente propuesta del “New Deal verde” nos obliga a ello).
Esquematizando podemos señalar varios rasgos característicos del modelo de postguerra (aunque las variantes de su aplicación son sustanciales):
• una economía capitalista con una fuerte participación del sector público a través de diversos mecanismos: política fiscal, política monetaria, estructuras de redistribución de la renta, fuerte regulación de aspectos clave de la actividad económica, prestación directa de servicios;
• generalización de la negociación colectiva basada en algún tipo de pacto social implícito que asociaba aumento de los salarios reales con aumento de la productividad y que trataba de generalizar derechos sociales al conjunto de asalariados;
• una economía basada en el cambio técnico, la búsqueda de economías de escala y el desarrollo del consumo de masas;
• una economía donde se confiaba que el crecimiento económico fuera la base para una mejora continua del nivel de vida y un mecanismo para diluir los conflictos distributivos que habían dominado en las décadas anteriores.
Sin duda este modelo aportó un innegable avance social allí donde se puso en práctica: aumento del empleo y el nivel de vida, provisión pública (desmercantilización) que garantizaba niveles básicos de bienestar social, reducción de las desigualdades. Pero este modelo dejaba fuera de visión aspectos cruciales:
• Se construía sobre estructuras sociales patriarcales: división sexual del trabajo que encomendaba a las mujeres la tarea de reproducción social, naturalización de las desigualdades de género que se prolongaba en el mercado, ignorancia de aspectos cruciales de la reproducción social.
• Se trataba de un modelo limitado a unos pocos países, el resto tenían básicamente un papel de proveedores de materias primas y se mantuvieron muchos de los mecanismos de dominación colonial. A lo más se les animaba a copiar el modelo eurocéntrico aunque las condiciones de partida eran bien distintas.
• Ignorancia completa de las bases ecológicas del proceso productivo, se confiaba que la ciencia y el cambio técnico servirían para garantizar un aumento sostenido del bienestar.
III. Este modelo empezó a demolerse en la crisis de los 1970s y aunque aún se mantienen estructuras importantes es impensable plantearse una mera reconstrucción basada en una mera voluntad política. No solo porque los defensores del neoliberalismo tienen mucho poder y capacidad de bloqueo al cambio, también porque muchas de las bases en los que se basaba resultan hoy indeseables o inadecuadas.
Es obvio que el principal elemento que propició la demolición de un régimen keynesiano y su sustitución por el neoliberalismo fueron las élites capitalistas: querían recuperar su parte pérdida en el reparto de la renta y liberarse del excesivo control estatal. Y consiguieron desarrollar suficiente apoyo intelectual y propagandístico para que los políticos y las élites administrativas aceptaran sus propuestas.
Vale la pena destacar que la “contrarrevolución neoliberal” se ha jugado en diferentes terrenos:
• En el terreno “macro” de la política económica. Se ha casi reducido el ámbito de la política a la política monetaria (desarrollada por instituciones -los bancos centrales- externos al ámbito de la política). Se han recortado impuestos al capital. Se ha liberalizado el sistema financiero, se han demolido derechos laborales y se han liberalizado otros mercados. Y la competencia se ha convertido en un elemento central en la regulación social.
• En el plano internacional ha tenido lugar un gran proceso liberalizador de los movimientos de bienes y capitales sin un correlativo proceso de homogenización reguladora entre países lo que ha permitido que opere con bastante crudeza el mecanismo del “ejército industrial de reserva”.
• En el terreno “micro” la organización empresarial ha experimentado una notable mutación apoyada en las potencialidades de las tecnologías de la información, el nuevo marco regulador de las relaciones laborales y una consciente actividad de aprendizaje organizativo. Fruto de estos cambios hemos pasado fundamentalmente de la gran empresa compacta a lo que denomino “empresa red” (donde hay de todas formas centros de poder obvios), estructuras diseñadas para fragmentar, diferenciar a la fuerza laboral.
Es sobre estas bases sobre las que se ha producido un notable aumento de las desigualdades sociales y el dominio de una élite rentista-financiera que no sólo obtiene un desmesurado nivel de renta sino que en su modus operandi refuerza la inseguridad, la inseguridad para el resto. Una gran parte de las exigencias de flexibilidad están diseñadas para garantizar la “rigidez” con la que estos sectores tratan de proteger sus intereses.
IV. Pero con ser esto lo esencial, hay otros factores que conviene tener en cuenta para entender la situación en la que nos encontramos. Algunos de ellos son en parte resultado de los “éxitos” de las sociedades capitalistas desarrolladas, otros de la persistencia de viejas carencias.
En el primer campo, el de los buenos resultados sociales, destaca el crecimiento demográfico y la extensión de la esperanza de vida por un lado y el crecimiento de la educación por otro. Las sociedades actuales son más longevas y más educadas que nunca. Ambas cosas son en sí misma buenas, pero su articulación con el modelo de economía y sociedad dominante genera cuestiones que deben considerarse en todo debate social.
La demografía plantea diversas cuestiones. La primera es la necesidad de mantener un volumen creciente de población inactiva, lo que impacta sobre la distribución de la renta y sobre las necesidades de cuidados. En segundo lugar este misma cuestión reduce los ritmos de rotación de activos y posiblemente de empleos. Y en tercer lugar los desequilibrios demográficos y de renta entre territorios alientan modelos migratorios que en las sociedades ricas generan dinámicas perversas.
La cuestión educativa es aún más compleja. La educación misma es una actividad que cubre diversas funciones: transmisión de conocimientos, de valores y pautas de comportamiento, procesos de selección, generan aspiraciones… No todos tienen igual valor ni son tan positivos. Me detendré en los que considero más negativos (puesto que lo bueno suele ser lo más resaltado). De una parte la selección que se efectúa en el sistema educativo no es neutra, las probabilidades de éxito o fracaso son mayores o menores según el origen social (no solo por la cuestión monetaria). De otra el sistema de selección genera tanto un resultado de fracasados o emergentes, como una fuerte cultura individualista-competitiva. Unos resultados que interaccionan con las propias dinámicas de la economía capitalista en muchos campos: estructuras jerárquicas y competencia individual en el empleo, consumismo narcisista, desprecio del fracaso social. Modelan una individualidad que ha sido esencial a la implantación de las políticas neoliberales y que al mismo tiempo es fuente de una enorme frustración social. Por ejemplo parte del debate de la sobrecualificación se explica por la contradicción existente entre las expectativas sociales que genera la obtención de un determinado currículo educativo y la realidad de unas estructuras productivas que no ofrecen (ni posiblemente los podrán ofrecer nunca) empleos de tanto nivel para tanta gente. Por contra, la proliferación de gente educada ha posibilitado la introducción del mecanismo de ejército de reserva en sectores anteriormente protegidos.
V. El nuevo modelo tampoco se ha planteado en serio las tres cuestiones que obviaba el viejo keynesianismo: el patriarcado, el medio ambiente, la desigualdad colonial. Más bien los ha exacerbado.
La ampliación del desarrollo capitalista a nuevos países y la propia evolución de las pautas de consumo en el “viejo mundo” no ha hecho más que presionar de una forma peligrosa a los sistemas naturales. Cuando el mundo laboral teme por el impacto de la digitalización generalizada la pregunta necesaria es si realmente tenemos recursos para sostenerla.
La presencia social de las mujeres ha cambiado efectivamente, pero ha sido más una adaptación del viejo modelo que un cambio radical. El debate sobre la brecha salarial permite observar que las desigualdades salariales de género son el reflejo de:
• la persistencia de valores y pautas patriarcales en el seno de las organizaciones;
• la inserción de la mayoría de mujeres en los escalones inferiores del mercado laboral, justificada o apoyada en su posición social de género. Algo que además se retroalimenta con elementos de clase social y etnia;
• la continuidad de la carga femenina en las actividades de reproducción no mercantil, actividades estratégicas para la reproducción de la vida.
VI. Estamos confrontados a una grave crisis civilizatoria que exige cambios de rumbo radicales. Parte de la crisis civilizatoria la estamos experimentando aunque no la percibamos porque no tiene la forma de un cataclismo generalizado. Pero es obvio que tanto en el terreno social como en el ecológico se suceden catástrofes locales que agreden a la vida de un creciente número de personas. Lo representan estos millones de personas atrapadas en la pobreza y la inseguridad económica o las que viven en comunidades que de golpe son asaltadas por un desastre climático.
Para cualquier cambio civilizatorio lo que se requiere es contar con una perspectiva intelectual que ayude a entender hacia donde podemos circular. Y en este sentido las creencias económicas dominantes (incluida buena parte de la alta teoría) se han mostrado falaces e inútiles. Y chocan de forma creciente con lo que nos están explicando otras disciplinas científicas. No podemos seguir esperando un crecimiento económico continuado que requiera más y más recursos naturales y que satisfaga un número creciente de caprichos. Ni podemos pensar en generalizar el modo de vida de las élites. Ni podemos confiar que las insufribles desigualdades se reduzcan por el funcionamiento normal de las economías capitalistas. Si queremos una actividad económica sostenible en el tiempo, igualitaria y que garantice a todo el mundo una vida digna debemos organizar la sociedad sobre otras bases. Empezando por utilizar otra aproximación intelectual para que ya contamos con algunas ideas importantes generadas por una buena parte del pensamiento económico heterodoxo de diferente origen.
Hay una estrecha relación entre la viabilidad social y ambiental. Una economía sostenible debe ser fundamentalmente igualitaria en lo social y esto implica cambios en la distribución de la renta, empezando por erosionar las formas de adquisición rentistas y parasitarias que hoy explican la posición de la extrema riqueza. Y también exige una revisión de los criterios con los que se determinan los niveles salariales y de las formas de organización. Es necesario promover formas de organización menos jerárquicas y más cooperativas que reduzcan la competencia por el rango y valoren con más sensibilidad la aportación de cada cual (gran parte de las actuales medidas de productividad simplemente están midiendo el desigual nivel jerárquico). Una economía sostenible exige considerar en conjunto todos los procesos que contribuyen al mantenimiento de la vida lo que supone articular de forma adecuada trabajo mercantil (heterónomo), trabajo doméstico y trabajo social. Una economía es sostenible si su nivel de producción no altera significativamente los procesos naturales ni se basa en recursos no reproducibles. Obliga a replantearse las formas de producción y consumo, la organización de la vida cotidiana.
VII. ¿Y mientras tanto qué? Podríamos estar de acuerdo en la diagnosis pero restar impotentes en nuestra acción cotidiana. No hay nada que paralice tanto como no saber qué hacer. Por esto es necesario tener algunas pistas de como ligar la lucha cotidiana, con este proceso de cambio. Y creo que hay muchos campos donde la actual acción sindical puede constituir un agente positivo en este proceso de transformación. Y hacerlo a niveles diversos, aunque necesariamente no limitando la acción al centro de trabajo sino situando la misma en el contexto más amplio.
Hay muchos campos relevantes al respecto: la lucha por escalas salariales más igualitarias y por eliminar las desigualdades injustificables, la lucha por una jornada laboral compatible con una vida social valiosa, la democratización de la organización del trabajo y la búsqueda de modelos laborales más cooperativos, la lucha por la introducción de técnica social y ambientalmente aceptables, la lucha por introducir criterios de justicia social en las inevitables reestructuraciones productivas… Y así mismo los sindicatos como organización confederal pueden contribuir, y de hecho ya lo hacen, a un cambio en las políticas económicas, tributarias, al diseño de buenas políticas de reestructuración productiva y social. Y a generar una conciencia social entre los millones de hombres y mujeres que carecen de poder y necesitan que las cosas cambien.